Política / 27 de abril de 2017

El hijo de Aliverti que conocí

El periodista de NOTICIAS que lo entrevistó, y que trabajó dos años junto a Pablo García, cuenta sus sensaciones. El fantasma del choque y el exilio social. Antes y después.

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Foto: Juan Ferrari.

Voy a hablar de Pablo. Ni de García, ni del hijo de Aliverti. Tampoco del locutor que un día del 2013 tuvo un desgraciado accidente que provocó la lamentable muerte de un padre, ni del hombre que probablemente termine en prisión dentro de no mucho tiempo. Menos aún voy a hablar de quién tuvo o no la culpa del choque. Sólo del Pablo que conocí.
Fue hace más de tres años, cuando comencé a trabajar en una radio en la que él tenía un cargo jerárquico. En ese entonces habían pasado casi doce meses desde el accidente. La figura de Pablo dentro de la emisora era como la de una sombra: no porque no estuviera presente, sino porque cuando lo hacía nunca terminaba de conectarse con el mundo que lo rodeaba. En el comienzo del 2014, me encontré con un treintañero taciturno, solitario y distante, que cada tanto tenía un chispazo de lo que era la vida antes del choque y se permitía una risa o dos.
El exilo social del que no podía escapar estaba reforzado por el estupor generalizado y la inevitable sospecha -ambas sensaciones lógicas- de la mayoría de los trabajadores. Hay que entenderlo: compartir las mañanas con alguien que había llevado 17 kilómetros a un muerto encima hace no mucho tiempo creaba una forzosa distancia. ¿Quién le comentaría a esa persona, que quizás fuera un homicida, los problemas de la vida cotidiana? ¿Cómo se habla en profundidad con alguien así? Sin que nadie lo busque o lo quiera, se abría una grieta personal entre Pablo y el planeta, o al menos así me parecía a mí. No sé que le pasaba a él con sus otras relaciones, pero estimo que debía ser algo similar.
Entre los dos se dio una simbiosis extraña: Pablo estaba como en un limbo, mientras que yo no terminaba de hacer buenas migas con el resto. El espanto, a su manera, nos unió, y entre mates y coberturas entablamos algo parecido a una relación amistosa. Ojo, no eramos ámigos y, hasta hace dos días, jamás lo había visto por fuera del lugar de trabajo, pero creo que era uno de los pocos con los que él podía hablar sin el fantasma del accidente tan presente. En los dos años que compartímos, fui testigo del regreso a su gran pasíon, el micrófono, algo que no hacía desde el accidente y que lo perseguía, y también cuando tuvo que enfrentar algunos duros momentos de su vida personal.
Hace unos días, para la nota que le hizo NOTICIAS y que sale en esta edición, lo volví a ver, luego de más de un año. En esta ocasión, en la que fui como periodista y él como entrevistado, rompí por primera vez una regla no escrita que se impone ante la presencia de Pablo: le pregunté en profundidad por el choque y si él estaba o no alcoholizado en ese momento, algo que se me pasó a mí, a nuestros compañeros y al resto de la sociedad, más de una vez por la cabeza. Me miró por un rato bien largo a los ojos y me dijo que no, que sólo había tomado dos cervezas. Que espera la absolución. Repitió lo que había expresado en el juicio, algo que va en contra de lo que dictaminó el fallo, que le dió un gramo cuarenta de alcohol en sangre. La historia del encuentro se repitió, pero como tragedia: hace poco lo condenaron a cuatro años de prisión, y esta vez me crucé con un hombre el doble de apesadumbrado, que cuando habla hace largos silencios y al que se le pierde con frecuencia la mirada. “Hecho mierda”. No sé si es o no inocente, no sé si estuvo o no borracho, no sé quién tiene la culpa -eso lo dirá la Justicia-, pero algo tengo bien claro: el mundo formalizó su divorcio de Pablo García.

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