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Opinión / 3 de agosto de 2015

Por qué Macri se estatizó

Las razones ocultas del sorpresivo giro discursivo del líder del PRO, en la cuenta regresiva de las elecciones primarias presidenciales.

Por

macri en campaña
PLAN B. Presionado por los sondeos de opinión, el macrismo dio un golpe de timón para no asustar votantes aún no conquistados.

El giro de Mauricio Macri comenzó la noche del ajustado triunfo del PRO en la Ciudad de Buenos Aires, pero continuará hasta la primera vuelta electoral, a fines de octubre. “Son siete mensajes; algunos serán muy revulsivos para la derecha”, confían cerca de Jaime Durán Barba, el asesor estrella de Macri.
¿Derecha? Es que ni Macri ni, mucho menos, Durán Barba se sienten de ese palo. Se refieren al llamado Círculo Rojo, que, si existe, está formado por un entramado de empresarios, analistas y periodistas de los principales medios de comunicación.
Pero, en esencia, el giro se debe a una cuestión práctica: en la cúpula del PRO están convencidos de que para ganar las elecciones necesitan convencer a sectores populares y medios de que no llegarán al gobierno para perjudicarlos.
Claro que no pueden salir a decirles a los pobres: “No les vamos a quitar el plan”. Un enfoque tan directo no haría más que acentuar la desconfianza original.
Las aproximaciones son siempre elípticas en una campaña electoral, y por eso el primer mensaje de Macri consistió en defender la estatización de Aerolíneas Argentinas, que luego fue completado por los elogios al Fútbol para Todos de su sucesor en el gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.
La expectativa es que quienes reciben un subsidio social piensen: “Bueno, si no van a privatizar Aerolíneas, menos me van a sacar el plan a mí”.
Aseguran los mentores que este giro está siendo preparado desde hace semanas y que se basa en una pila de encuestas cuantitativas y cualitativas.
Siempre según ellos, en uno de esos sondeos les preguntaron a los entrevistados: “Si para que Aerolíneas Argentinas siga siendo estatal, el Estado debiera gastar mucho dinero todos los días, usted ¿seguiría de acuerdo en que sea estatal?”
El 65 por ciento contestó que sí.
¿Sorpresa? Más o menos. Quienes ya han leído mi último libro, “Doce Noches”, saben que ese nuevo consenso social surgió durante la gran crisis de 2001, una bisagra en nuestra historia que explica no sólo el renovado cariño mayoritario por el Estado sino también el surgimiento de una visión determinada sobre los Derechos Humanos en los setenta.
En ese libro postulo que este conjunto de ideas, creencias, valores e intereses formatea el sentido común y decide el voto de un robusto sector del electorado, ubicado no sólo en la base de la pirámide social.
Las hiperinflaciones de 1989 y 1990 nos habían conducido a un consenso mayoritario basado en el mercado, las privatizaciones, la estabilidad de precios, la inversión, la apertura al capital extranjero y la globalización.
Pero, la elevada y persistente desocupación de la segunda mitad de los noventa nos fue empujando hacia el otro extremo: el Estado, las nacionalizaciones, un ingreso mensual garantizado que bien puede provenir de un empleo o un subsidio, el consumo, la producción local y el cierre de la economía.
El estallido de diciembre de 2001 provocó el surgimiento de ese nuevo consenso. Corralito bancario, saqueos, cacerolazos, más de treinta muertos, cinco presidentes en doce días, default, pesificación asimétrica y megadevaluación; etapas de la gran crisis.
En otros países, los consensos sociales son más duraderos. En Alemania siguen preocupados por la hiperinflación que en 1923 consolidó al nazismo como alternativa política de las desprestigiadas instituciones liberales de la política y la economía; el ahorro, la inversión y el crédito perdieron relevancia, y surgió una generación volcada hacia el corto plazo y la aventura que respaldó luego las políticas de Adolf Hitler. Por eso, los alemanes son refractarios a toda medida que genere inflación.
Nosotros, en cambio, vivimos de crisis en crisis. En “Doce Noches” queda claro que las crisis empobrecen a un país y generan demandas sociales de similar calidad. La cultura política se vuelve menos sofisticada, más proclive a embargarse en lógicas binarias y maniqueas, a ver las cosas en blanco y negro, sin matices y sin frenos.
El núcleo de ese nuevo consenso social gira alrededor del Estado, antigua teta de la que tantos siempre han buscado mamar.
Que el presupuesto financie a quienes vuelan por Aerolíneas y al fútbol profesional parece fuera del alcance en un país donde, según la UCA, el 28,7 por ciento de su población es pobre o, para usar un dato oficial, casi uno de cada tres chicos recibe la Asignación Universal por Hijo.
En el macrismo admiten que hay que modificar varias cosas, pero sostienen que, antes de eso, tienen que ganar las elecciones.

*Editor Ejecutivo de la revista Fortuna.