Política / 17 de abril de 2014

La pesada cruz de Cristina K

El peronismo la deja sola y le promete un calvario hasta el fin de su mandato. La Cámpora: su “iglesia” fuera del poder.

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Cristina en la despedida de Hugo Chávez con una cruz dibujada en la frente y con estilo lúgubre.

A decir verdad, la Presidenta hubiera preferido un final más heroico de una gestión que, desde que ganó con el 54% de los votos en octubre del 2011, paradójicamente, cayó en picada. Cristina dinamitó hasta las ruinas de lo que quedaba del PJ y se aceleraron las traiciones públicas o secretas. Cortó todo vínculo con la CGT de Hugo Moyano, el principal soporte político y de masas ideado en su momento por Kirchner.

Se recostó en La Cámpora obsecuente y se puso en el lugar de víctima: “A mí ya me crucificaron, este juego que se está jugando no es el mío –es la frase que le han escuchado–, pero no veo a nadie que esté en condiciones de hacer lo que hicimos los Kirchner en esta década, ni siquiera de volver todo atrás y revertir lo hecho”.

Quiso decir, ilusionada: “Así que tendremos otra oportunidad”. Ambos razonamientos, en cierto modo, son ciertos. Más que su relato sobre la supuesta Revolución K, efectivamente importan la sensatez y la transparencia de los que vendrán ya que fueron los valores que ensombreció el kirchnerismo. Y los candidatos en oferta todavía generan dudas sobre sus capacidades de gobernar un país que heredan empobrecido con un Estado adentro virtualmente saqueado y fuera de control.

La lógica de la decadencia y el exitismo exceden el voluntarismo de CFK. Viene a simbolizar algo así como el ‘ser nacional’: “Somos un país bipolar –aseveró Manes, el neurólogo presidencial–: pasamos del éxito a la depresión, y lo que necesitamos es estabilidad”. A veces, los propios compañeros de ruta de Cristina advierten su inestabilidad y sus arrebatos cada vez más espaciados. No siempre hace el show que esperan los más adictos. La centralidad política ya no pasa por ella.

Pero falta bastante para saber incluso si el péndulo se inclinará en el futuro hacia la derecha, peronista o no –como descuenta Cristina–, o hacia un liderazgo que reivindique básicamente la inversión, la producción y el trabajo, además de la estabilidad. Aunque, claro, la liturgia del poder y el gen de la ambición exigen a veces experimentar el calvario para mantener viva la llama de la resurrección. Y ya se sabe, es el pretexto: en política, solo se puede volver a la vida con iglesia propia y feligreses devotos.

Es lo que vino perdiendo y pide a los gritos recuperar la Presidenta para “terminar bien”, como le dijo ella misma a los empresarios de la UIA, y mantener viva la esperanza de imitar a Michele Bachelet en el 2019 para volver al poder después de cuatro años de un Sebastián Piñera local, se llamen Scioli, Massa o Macri. Blindarse judicialmente, cortar los lazos financieros que puedan aún existir con Lázaro Báez, desentenderse de Amado Boudou y tejer una Justicia adicta son, hoy por hoy, las prioridades personales de la Presidenta part-time. El secretario Carlos Zannini le hace de consejero y filtro: están atados por el destino.

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