Opinión / 11 de abril de 2014

La ira de los defraudados por el relato K

Si bien muchos tardaron en entender que “el modelo” se trataba de una estafa, hace un año la mayoría ya cambió de opinión.

Por

SCIOLI. Declaró el estado de emergencia por la inseguridad en la provincia de Buenos Aires.

Luego de intentar Cristina venderles cosechadoras de cartón y baratijas confeccionadas en el polo industrial La Salada, los angoleños optaron por borrar a la Argentina de su lista de socios comerciales. Felizmente para la señora y sus partidarios, el electorado local resultó ser menos precavido.

Sin pensarlo dos veces, compró el extravagante “modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social” pregonado por los buhoneros kirchneristas. Le guste o no le guste, tendrá que convivir con esta obra maestra del ingenio populista por muchos años más.

Si bien el grueso de la ciudadanía tardó en entender que se trataba de una estafa, que, como aquella cosechadora de fabricación nacional que según parece sigue pudriéndose en algún galpón africano, el famoso modelo nunca pudo funcionar, hace aproximadamente un año la mayoría cambió de opinión.

Al darse cuenta de que han sido víctimas de un fraude, millones de personas que a su modo habían confiado en las promesas de Cristina se sienten perdidas en un mundo que se les ha vuelto hostil.

Las dificultades enormes que enfrenta el país y que con toda seguridad se agravarán en los meses próximos se deben menos a lo hecho por el gobierno kirchnerista que a lo que no pudo, no quiso o no supo hacer. Desde el día en que el matrimonio patagónico se instaló en la presidencia, se destacaría por su voluntad de archivar los problemas más engorrosos, sobre todo los que podrían suponerles “costos políticos”.