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Opinión / 30 de junio de 2014

La tía Cristina da de comer a los buitres

"La tía" Cristina Kirchner. Ilustración de Pablo Temes.

Los freudianos que tanto abundan entre nosotros dirían que, si la Argentina es víctima de algo, es de lo que llaman la “pulsión tanática”, la voluntad de morir para entonces comenzar todo de nuevo. Con regularidad exasperante, surgen gobiernos que consiguen la adhesión del grueso de la ciudadanía afirmándose resueltos a refundar la República y, para más señas, apuestan a alguno que otro modelo innegablemente heterodoxo que, luego de anotarse un par de éxitos aparentes, fracasa de manera realmente espectacular.

El modelo de Cristina es solo el más reciente de una larga serie. Ya no cabe duda de que está destinado a terminar como los de Isabelita, los militares, Raúl Alfonsín y Carlos Menem. ¿Será el último? Puede que no, que Vaca Muerta brinde a los próximos gobiernos un pretexto irresistible para entregarse al voluntarismo delirante. Al fin y al cabo, la Argentina es rica, riquísima, de suerte que sería aberrante exigirle respetar límites apropiados para países menos afortunados.

Será por este motivo que los presidentes nacionales más populares se asemejan a kamikazes: sus modelos llevan el combustible que necesitan para alcanzar su objetivo inicial, pero no les queda bastante para mucho más. De haber obrado Cristina con mayor sensatez, la Argentina no correría riesgo de caer otra vez en default porque contaría con reservas de más, tal vez mucho más, de 100.000 millones de dólares estadounidenses. En tal caso, podría hacer lo que hizo Néstor con el Fondo Monetario Internacional: cerrarles la boca a los denostados como enemigos de la patria llenándola de billetes verdes. Pero la Presidenta nunca pensó en el mediano plazo. ¿Por qué preocuparse por algo tan remoto? Tampoco le interesaba lo que gente aburrida, de ideas foráneas y por lo tanto antiargentinas, calificaba de realidad. Después de todo, el resto del mundo se hundía en una crisis tremenda, Europa estaba “devastada”, Estados Unidos se desintegraba. ¿De qué realidad hablaban los escépticos?

Cristina no habrá cambiado de opinión acerca de las deficiencias ajenas, pero hace poco se dio cuenta de que acaso no le convendría desafiar al mundo que efectivamente existe. Sería suicida. Mal que le pese, dicho mundo tiene la cara adusta del juez neoyorquino Thomas Griesa, el que, con el aval de la Corte Suprema de Estados Unidos, una institución cuyos fallos inciden mucho en el pensamiento de otras afines, insiste en que la Argentina tiene que pagar lo que debe a los amablemente denominados fondos “buitre”.

Llamarlos así no es una particularidad criolla, ya que los indignados por la conducta de quienes se especializan en hostigar a países en apuros acuñaron el epíteto hace mucho tiempo, pero Cristina vive en un universo verbal, el del “relato” en que se resume lo mejor del pensamiento nacional. Convencida como está de que cubrir de insultos a un adversario servirá para aniquilarlo, se creyó capaz de mantener a raya hasta fines de 2015 a Griesa y los odiosos “buitres” bombardeándolos con palabras vehementes. Desgraciadamente para ella, lo que a veces funciona en el mundillo político argentino, donde ser etiquetado de “neoliberal” o “derechista” puede resultar fatal, no sirve para mucho en otras latitudes. Los jueces yanquis privilegiaron la ley por encima de la furibunda retórica kirchnerista y las presiones de personajes como el presidente Barack Obama y la jefa del FMI, Christine Lagarde, que les advirtieron que, de hacerse valer los derechos de los holdouts que lidian con la Argentina, podría hacer tambalear el crónicamente precario andamiaje financiero mundial.