Opinión / 11 de enero de 2015

La guerra del general Milani

Si no fuera por la voluntad evidente de Cristina de respaldarlo, César Milani ya estaría compartiendo el destino ingrato de centenares de camaradas que están pudriéndose en la cárcel; en la Argentina kirchnerista, los militares juzgados culpables de haber violado los derechos humanos ajenos hace más de treinta años suelen verse privados de los propios. Pero, felizmente para Milani, la Presidenta se resiste a soltarle la mano. Para incomodidad de los integrantes de las agrupaciones izquierdistas que se han apropiado del tema de los derechos humanos, extrañeza de otros y, hay que decirlo, regocijo de muchos opositores, Cristina optó por minimizar la gravedad de los cargos en contra del teniente general, el que, por su parte, no ha vacilado en declararse un militante de la causa nacional y popular, lo que, según parece, ha sido más que suficiente como para asegurarle un grado de impunidad que ha sido negado a los demás uniformados.
Aníbal Fernández insiste en que, si Milani es procesado, como parece probable ya que un fiscal federal tucumano lo tiene en la mira, Cristina lo pasará a retiro. ¿Lo hará? Es posible, pero no le gustaría para nada sentirse obligada a resignarse a lo que, de acuerdo común, sería una derrota sin atenuantes, una manifestación de debilidad que tendría repercusiones muy fuertes en su propio entorno donde hay muchos personajes, como Amado Boudou, que dependen de la protección que les brinda. Tal y como están las cosas, Cristina podría decidir que no tiene más alternativa que la de ser intransigente, ya que, de ceder un solo milímetro, todo podría derrumbarse en un lapso muy pero muy breve.

En el mundo político, manda el pragmatismo. Todo depende de las circunstancias. Los más interesados en ver entre rejas a Milani por lo que hizo o no hizo en 1976 son referentes que desaprueban la forma, en su opinión vengativa, que ha caracterizado la campaña kirchnerista contra los militares acusados de participar de la represión ilegal, mientras que los más dispuestos a defenderlo incluyen a quienes no soñarían con perdonar a ningún reaccionario por lo hecho en su juventud cuando estaba de moda coincidir en que, como decía Mao Tse-tung, “el poder político brota del cañón de un fusil” y, para más señas, los biempensantes festejaban las hazañas sanguinarias de sujetos como el “Che” Guevara y Fidel Castro. Asimismo, es por motivos que no tienen nada que ver con los principios morales que reivindican que personas como Cristina, que obraron para expulsar a los militares de la arena política y avalaron con entusiasmo la Ley de Defensa Nacional que les prohíbe realizar tareas de espionaje interno, han querido hacer una excepción de Milani.
¿Por qué? Parecería que solo la Presidenta sabría la respuesta a dicho interrogante. Cristina elige a sus favoritos –el guitarrista aficionado Boudou, el chiquito marxokeynesiano Axel Kicillof, César Santo Gerardo del Corazón de Jesús Milani– según criterios que para todos salvo sus íntimos son misteriosos. ¿Privilegia la estética, detecta en individuos determinados cualidades que ignoran los demás, los cree leales? Puede que en el caso de Milani haya incidido la atávica convicción peronista de que las revoluciones sociales necesitan contar con la participación activa de caudillos militares, “comandantes” natos capaces de infundir temor o, al menos, hacer gala de cierta autoridad, como hacía el fundador del movimiento en el que se incubó el kirchnerismo.
En tal caso, sería natural que Cristina, al acercarse al fin no deseado de su gestión y temer caer víctima de aquellos insaciables “poderes concentrados” que la amenazan, quisiera tener a su lado al jefe del Ejército, sobre todo por tratarse de un especialista en lo que los militares llaman inteligencia y que, supondría, sería capaz de desbaratar todas las muchas conspiraciones que están urdiendo sus enemigos. De ser así, se trata de una apuesta muy arriesgada; además de inyectar a las fuerzas armadas el virus de la politización, de tal modo planteando el peligro de que vuelvan a las andadas, a la Presidenta no le convendría confiar demasiado en intrigantes vocacionales que, lo mismo que aquellos jueces que, cuando un gobierno está por irse, nos sorprenden procesando a funcionarios vulnerables, podrían llegar a la conclusión de que les sería mejor intentar congraciarse cuanto antes con alguno que otro presidenciable opositor.
A Cristina y sus simpatizantes más fervorosos les ha costado adaptarse a la democracia, un orden sociopolítico que a su entender es grisáceo, insulso y nada heroico. Sienten nostalgia por los años “de lucha” que culminaron inevitablemente con la dictadura militar. Eran tiempos emocionantes para quienes se imaginaban peleando por un futuro glorioso, razón por la que quieren perpetuarlos. Así, pues, si bien en la década de los noventa del siglo pasado las fuerzas armadas dejaron de constituir un “poder fáctico”, los kirchneristas seguirían hablando como si se vieran rodeados de golpistas, generales ambiciosos disfrazados de ejecutivos mediáticos resueltos a tomar nuevamente el poder y otros de la misma calaña. No se trataba tanto de una estrategia presuntamente astuta cuanto de lo difícil que les resultaba salir del universo mental al que se habían acostumbrado para internarse en uno radicalmente distinto, uno democrático en el que tendrían que perder mucho tiempo dialogando con adversarios en busca del siempre esquivo consenso.
En el mundo al que Cristina y los muchachos ya maduros –en términos biológicos, se entiende– de La Cámpora quieren regresar, aliarse con un militar que jura ser tan nac&pop como el que más tiene sentido. En el que formalmente existe, en cambio, parece inexplicable la voluntad de la Presidenta de invertir una parte sustancial de su capital político en defender a un personaje acusado no solo de haber sido un “genocida” (en la Argentina la inflación afecta hasta a las palabras), que presuntamente tuvo que ver con la desaparición de un conscripto, sino también de enriquecimiento ilícito.

Atando cabos, los que procuran elucidar el opaco melodrama político nacional vinculan la negativa de Cristina de abandonar a su suerte a Milani con la purga que, hacia fines del año pasado, llevó a cabo en la Secretaria de Inteligencia al echar a dos amigos de Néstor, ubicando en la cúpula del organismo célebremente incontrolable a quien durante años la había servido, con la lealtad debida, como secretario de la Presidencia, Oscar Parrilli. Dan por descontado que lo que Cristina se ha propuesto es movilizar a los espías tanto civiles como militares para que libren batalla contra las huestes judiciales que la tienen cercada.
¿Qué harían para defender a la reina contra los insurrectos que la están atacando? Es de suponer que, por ser espías profesionales, se pondrían a hurgar en la vida privada de jueces y fiscales molestos, además de la de los siniestros golpistas mediáticos, con la esperanza de encontrar evidencia de que son auténticos canallas o, si no hallan nada, de fabricarla. En efecto, con el propósito de amortiguar el impacto de las denuncias terriblemente verosímiles dirigidas contra Cristina y sus familiares, comenzando con Máximo, que según algunos se han alzado con miles de millones de dólares mal habidos, distintos kirchneristas están esforzándose por hacer creer que quienes las formulan, entre ellos el juez Claudio Bonadio y la progre Margarita Stolbizer, también se han enriquecido ilícitamente a costillas de la buena gente: el magistrado por ser condueño, con el veinte por ciento de las acciones, de una estación de servicio y la política bonaerense por poseer un par de casas modestas y un Volkswagen. Como pudo preverse, la torpe contraofensiva así ensayada solo sirvió para poner en ridículo a los kirchneristas.
Si fuera previsible que los espías de Milani y de la ex SIDE, reforzados éstos por la incorporación de militantes camporistas, se limitaran a recabar información que podría resultarles útil, las maniobras recientes de Cristina no ocasionarían mucha preocupación. En el clima enfermizo imperante, los secretos que podrían destapar, por tremendos que fueran, resultarían innocuos, ya que todos salvo los kirchneristas más empedernidos los atribuirían a la malicia oficialista.
Lo que sí es preocupante es que una presidenta en apuros haya decidido aliarse con militares y la gente de un organismo tan tenebroso como la SI, puesto que la diferencia entre las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia del resto de la sociedad consiste en que aquellos, para alcanzar sus fines, suelen emplear medios violentos. ¿Creerían los ultras del kirchnerismo que es tan importante su “proyecto”, “modelo” o lo que fuera, para no hablar del futuro de la Líder Máxima, que podría justificarse cualquier medida que sirviera para impedir que el país “vuelva para atrás” de resultas de una elección? Con frecuencia creciente, voceros oficialistas como Jorge Capitanich y los decididos a hundir a Daniel Scioli dan a entender que, a su juicio, sería una catástrofe inaceptable que la Argentina se desviara un ápice del camino trazado por los santacruceños providenciales. Tal vez solo sea cuestión de las exageraciones retóricas a las que nos tienen habituados, pero así y todo las profesiones de fe revolucionaria que se permiten ciertos funcionarios son inquietantes.