Política / 10 de septiembre de 2015

La contraofensiva opositora

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macri elecciones 2015
MACRIMÓVIL. Avanza en los votos pero la clave está en los barrios. Progresa el diálogo con Massa.

Puede ser una manera de ganar aun perdiendo. O de perder pero dignamente, con la coartada del fraude. En ambos casos, funcionaría el dudoso goce del “campeón moral”. Pero el regodeo opositor no sirve para casos extremos de electoralismo feroz como el que se percibe: el poder real K no se quiere retirar y el poder entrante no sabe qué hacer o por dónde empezar la supuesta “reforma” que acreditaría el cambio. Le cuesta hacerse entender, aunque su primera condición sea como un sueño: no perder gobernabilidad de entrada.
Desde la vuelta de la democracia en 1983, el sistema político se fue degradando: la segunda fuerza partidaria, el radicalismo, se vació de votos y contenidos, sin brújula; al peronismo mayoritario se le impuso una fracción hegemónica que asaltó el aparato del Estado (y exprimió sus recursos); el centro derecha se fue adecentando aunque el PRO está lejos de representar estrictamente un partido político y la izquierda siguió experimentando con algunos logros distritales. Pero a todos se los podría ubicar en una fase todavía adolescente de su desarrollo como pilares de la democracia.
Si el gobernador bonaerense se estanca en la acumulación de votos, por ejemplo, ¿quién saldrá a convencer a la clase media? ¿No llegó al 40% porque se reconvirtió al cristinismo? ¿O porque todavía coquetea con el Grupo Clarín? ¿Llegó por su revestimiento de amianto o debido a que arbitrará, con fe y optimismo, la futura “guerra” peronista? ¿Y a Mauricio Macri no le agarrará el miedo escénico justo cuando tenga que decidir cada uno de los terribles ajustes que le atribuyen? Entre la incertidumbre, la confusión y cierto temor a las consecuencias, navega el humor colectivo a poco menos de 60 días de la primera vuelta.
Juego sucio. Los analistas sentencian a futuro: ballottage, gobierno débil, sin mayorías parlamentarias y bajo riesgo de no terminar el mandato. El juego sucio ya empezó y puede convertirse en el modo en que convivirán el futuro oficialismo con la próxima oposición. Hay mucha gente –candidatos, políticos, periodistas, empresarios y “lobbistas” del poder K y del “círculo rojo”– que están fuera de sí. Dicen y proyectan cualquier cosa, en público y en privado. Enfrascados en la riña de gallos. ¿Y si el resultado electoral fuera al fin –figuradamente– un virtual “empate” político más o menos uno que obligue a coexistir? Tal vez la reacción unificada de la oposición haya sido demasiado tardía. O exageradamente sobreactuada. O se autolimitó al golpe de marketing, en vez de apelar a un contenido político de cambios verdaderos, creíbles. La oposición, casi al galope, trató de convertir a Tucumán –y a su abominable mamarracho clientelista– en un gran “cajón de Herminio Iglesias”, ofrecido esta vez a Daniel Scioli. Macri, desde el Macrimóvil, fue haciendo olas y sembrando, con cierta “viveza”, un manto de sospecha sobre las elecciones que pasaron y todas las que vendrán. Aunque sin aclarar expresamente en qué consistió el fraude y dónde, en Santa Fe o en Tucumán. Quizás, de ese modo, Mauricio Macri no crezca todo lo que necesita y Sergio Massa caiga con todos los honores de haber convocado a otra alianza antiperonista como flamante sinónimo de la vieja y conocida “bolsa de gatos”.
En el Gobierno no quieren festejar por anticipado y tienen razón. El cambio de humor puede estar a la vuelta de la esquina y al alcance de la mano. El ciclo K se fue agotando en sí mismo y sin necesidad de que haya una oposición mucho mejor que el oficialismo.

*EDITOR de Economía de noticias

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