Política / 20 de septiembre de 2015

Tiempo de renuncias

fayt niembro manzur

La palabra clave de la semana política fue “renuncia”. Empezó con el veteranísimo juez de la Corte Suprema de la Nación, Carlos Fayt, que le dio irónicamente el gusto al kirchnerismo dando un paso al costado, pero conservando el cargo hasta el último día del mandato de Cristina Kirchner. Siguió con el bochorno autoinfligido del PRO, que demoró más de lo prudente –en la cuenta regresiva electoral– en sacarse la mochila de plomo del escándalo Niembro. Y terminó con la definitiva judicialización del conflicto poselectoral tucumano, en medio de un clamor creciente para que el candidato a gobernador precariamente electo Juan Manzur renuncie a su accidentado triunfo y acepte barajar y dar de nuevo, con las urnas prolijamente selladas.
Todo patético. Del latín “patheticus”, que impresiona, dictamina la Real Academia Española, y define: “Que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”. El adjetivo, entonces, aplica a esta semana, donde reina una sensación de pérdida colectiva, de desencanto cívico en medio de tanto resentimiento e impunidad “militante”. Se ha perdido –en rigor, se ha dilapidado– el prestigio trabajosamente recuperado de la Corte Suprema tras la década menemista de “mayoría automática”. También se ha perdido la ilusión de que la oposición –y sus medios amigos– nos daría, al menos, un respiro temporario de las avivadas típicas de la cultura K. Y lo peor: la sociedad está perdiendo la saludable ilusión de que la voz de las urnas es sagrada e inapelable.
Nos queda un par de semanas para tocar fondo y salir –con coraje y humildad republicana– hacia arriba, bien alto, lejos del lodo institucional en el que chapoteamos sin darnos cuenta, cada vez más acostumbrados.