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Opinión, Política / 9 de septiembre de 2017

La violencia que conviene

Estimular el clima de guerra implica una falacia que sólo se entiende por la urgencia de amarrarse al poder tapando problemas reales tras la invención de hordas.

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La violencia siempre ha sido y será lacerante, peligrosa y triste. Rompe y mata (también “desaparece”, ya sabemos).

Funciona en términos físicos: puede adquirir una dinámica propia que, si no se la detiene a tiempo, rueda, se agranda y arrasa cual bola de nieve.

El más mínimo destrozo, la más pequeña herida es una pena. Y un inmenso motivo para más. Para peor.

Si la política no se impone -por acción, omisión o falta de muñeca-, una confrontación violenta es apenas el entrenamiento para el próximo choque de planetas.

La inmensa mayoría de las personas rechaza la violencia. Sin embargo, todos estamos a un tris de ser violentos. La tenemos adentro. Sólo se trata de reconocer los límites.

La injusticia no justifica la violencia, si bien la explica en ciertos casos.

Es el fanatismo quien justifica la violencia sin explicarnos nada.
Pero hubo un tiempo en que la violencia era un modo corriente de hacer política, “legitimado” por la violencia del otro. ¡Qué huevo ni qué gallina! Menú fijo: tortilla o a la olla.

Patricia Bullrich, (a) Carolina Serrano, nació, creció y halló su punto de hervor político en aquellos caldos setentistas. En Montoneros. Bajo el ala blindada de Rodolfo Galimberti.

Como bien cuentan Claá y González en la nota de tapa de NOTICIAS de esta semana, Bullrich zafó de ser una desaparecida más de la dictadura por llegar tarde a una cita clandestina y copó de prepo, en democracia, un buque inglés anclado en Montevideo (que es la capital de un país extranjero, encima).

Está muy bien que la ministra de Seguridad haya abdicado de la violencia, por más que no lo hiciera en una autocrítica pública. Lo llamativo es que, siendo tal vez la integrante del Gobierno que más conoce desde adentro la lógica, la dinámica y la historicidad de la violencia, atice con inigualable deshonestidad intelectual el tan conveniente fantasma del “enemigo interno” (ella “fue eso” como parte de una organización militarizada en serio) para poner en segundo plano la desaparición forzada de una persona (ella “casi fue eso”), eventualmente a manos de una fuerza que ahora, tras las vueltas de la vida y del poder, está bajo su mando.

Aunque parece que sí, también es probable que la ausencia de Santiago Maldonado nada tenga que ver con el accionar de la Gendarmería. Incluso ante la duda debió encararse la hipótesis represiva como la principal y más urgente desde el vamos, dadas sus inevitables derivaciones políticas e institucionales.

Estimular el clima de guerra que tanto indigna a ciertos periodistas que fueron oficialistas de casi todos, implica una falacia que sólo se entiende por la urgencia (y acaso la debilidad) de amarrarse al poder y ganar elecciones tapando problemas reales tras la invención de hordas donde hay grupetes de fanáticos con palo, bandera y vincha.
En nada se parece el país de hoy al de los 70. Así que ni dictadura de Macri ni guerrilla de CFK. Era otro mundo aquel, no sólo otra Argentina.

Que sea justo Bullrich quien confunde la raíz, la extensión y el sentido de las violencias de ambos tiempos es un insulto a la inteligencia. Analizar el pasado desde los intereses del presente significa igualarse a lo que se critica.

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