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Opinión / 8 de noviembre de 2013

La Corte y los cortesanos

Como presidente del máximo tribunal, Ricardo Lorenzetti desempeña un papel político muy importante, pero, por ahora, no quiere que nadie lo tome por un político.

LORENZETTI. El presidente del máximo tribunal fue cuestionado por sus contactos con el Gobierno.

Como presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti desempeña un papel político muy importante, pero, por ahora al menos, no quiere que nadie lo tome por un político. Sería meterse en el barro. Puede entenderse, pues, el fastidio que siente cuando los enojados por su decisión de cohonestar la Ley de medios la atribuyen a motivos más políticos que jurídicos. Si bien pocos han estado dispuestos a ir tan lejos como la reelecta diputada Elisa Carrió, la que, con su vehemencia habitual, lo acusa de haber cometido una multitud de delitos, de los que el más grave, en su opinión, fue violar el principio republicano de la división de poderes, ha quedado instalada la sospecha de que el fallo fue fruto de una larga serie de negociaciones turbias, celebradas en secreto, entre miembros de la Corte comenzando con Lorenzetti por un lado y Cristina, Carlos Zannini y otros operadores kirchneristas por el otro.

Aunque Lorenzetti niega haber hablado de la ley de medios con dichos interlocutores y señala que es perfectamente normal que ministros de la Corte charlen a menudo con políticos, tanto oficialistas como opositores, no cabe duda de que se ha visto perjudicado por el asunto. La ciudadanía quiere creer que, por fin, el país cuenta con una Corte Suprema imparcial que está por encima de las vulgares reyertas políticas y que nunca jamás soñaría con pactar con un gobierno, sobre todo uno tan arbitrario como el de Cristina, modificando sus sentencias con la esperanza de conservar así ciertos privilegios o defender intereses personales apenas confesables.