Opinión / 2 de septiembre de 2016

Justicia por mano propia

Matar en legítima defensa es homicidio, aunque culposo. Usar un arma suplanta deberes del Estado. Medios, demagogia y ciudadanía. Por Edi Zunino.

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Villar Cataldo contó su versión de los hechos en una entrevista con Fantino.

Los medios construyen audiencias, no necesariamente ciudadanía. La demagogia embrutece. Iguala para abajo. Razonar ilumina. Eleva. Genera ideas. Que no sobran. La lógica del “uno menos” en el caso del médico que mató al ladrón genera una cadena de falacias.

Falacia 1: “¿Vos de qué lado estás; quién es la verdadera víctima?”. Veinte mil rosarinos desesperados por la inseguridad ya habían demostrado, el jueves 25 de agosto, de qué lado está la inmensa mayoría. Marcharon autoconvocados por redes sociales. Víctimas del desamparo. Y sin armas.
Falacia 2: “El médico y el ladrón nacieron en hogares pobres; pero uno eligió la buena senda y el otro, no”. La humildad original del cirujano era muy distinta a la marginalidad estructural del asaltante. El del médico era “otro país”: el del ascenso social como posibilidad concreta, con acceso generalizado a una escuela pública de calidad y hasta chances de llegar a la Universidad. En “aquel país” nadie hubiese ido a robar a cinco cuadras de su casa, como sucedió en el caso que nos ocupa. Existía el sentido de pertenencia. El paco no existía.

Comprar un arma implica la decisión de usarla, por lo menos como hipótesis. Es decir, la convicción de que el Estado dejó de estar donde debía. Usar un arma, incluso en legítima defensa, implica un acto de justicia por mano propia.
Es, ahora, una justicia desprestigiada la que trata de determinar cómo fueron los hechos. Si el sistema hubiera hecho lo correcto antes, el delincuente no habría sido liberado para reincidir y nadie se hubiese visto en el aprieto de matarlo.
En tanto, miles y miles de personas que desconocen los hechos concretos son forzadas a tomar partido de un modo perogrullezco y simplista en tribunales mediáticos que entretienen el morbo sin resolver nada. Se trata de un show macabro.
Opinar sin saber se llama prejuicio. Sancionar desde el prejuicio nada tiene que ver con la justicia.
Estamos ante un drama de aristas múltiples y resolución compleja. Tiendo a creer que Rosario marca el camino, hasta exigir una verdadera emergencia nacional en materia de inseguridad que comprometa a todos los sectores. Si la inclusión social no hubiese sido un verso para encubrir el financiamiento de un proyecto de poder, al cabo de una década y pico tal vez la cantidad de jóvenes “ni ni” (sin trabajo ni estudio) sería menos abrumadora.

Hasta hace unos días, el médico se sentía inseguro por haber sufrido seis asaltos previos. Vivía una potencialidad tan rutinaria como inquietante. Hoy su drama es triple. Familiares del muerto lo amenazan. Perdió capacidad anímica de contener a su familia. Y lo peor de todo, sin remedio: mató.
Los parientes del asaltante ultimado no parecen dispuestos a poner en cuestión su lugar de víctimas. La carencia de recursos de toda clase los pone al límite de una nueva sinrazón vestida de venganza.
Casos como éste ponen en evidencia la única grieta que divide al país, de veras. Hablamos de marginalidad, violencia, miedo y odio cotidianos. De casi nada en su lugar. De una impotencia generalizada que solo halla espacios catárticos en polémicas vacías de soluciones.

*Jefe de redacción de NOTICIAS

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