Política / 28 de octubre de 2013

Dudas ante su vuelta

La psicosis por la ausencia de CFK

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LATIDOS. La Presidenta y uno de sus gestos característicos. La arritmia preocupa a sus médicos.

Diez días sin partes médicos sobre la salud de Cristina Fernández –hasta que se conoció el comunicado de la Fundación Favaloro el miércoles pasado– alimentaron la ansiedad de los funcionarios que trabajan en la Casa de Gobierno. Los ministros nunca contaron con información precisa sobre la evolución posoperatoria de la Presidenta. Ni antes ni después de la cirugía, ni siquiera luego del alta de la Fundación Favaloro el domingo 13.

Algunos se quejaron en off del filtrado informativo del secretario Carlos Zannini, a cargo de la administración general del Gobierno mientras Cristina no está. Otros acusaron al secretario de aprovechar el “vacío” para hacer trascender eventuales cambios en el gabinete –Sergio Uribarri en lugar de Juan Manuel Abal Medina; Julián Domínguez, presidente de la Cámara de Diputados, como sustituto de Boudou en los actos oficiales, y de Diego Bossio en lugar de Hernán Lorenzino en Economía, entre otros- con la intención de precipitar las decisiones que deberá asumir la Presidenta a su regreso.

De hecho, el vacío político creado por su ausencia fragmentó aún más la gestión oficial. Previsible, incluso por la ferocidad de la interna desatada entre los funcionarios por el 2015. El generalizado clima de incertidumbre en los niveles dirigentes del Frente para la Victoria alimentó incluso rumores sobre supuestas complicaciones cardiovasculares de Cristina que no se informaban públicamente (aunque luego fueron confirmadas por el último parte médico oficial). El viernes 18, un reconocido médico consultor de Neurocirugía alertó a un ministro desinformado que la Presidenta padecía un cuadro febril que podía revelar una eventual infección. Invocaba su cercanía con Manes.

Pero la psicosis, con el correr de los días, alentó especulaciones sobre la fecha de regreso de Cristina al ejercicio del cargo. Los interrogantes de los máximos funcionarios fueron obvios: ¿CFK se reintegraría realmente a principios de noviembre, o la licencia requeriría 30 días más? ¿La jefa del Estado retornaría en plenitud o estaría limitada a una actividad a media máquina?

Un aislamiento difícil. La misma psicosis reinante en Casa de Gobierno amplificó incluso un significativo incidente, que no pasó a mayores, entre el secretario Carlos Zannini y Máximo Kirchner: el hijo mayor le recriminó acercarse a Olivos sin anunciarse. Se produjo en los días donde ministros, secretarios y candidatos oficiales intentaban transmitir “normalidad” en el poder y un pronto retorno de la “Super Cristina”. Pero los médicos Luis Buonomo y Marcelo Ballesteros vienen imponiendo no solo un reposo “a rajatabla” sino el aislamiento “estricto” de los potenciales factores de estrés presidencial. Y los mejores aliados son sus hijos y la hermana Giselle. Florencia Kirchner es la más angustiada por la situación y exige resguardar el aislamiento de su madre. Siente más que nadie la natural contradicción entre la necesidad política de que Cristina vuelva lo más pronto posible y la rigidez del equipo médico en hacer cumplir el reposo para lograr una recuperación completa.

El propio Buonomo no quiere correr ahora el riesgo de ser acusado por “desatención” o “desinformación” como en los peores momentos de la enfermedad de Néstor Kirchner que lo llevó a la muerte.

Lógicamente, las tensiones y la proximidad electoral, produjeron varios cortocircuitos en el interior del poder. El jefe de gabinete Juan Manuel Abal Medina, por ejemplo, tuvo que desdecirse de sus propios dichos por la presión médica. En el acto por el Día de la Lealtad, había asegurado que Cristina estaba “en contacto permanente con todos sus colaboradores”. Una mentira que, en menos de 24 horas, debió rectificar: “No tiene diálogo con funcionarios, no ve televisión ni lee los diarios”, se corrigió. El ministro Florencio Randazzo, más lúcido, llegó a burlarse de los que, por oportunismo electoralista, hablaban de un regreso anticipado de la Presidenta incluso antes de las elecciones y de los 30 días de reposo: “Entre la opinión de Daniel Scioli y la de Facundo Manes, me quedo con la de Manes”, comparó ante los dichos del gobernador.

El vocero Alfredo Scoccimarro también salió al paso: “Cristina no ve televisión, no lee nada de diarios y no vio el acto” (del 17 de octubre). Orden de Máximo. Los médicos reiteraban su primera advertencia, antes del alta del domingo 13, y exigían disciplina para cumplir con el reposo: la convalecencia de Cristina no sería tan rápida ni tan simple como transmitían los funcionarios de las “buenas noticias”. Hasta el extremo de no enterarla siquiera del choque del tren del Sarmiento en la terminal de Once.

Cómo está. Cuándo vuelve. Los funcionarios habitualmente allegados a la Presidenta, por supuesto, no terminan de creer esa versión aséptica de una Cristina tratada con almohadones y preservada a toda costa de las noticias cotidianas. Un secretario de Estado con acceso al despacho de Zannini lanzó una serie de interrogantes inquietantes en una reunión interna de Unidos y Organizados: “¿Acaso se puede gobernar sin estresarse? ¿El proceso de toma de decisiones de un gobierno enferma a nuestra Presidenta? ¿Estamos frente a una fatalidad o una imposibilidad política de seguir gobernando?”.

“Hay que ir acostumbrándose a la idea: Cristina no será la misma y aun conservando su lucidez política, deberá enfocarse en el cuidado de su corazón y en el shock que le producirá su retiro del poder”. El que habla es un hombre que integró el Gobierno y tuvo que retirarse “por las malas” ante las acusaciones de Boudou y el extremo respaldo de Cristina a su vice en la causa Ciccone. Zannini, mientras tanto, se viste de “monje negro” y monitoreo las conductas de sus colegas de gabinete. Para cuando vuelva la Presidenta y haya que distinguir entre réprobos y elegidos.