Opinión / 31 de enero de 2014

Un relato aplastado por la realidad

KICILLOF. La pelea contra el dólar daja en evidencia la chapucería del ministro de Economía.

Cuando de destruir una economía que, según las pautas regionales, era relativamente próspera se trata, ningún líder latinoamericano ha logrado más que el dictador emérito Fidel Castro. Desde hace más de medio siglo es el campeón indiscutido en materia de depauperación: gracias al “modelo” que, con la ayuda inestimable del Che, construyó luego de apoderarse de la isla, el salario mensual promedio de los cubanos se ha mantenido por debajo de los 19 dólares: 158 pesos argentinos a la tasa de cambio de inicios de la semana pasada. Así y todo, últimamente le han surgido dos rivales de fuste: el venezolano Nicolás Maduro y nuestra Cristina.

Si bien ambos se las han arreglado para provocar crisis económicas fenomenales, aún no han logrado desplazar a Fidel de su lugar en el podio. Con la esperanza de aprender algunos trucos perfeccionados por el viejo maestro, los dos desafiantes acaban de viajar a La Habana para rendirle homenaje, charlar con él por un rato y asistir a una “cumbre” continental sin la presencia molesta de delegados de Estados Unidos y Canadá. Será de suponer que, después de felicitarlos por lo mucho que ya han conseguido, el comandante jubilado les advirtió que para difundir la miseria en países rebosantes de riquezas naturales como Venezuela y la Argentina se necesita un grado de ingenio revolucionario realmente excepcional, de suerte que tendrían que redoblar sus esfuerzos.

La receta de Fidel es sencilla: hay que olvidarse de los datos concretos y politizar absolutamente todo, subordinarlo al relato oficial para desdoblar así la realidad, dejando la parte negruzca para la gente común, “las masas”, y otra muchísimo más luminosa para los ideólogos. Es lo que han hecho los castristas, con éxito fulminante a juicio de sus admiradores de otras latitudes, pero mientras que ellos lograron ganar al menos cinco décadas en que ir por todo, Cristina tendrá que conformarse con una sola. Mal que le pese, la señora no dispondrá de tiempo suficiente como para rematar la obra ambiciosa que emprendió cuando soñaba con eternizarse en el poder.