Opinión / 4 de enero de 2015

La lucha por una caja vacía

Sergio Massa, Mauricio Macri y la gente de UNEN coinciden en que el próximo gobierno heredará un desaguisado económico fenomenal, ya que antes de irse, Cristina se las habrá arreglado para vaciar la caja. Es más que probable que Daniel Scioli piense lo mismo, aunque por razones comprensibles el aspirante a recibir la bendición de la señora ha preferido no decirlo en público. Sería de suponer, pues, que los presidenciables estarían preparándose anímicamente para enfrentar una emergencia casi tan grave como la que siguió al colapso de la convertibilidad.
¿Lo están? Claro que no. Por entender que sería suicida hablar de cosas tan feas como un ajuste, todos se han esforzado por brindar la impresión de que los problemas nacionales tienen más que ver con el inverosímil relato kirchnerista que con la realidad concreta, que en el fondo las mentiras del INDEC importan más que la suba constante del costo de vida, que la recesión se debió exclusivamente a los errores perpetrados por “Chiquito” Kicillof, que, si bien hubo una década desperdiciada, pronto habrá otra igualmente generosa que un gobierno menos excéntrico que el actual estaría en condiciones de aprovechar.
Es como si los presidenciables confiaran en que, sin Cristina en la Casa Rosada, la Argentina no tardaría un solo minuto en transformarse en el niño mimado de todos los inversores del planeta. Sucede que, con la ayuda de un pequeño ejército de gurúes nacionales e internacionales, hace un par de años se convencieron de que en Vaca Muerta encontrarían la solución para cualquier problema económico o social que podría surgir, ya que el yacimiento contenía bastante petróleo como para hacer de la Patagonia una nueva Arabia Saudita.
Por desgracia, sólo se trataba de un espejismo que se esfumó al decidir los sauditas que les convendría permitir caer el precio del crudo, en parte para disuadir a los norteamericanos a continuar aumentando su propia producción con métodos “no convencionales” –o sea, con el fracking– y también porque les permitiría asestar un golpe demoledor contra sus enemigos en Irán, Rusia y Venezuela. No les resultó difícil. Cuando dijeron que el asunto quedaría en manos del mercado, este reaccionó dejando caer el precio a la mitad.

En el corto plazo, la Argentina importadora figurará entre los beneficiados por el desplome vertiginoso del valor de un barril de petróleo, el que a mediados del año que acaba de terminar se acercaba a los 120 dólares blue pero que en la actualidad se aproxima a los 60. En el mediano plazo, sin embargo, se hallará entre las víctimas principales, ya que hasta que aumente mucho el precio del “oro negro”, Vaca Muerta no será más que una formación geológica interesante. Lo entiende muy bien el hombre a cargo de YPF, Miguel Galuccio; la semana pasada advirtió que “se nos viene una tormenta de afuera y la vamos a tener que capear”.
A los tres centristas pragmáticos que desde hace meses lideran la carrera presidencial, les costará adaptarse a las nuevas circunstancias. Esperaban que el país, luego de una etapa relativamente breve de penurias atribuibles a la beligerancia antibuitre de Cristina y la ineptitud politizada de su favorito, Axel Kicillof, podría reintegrarse casi instantáneamente al sistema internacional en condiciones privilegiadas.
Mientras duró, era un lindo sueño, pero tal y como están las cosas, se ven frente a la probabilidad de que estemos al comienzo de un período prolongado de estanflación agravada por la escasez extrema de recursos financieros. ¿Estarán dispuestos los presidenciables a correr el riesgo de indignar al electorado hablándole de la necesidad ingrata de soportar meses, tal vez años, de austeridad como la sufrida últimamente por los griegos, españoles, portugueses e italianos? ¿O preferirán dar a entender que no hay por qué preocuparse, que todo seguirá más o menos igual?
Mal que le pese, el sucesor de Cristina se verá ante un panorama similar al enfrentado por Fernando de la Rúa cuando, con el precio de la soja por el suelo sin que hubiera señales de que estaba por levantarse, no tenía más alternativa que la de procurar manejar una realidad decididamente antipática. Desde el punto de vista del ocupante de la Casa Rosada y sus anexos, gobernar con la ayuda de un viento de cola muy fuerte es relativamente fácil, puesto que la mayoría le perdonará virtualmente cualquier barbaridad, pero no lo es en absoluto hacerlo en una coyuntura menos favorable en la que abundan los proclives a imputar todo lo malo a las deficiencias personales del mandatario de turno.
Sea como fuere, por lo pronto los precandidatos están más interesados en las vicisitudes de la competencia electoral en que están participando que en lo que tendrían que hacer en el caso de que se alzaran con el premio. Con espíritu más deportivo que estratégico, están maniobrando con el propósito de conseguir el respaldo de distintos sectores sin preocuparse demasiado por los, para ellos, insignificantes detalles ideológicos. Cada uno quiere dotarse de una imagen ganadora, por entender que aquí, como en otros países supuestamente más sofisticados, la mayoría propenderá a votar por el candidato que le parezca destinado a triunfar.

Para que haya más confusión, la carrera presidencial está celebrándose en una pista envuelta en neblina. Algunos encuestadores dicen que Massa se ha distanciado un poco de sus rivales, otros afirman que Scioli ha mantenido la delantera, y los hay que aseguran que Macri está pisándoles los talones y podría estar por superarlos. ¿Habrá un tapado que, para desconcierto de los ya acostumbrados a creer que uno de los tres llegará primero, logre salir de la bruma de UNEN para cambiar todo? Los centroizquierdistas esperan que sí, pero no hay indicios de que uno de los cuatro o cinco pre-precandidatos de la agrupación esté por destacarse de sus congéneres quisquillosos. Acaso sea mejor así: los tiempos que se aproximan no serán aptos para un gobierno más o menos socialdemócrata.
Además de confiar en que, merced a Vaca Muerta, la Argentina podría saltar por encima de las imponentes barreras económicas que obstaculizan el camino hacia un futuro mejor, la mayoría se aferra a la esperanza de que no suceda nada que la prive de la estabilidad política. Hasta los críticos más feroces de la gestión kirchnerista juran querer que termine el 10 de diciembre, ni un día antes ni, es innecesario decirlo, uno después. No es que todos entiendan que hay que respetar el calendario constitucional pase lo que pasare, sino que a juicio de la oposición los kirchneristas, encabezados por Cristina, deberían pagar todos los costos políticos e ideológicos del desastre económico que han confeccionado.
De modificarse repentinamente el statu quo, no sería a causa de una conspiración destituyente urdida por los “poderes concentrados” y sus aliados. Sería de resultas de un acontecimiento imprevisto que obligara a los dirigentes políticos a barajar y dar de nuevo. Es lo que sucedería si por algún motivo Cristina se viera incapaz de seguir protagonizando el gran drama nacional, dejando a Amado Boudou en un papel que no estaría en condiciones de desempeñar.

La salud de Cristina es frágil; la fractura de un tobillo que la ha puesto en una silla de ruedas es sólo el más reciente de una serie de percances que la han afectado. Con toda seguridad, el que otra vez haya tenido que guardar reposo ha incidido en su estado de ánimo y por lo tanto influirá en su forma de hacer frente al acoso judicial del que se cree víctima.
Desgraciadamente para la Presidenta, y para muchos otros integrantes del Gobierno, son cada vez más los fiscales y jueces que quieren investigar la llamada “ruta del dinero K” que, muchos creen, abrió Néstor Kirchner para que llegaran a las bóvedas de la familia presidencial los millones de dólares, euros y así por el estilo cobrados por personajes como Lázaro Báez a cambio de los contratos lucrativos que funcionarios kirchneristas les otorgarían.
Aun cuando los políticos opositores quisieran demorar las investigaciones para que culminaran en lo que para ellos sería el momento oportuno, no les sería dado frenar la ofensiva judicial. Es tradicional que “los tiempos de la Justicia” sean muchísimo más lentos que los de la política, pero se han acelerado tanto en los meses últimos que han comenzado a asustar hasta a los habituados a reclamar la puesta en marcha inmediata de un operativo manos limpias criollo. De más está decir que a Cristina no le haría ninguna gracia que un juez se atreviera a citar a declarar a Máximo o Florencia por su eventual papel en los negocios de sus progenitores.
En otros países democráticos, a nadie se le hubiera ocurrido vincular algunos cambios en la cúpula de los servicios de inteligencia con los problemas legales de ciertos integrantes del gobierno nacional, pero no bien decidió Cristina reemplazar a los antiguos jefes del SI (ex SIDE), con hombres que en su opinión le serían más leales, entre ellos el jefe del Ejército, el teniente general César Milani, virtualmente todos lo achacaron a su deseo de defenderse de sus enemigos judiciales. Parecería que el consenso es que, si bien la Argentina aún es una democracia, es una sui generis en la que el espionaje militarizado sirve para mantener a los poderosos fuera de los alcances de la ley.