Opinión / 28 de junio de 2015

Para que todo siga igual

Por

MÁXIMO K. Cristina jugó a su hijo como candidato a diputado por Santa Cruz. Un reaseguro contra problemas judiciales.

Desde que un Daniel Scioli sonriente nos dijo que Carlos Zannini sería su compañero de fórmula, como si a su entender se tratara de algo perfectamente previsible que no debería motivar sorpresa alguna, los halcones K están repitiendo para sus adentros las palabras célebres del generalísimo Francisco Franco que, algunos años antes de su muerte, aseguró a sus partidarios que, “respecto a la sucesión a la Jefatura del Estado, sobre la que tantas maliciosas especulaciones hicieron quienes dudaron de la continuidad de nuestro movimiento, todo ha quedado atado, y bien atado”. No se le ocurrió al caudillo que, sin el mismo en el poder, el franquismo degeneraría en un movimiento marginal anacrónico y rencoroso. El cambio lo barrió.
Puede que al kirchnerismo le aguarde un destino similar, por inverosímil que parezca tal eventualidad a ojos de los acostumbrados a que la realidad depende exclusivamente de la voluntad imperial de Cristina. Los militantes más entusiastas ya se han visto constreñidos a abandonar algunas fantasías. En vísperas del cierre de listas, vieron a Máximo en un papel parecido a aquel que desempeñaría Juan Carlos de Borbón en el esquema ideado por Franco, pero Cristina los decepcionó al elegir como guardián principal de la fe kirchnerista a su operador presuntamente más confiable, el secretario legal y técnico Carlos Zannini. Aunque los impresionados por la maniobra dicen que el “monje negro” del círculo áulico presidencial es un genio del mal que logrará someter al resto del país a sus designios, quien fuera titular del Comfer, Julio Bárbaro, no vaciló en calificarlo de un enemigo “mediocre y asustado” de la democracia, un “constructor de impunidades” que “odia a los periodistas” y al movimiento peronista.
A Máximo le ha tocado ser candidato a diputado nacional por Santa Cruz; será su primer intento de seducir a los votantes. Según sus admiradores, luego de triunfar con facilidad en las elecciones y, entre otras cosas, conseguir los fueros correspondientes que podrían mantenerlo fuera del alcance de los deseosos de obligarlo a rendir cuentas ante la Justicia por su manejo de la abultada fortuna familiar, pondrá la cámara baja al servicio de mamá. ¿Colaborarán los santacruceños con el plan maestro que se ha improvisado en la Casa Rosada y Olivos? Tal vez, pero también es posible que se las arreglen para depararles a los kirchneristas una sorpresa ingrata. Mal que les pese a quienes preferían que todo siguiera más o menos igual, en política no hay nada escrito.

Mientras tanto, Cristina apuesta a que su “carisma”, este don misterioso que la ha ayudado a superar una larga serie de inconvenientes –una economía raquítica, el pacto con Irán, la muerte del fiscal Alberto Nisman, denuncias de corrupción y así por el estilo–, que hubieran hundido a mandatarios menos privilegiados, resulte ser lo bastante poderoso como para permitirle continuar dominando el país aun cuando no ocupe ningún cargo electivo. Sus incondicionales, personajes como Carlos Kunkel, dicen que, merced a su ascendiente espiritual sobre los compañeros, seguirá liderando el peronismo a pesar de no contar en adelante con los miles de millones de pesos procedentes de la caja gubernamental que en el transcurso de su gestión ha usado para premiar a fieles y castigar a traidores.
Tanto optimismo parece excesivo. Aunque los peronistas siempre han rendido homenaje al verticalismo, su propia versión del “Führerprinzip” que era tan caro a los nazis alemanes y a simpatizantes como Juan Domingo Perón, la disciplina interna nunca ha sido una característica de su movimiento. Por el contrario, cuando el general aún estaba entre nosotros, facciones enemistadas se enfrentaban con balas y bombas. Si bien parecería que desde aquellos días tan emocionantes que Cristina recuerda con nostalgia los peronistas se han hecho herbívoros, abundan los veteranos que están esperando el momento para expulsar de sus filas a los intrusos prepotentes de La Cámpora.
Así las cosas, podría tener algunas consecuencias imprevistas la decisión de Cristina de llenar las listas electorales de personajes afiliados a la mutual construida desde el poder por Máximo y Zannini. Aunque el Parlasur, una asamblea mercosureña sin poder legislativo real que fue creada a fin de suministrar cargos adecuadamente remunerados y poco exigentes a políticos superfluos, le ha permitido a la señora repartir favores entre quienes de otro modo ya hubieran tenido que buscar otra forma de ganarse la vida, hay muchos peronistas que se sienten injustamente postergados. En cuanto puedan, tratarán de desquitarse por los baños de humildad que han sufrido.
¿Cree Cristina en su propio relato? Es de suponer que sí, pero sería realmente asombroso que lo tomaran muy en serio militantes que han completado el ciclo secundario, los filósofos o sociólogos de Carta Abierta y los propagandistas de los medios periodísticos que de un modo u otro dependen del dinero que les facilita el gobierno nacional. Para ellos, y para los demás, las semanas últimas han sido aleccionadoras; luego de habituarse a hablar pestes del despreciable filoyanqui y soldado de Clarín Scioli, los referentes de la rama intelectual del kirchnerismo tuvieron que colmarlo de elogios como si a su juicio fuera un auténtico revolucionario resuelto a “profundizar el modelo” de Cristina.
Con pocas excepciones, los pensadores K sumaron sus voces al coro celebratorio y dieron la espalda a quien hasta días antes había sido su héroe, Florencio Randazzo, denostándolo como un traidor infame a la causa por negarse a postularse para la gobernación bonaerense. Fue una exhibición de impudicia del tipo que era rutinario en la Unión Soviética estalinista, la Alemania nazi y la China de Mao, pero que no ha sido tan frecuente aquí, ya que por lo general los conversos tratan de no llamar la atención a sus propias mutaciones; confían en que, por ser tantos los dispuestos a adaptarse a las circunstancias cambiando de piel, no les sería necesario sobreactuar. Antes bien, les sería suficiente mantener un perfil bajo hasta que la ciudadanía rasa se haya acostumbrado a su nuevo look.
¿Incidirán las contorsiones mentales de los kirchneristas mediáticos en la evolución política del país? Aunque a la mayoría no les interese demasiado lo que pasa por las cabezas de quienes se afirman comprometidos con “el proyecto” que se ha aglutinado en torno a Cristina, extrañaría que una franja minoritaria no se sintiera ofendida por el espectáculo farsesco que acaban de brindarnos. De ser así, los costos políticos de lo que acaba de suceder podrían ser elevados; a pesar de los esfuerzos de aquellos políticos que han sido sucesivamente amigos del Proceso, alfonsinistas, menemistas, aliancistas, duhaldistas y kirchneristas, la hipocresía no es bien vista.

Si bien Scioli mismo puede darse el lujo de transformarse de golpe de un centrista burgués, casi un neoliberal disfrazado, en un kirchnerista rabioso porque ha basado toda su carrera en su capacidad notable para hacer creer que es un hombre innocuo sin atributos personales, suele pedirse algo un tanto distinto a quienes se consideran intelectuales. Para Cristina, que entiende muy bien la importancia de la propaganda –de lo contrario, no hubiera invertido miles de millones de dólares de dinero público para promocionar su relato–, el eventual impacto del giro emprendido por sus soldados mediáticos debería ser motivo de viva preocupación.
También tendrá que serlo para muchos otros. La presencia de tantos individuos que reaccionan ante un guiño de la Líder Máxima jurando creer que lo que ayer era negro es en verdad blanco, hace temer por el futuro de un país que podría estar por entrar en una fase tumultuosa. Para funcionar, los regímenes autoritarios, tanto militares como civiles, necesitan disponer de una multitud de obsecuentes dispuestos a servirlos. Es dolorosamente evidente que, en la Argentina, tales sujetos aún abundan. ¿Hay más que en otras épocas? Con suerte, nunca sabremos la respuesta a dicho interrogante.
Para los convencidos de que Cristina dejará todo bien atado a la espera de que regrese pronto para reanudar el “proyecto” en el caso de que Scioli se desvíe del rumbo que le ha fijado, el pase a retiro del general César Milani “por razones estrictamente personales” es una noticia inquietante. Se preveía que el encargado de politizar el ejército, artífice de un aparato de inteligencia cuidadosamente ensamblado a través de los años, desempeñaría un papel clave en el sistema defensivo que el kirchnerista está tratando de construir para que nadie ponga en riesgo la libertad de quien pronto será una ex presidenta desprovista de fueros. Aun cuando la salida de un general de trayectoria tan sombría como la de Milani mejore un poco la imagen electoral del Frente para la Victoria, la oportunidad elegida para echarlo no puede sino hacer sospechar a muchos que el blindaje kirchnerista ya ha comenzado a agrietarse. Por depender tanto el estado de ánimo del electorado de las impresiones subjetivas, cualquier señal de debilidad, por mínima que fuera, por parte del oficialismo podría tener un impacto muy fuerte. De difundirse la sensación de que el kirchnerismo está batiéndose en retirada, el panorama se le hará cada vez más agreste.