Sociedad / 4 de septiembre de 2014

Gustavo Cerati: un rey que no despertó

El periodista de NOTICIAS que contó los últimos días del músico en la Clínica ALCLA revela la intimidad de esa larga internación.

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Buenos Aires (Télam): Grupos de jóvenes y adolescentes se dieron cita hoy a la puerta de la clínica Alcla ante la conmoción por la muerte del músico Gustavo Cerati, pegaban cartitas, muchas con la frase: "Gracias totales" en un mural sobre la calle Vuelta de Obligado, en el barrio de Núñez, frente a la clínica en la que permaneció internado desde noviembre de 2010.

“El rey está vivo”, me dijo hace poco Leo García, su discípulo artístico y uno de los íntimos que más lo visitaban en la clínica ALCLA de Belgrano. “Fui a verlo para su cumpleaños, le toqué la mano y me la tomó”, admitía con dolor. Era un sentimiento noble en el fondo, una suerte de esperanza. Lillian Clarke, su mamá, jamás la había perdido: “Gustavo reconoce voces, le tocás el piecito y mueve la pierna. Hay pequeños avances desde hace un tiempo”, me afirmó también para ese entonces. Pero, cuando hablaba sobre pronósticos, sobre un futuro, el tono de su voz bajaba: “Los neurólogos no me dicen nada. El cerebro es un misterio”. Su familia mantuvo la esperanza hasta el final, hasta que hoy, cerca de las 9 de la mañana, se anunció lo que nadie quería escuchar.

Recolecté testimonios de médicos, amigos y familiares de Cerati para tratar de entender cómo eran sus días en ALCLA, su vida en suspenso. Cómo lo atendían en la clínica cuando eran unos pocos íntimos los que lo visitaban; cómo se lo veía físicamente, cuál era su situación médica real y si tenía auténticas chances de mejoría. Todas eran preguntas tabú. Era atroz para sus seres queridos: el luto, para ellos, jamás terminaba de elaborarse. Lo cuidaban, compartían momentos con él. Incluso, amigos y familiares festejaron la última Navidad en esa habitación.

El ex Soda Stereo no pasaba la mayor parte de su tiempo en su cama, como popularmente se creía: tenía una silla especial para mantenerlo incorporado. Enfermeras lo movían cada mañana, kinesiólogos mantenían sus músculos tonificados, recibía sesiones de terapia ocupacional y musicoterapia. Usaba el respirador mecánico, aunque no siempre. Se alimentaba a través de una gastrostomía, un tubo conectado directamente a su estómago. Todos cerca de él hablaban de un buen aspecto físico: una piel brillante, un pelo lozano. Para ellos, Cerati era una suerte de Bella Durmiente que en cualquier momento podía despertar para recuperar su trono del rock, pese a que la ciencia no estaba tan segura del milagro: estudios de prestigiosos centros médicos hablaban de un daño cerebral extenso.

La habitación se había convertido en una suerte de santuario; sus amigos iban y le cantaban, le reproducían música. Oscar Fernández de la peluquería Roho, amigo y su coiffeur histórico, le cortó el pelo varias veces ahí. Otra vieja amiga se sentaba frente a él para leerle cuentos. Gustavo deslizaba la lengua entre los labios, algo que todos veían como un aparente gesto de aprobación. “Los años nos amigaron con ésto”, concluía Leo García. Eran ceremonias, para un adiós sin fin aparente, que hoy llegó.

*Redactor de Información General.

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