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Opinión / 21 de febrero de 2014

En el espejo venezolano

MADURO. La salvaje represión del aliado venezolano de CFK conmovió al continente.

Cristina y los personajes variopintos que la rodean tienen buenos motivos para sentirse alarmados por lo que está sucediendo en Venezuela. Temen que su propio proyecto termine como “el socialismo del siglo XXI” que, antes de morir, el comandante Hugo Chávez dejó en manos de Nicolás Maduro, un ex sindicalista tan torpe que parece haber salido de las páginas de una novela satírica.

Con todo, si bien la conducta esperpéntica del hombre que habla con su líder muerto reencarnado en un pajarito ha hecho aún más surrealista el drama que está viviendo el país hermano, sería injusto culparlo por el desastre en que le ha tocado desempeñar un papel protagónico.

Lo mismo que el “modelo” de Cristina, el armado por Chávez se está cayendo en pedazos porque se basa en la idea descabellada de que, por ser inagotables los recursos económicos, lo único que tiene que hacer un gobierno popular es gastarlos. Es lo que hicieron los dos mandatarios sin pensar en la posibilidad de que llegara un día en que la alcancía quedara vacía y que, como en países gobernados por gente menos imaginativa, tendrían que cuidar los centavos.

Desgraciadamente para decenas de millones de personas, la mezcla mágica de dinero y voluntad “revolucionaria” ensayada por Chávez y los Kirchner ha resultado ser peor que inútil. A pesar de los vaya a saber cuántos miles de millones de dólares aportados por el petróleo a las arcas del gobierno venezolano o por la soja a la caja de Cristina, ambos países se están deslizando hacia la bancarrota en medio de una violenta tormenta inflacionaria.

Venezuela lleva la delantera, ya que el costo de vida sube a más del 50 por ciento anual, pero los hay que creen que en los meses próximos la Argentina podría alcanzar e incluso superar a su gran rival en la frenética carrera hacia el abismo. En Venezuela, el impacto del desaguisado económico ha sido feroz. Faltan alimentos a precios accesibles para los pobres, papel higiénico y, desde luego, papel para los odiosos diarios no revolucionarios que han tenido que achicarse. En la Argentina, muchos supermercados están comenzando a asemejarse a los venezolanos.