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Libros / 8 de julio de 2017

“La luz mala dentro de mí”: Padres y animales

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★★★★ Una vez leídos, no sólo por la semejanza de los apellidos, el lector relaciona a Quirós con Quiroga. Algunos de los relatos tienen que ver con la superficie salvaje del Chaco, de donde es oriundo, y la vida salvaje y dura también lo recuerda.

El menú es muy variado. También los tonos. El primer relato, que da título al libro, hace preguntarse por otro “duro”: Jim Thompson (que escribió “El asesino dentro de mí”). Sorprende la economía y eficacia de los recursos para sugerir, y después concretar, la presencia escurridiza de “la luz mala”. El cuento inmediato es memorable: porque “Cazador de tapires” narra un vínculo paterno-filial incómodo, que bordea la violencia o la muerte por puro descuido sistemático de quien tendría que cuidar, pero que destrata al hijo que lo visita en el monte hasta extremos casi psicóticos.

A veces la tensión y el camino cambiante provienen de un cruce. En “La vida en el aire” se trata de un programa radial que quiere obtener un récord en el Libro Guinness, y un nuevo padre descalabrado que trata de reconquistar a una joven. Más abierto aún es “Saber pegar”, que persigue tres formas de dar trompadas y bofetadas. Entre los puntos altos se cuenta el extenso “Lobisón de mi alma”, que sigue a personajes de la mitología popular del monte cuando tratan de sobrevivir en la ciudad. La violencia, siempre presente en forma de posibilidad ominosa, una y otra vez estalla, sin motivos casi, como en “Una paliza literaria”.

Los nueve relatos tienen un modo de tratar las palabras y la sintaxis que crean un mundo propio, antes presente en cinco novelas, todas premiadas. En este caso predomina la primera persona, a la que el lector suele relacionar con la del autor. Pero se trata de un yo que cambia con la facilidad de un “transformer”, para mejor adaptarse a cada entorno, a cada grupo de personajes. Los padres se repiten, entre perdedores natos y esforzados trabajadores del intento fallido.

“Los cuentos de Mariano Quirós”, dice Félix Bruzzone en la contratapa, “tienen la capacidad de regular los motores que se escuchan con ruido bajo y parejo en sus relatos, como una máquina demoledora que nunca se muestra”. Un modo “de equilibrar, con precisión quirúrgica, las cuentas pendientes entre el realismo, el psicologismo y el género fantástico”. Obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2014.