Opinión / 20 de diciembre de 2013

La burbuja de Cristina

Ciega. La Presidenta no quiere enfrentar los problemas de un diciembre caliente.

De todas las muchas grietas argentinas, la más extraña es la que separa a Cristina del país que efectivamente existe. Vive en otra dimensión. Aún maneja las palancas del poder, pero las mueve de manera tan excéntrica que no producen los resultados previstos. Voluntarista por vocación, la Presidenta parece haberse convencido de que, siempre y cuando se aferre a su propia versión de la realidad, el resto del universo terminará haciéndola suya.

Entre los peronistas, el aislamiento psíquico de Cristina es motivo de desconcierto. Temen que el destino político de la señora se parezca a aquel de otro gran recaudador de votos, Carlos Menem, que, luego de disfrutar de su propia década ganada, resultó ser presa fácil de abogados decididos a forzarlo a rendir cuentas ante la Justicia. La mayoría lo abandonó a su suerte. Por estar tanto en juego, pocos vacilarían en dejar que Cristina se cocinara en su propia salsa.

Cristina se aisló por orgullo y porque pudo; en una sociedad caudillista, nunca faltan los dispuestos a ponerse al servicio de una persona poderosa que está en condiciones de repartir favores entre los presuntamente leales. Para mantenerse bien alejada de quienes no comparten sus prejuicios, pronto se las arregló para rodearse de obsecuentes que nunca soñarían con aconsejarle no dejarse cegar por ellos. Es por dicha razón que, con escasas excepciones, los funcionarios del Gobierno nacional han sido tan penosamente mediocres.