Opinión, Política / 22 de octubre de 2017

Morbo-grieta: Nisman y Maldonado, “candidatos” macabros

Por

José Luis Cabezas marcó a fuego las páginas finales de los 90.
Darío Santillán y Maximiliano Kosteki fueron el colmo violento del 2001.

Mariano Ferreyra prologó el dramático viraje de la Era K entre la gloria y el luto, y Alberto Nisman anticipó su cierre.

Santiago Maldonado define, por enfermizo contraste con el fiscal, el clima enrarecido de una elección de medio término.

La muerte compone nuestra descompuesta idiosincrasia.

El apellido político más evocado en los discursos de esta campaña electoral pertenece a un cadáver embalsamado al que, treinta años atrás, le amputaron las manos -símbolo de su insuperado liderazgo- y nadie supo jamás adónde fueron a parar.

Tan anormal es la Argentina que nos parece normal -y hasta civilizado- haberle puesto fin antes de tiempo a la compulsa proselitista porque Maldonado apareció de la peor manera. Digámoslo de una: nadie quiso exponerse a un silencio sospechoso y, menos, a una macana piantavotos.

En las encuestas cae mal el “uso electortalista” de la muerte.
En las redes sociales -donde circula mucha gente que responde encuestas horrorizada frente a lo incorrecto- el anonimato da rienda suelta a toda clase de salvajismos.

Las vísperas del estremecedor hallazgo habían resultado patéticas.
La principal candidata del oficialismo, con su habitual capacidad adivinatoria, le había otorgado una certeza del 20% a que el entonces desaparecido estaba en Chile.

La principal candidata de la oposición, con su habitual sarcasmo, trató de “curda” a la ministra más complicada por el caso.
Maldonado, santo de los jóvenes luchadores y marginalizados.
Demonio lúmpen, despreciable, incómodo para los gobernantes de hoy y sus acólitos.

Nisman, santo de las instituciones y la gente bien.
Demonio advenedizo, traidor, incómodo para los gobernantes de ayer y sus fanáticos.

La tan meneada -y rentable- grieta nos ha embrutecido al extremo de la superchería.

El guión de la novela del poder se redacta en un destacamento, se edita en un juzgado y se imprime en la morgue.

Los hechos sólo importan cuando resultan convenientes, apropiados o inócuos. De lo contrario, todo vale para reducirlos a incidiosas conspiraciones enemigas.

La investigación embarrada del Caso Nisman acaba de ingresar en su face cinematográfica, protagonizada por dos victimarios gaseosos y/o voladores.

La investigación embarrada del Caso Maldonado tiene una sola ventaja: el antecedente Nisman.

Paradoja 1: Gendarmería tiene protagonismo en ambos casos. En uno -Maldonado- hubo mentiras evidentes. En el otro -Nisman- la “súper-pericia” no cierra.

Paradoja 2: el mismo cuerpo forense que autopsió los restos de Nisman, al cierre de esta edición de NOTICIAS iniciaban igual tarea en el presunto cuerpo de Maldonado.

La morbo-grieta ya tiene su flamante versión uniformada. Policías federales y gendarmes han quedado enfrentados por la dinámica de las circunstancias.

La última pericia del Caso Nisman y sus conclusiones dejó mal parados a los federales. La custodia del fiscal estaba en sus manos -no vieron entrar a nadie-, lo mismo que varias de las primeras instrucciones periciales ahora desmentidas.

Por su parte, los gendarmes sospechan que sus colegas policías empezaron a jugarles en contra ni bien se oficializaron las señalamientos sobre el origen represivo de la desaparición del tatuador promapuche.

Tras haber sido protegidos casi sin fisuras, ahora en la conducción de Gendarmería desconfían, además, del Gobierno. Tienen claro que el macrismo se mueve por encuestas permanentes y que los acontecimientos del Río Chubut volvieron a ponerlos en el ojo de la tormenta por el eventual “plantado” de un cuerpo sin vida con contextura, ropajes y DNI de Santiago Maldonado.

El rol de Gendarmería en el operativo electoral del domingo quedaría desdibujado para evitar al máximo las previsibleds suspicacias opositoras por eventuales avivadas y maniobras polémicas.

Pero el deterioro de la Argentina va mucho más allá, claro, de un problema logístico de traslado de urnas y telegramas. El 12 de agosto, previo a las PASO, esta revista llevó en tapa un ensayo titulado “La Patria embrutecida”. Se decía allí:
“Está bueno haber salido del ‘que se vayan todos’ recreando un sistema de representación política que había volado por el aire del desprestigio. Una mezcla de casualidades y talentos hizo que kirchnerismo y macrismo se fueran ubicando (y eligiendo mutuamente) como polos contrapuestos de dicho esquema. Hasta las terceras opciones nacieron de tan beneficioso desencuentro. Los fanatismos acríticos resultantes fueron obra de ellos, pero la sociedad se dejó llevar (embrutecer). No serán gemelos, pero son mellizos. Sin embargo, nada nuevo bajo el sol: venimos reproduciendo el enfrentamiento desde el Siglo XIX, refundando sobre lo refundido y vuelta a empezar”.

El embanderamiento místico detrás de los muertos sin saber siquiera cómo fue que murieron (peor aún: ni querer saberlo) habla de cierto retroceso al primitivismo tribal. Es el summum del fanatismo acrítico que nos representa. Y así vamos a votar, entretenidos en la convicción (digamos) de que el lunes no empiezan las grandes soluciones, sino una nueva campaña, la verdadera, la que vale y nos pone de la nuca: la presidencial del 2019.

Según una encuesta de la Universidad de Belgrano, el 65% cree que un buen resultado para el oficialismo a nivel nacional habilitaría al Presidente para postularse a la reelección.

Tenemos la costumbre de considerar nuevo lo atávico. Llamamos “cambio” a más de lo mismo y “proyecto estratégico” al dispositivo para ganar la próxima batalla.

En la página 116 del presente número, señala el filósofo argentino Tomás Abraham:
“Las sociedades no cambian en dos años. Quizás sí cambien a lo largo de dos siglos. Aquí ha cambiado un gobierno, no la sociedad ni el país. El asunto es pensar, no creer. Vendedores de ilusiones sobran. Ahora se habla de la Era de la Posverdad. No se basa en el hecho de creer. La posverdad es una aferrada voluntad de mentir, porque todo está destinado al poder y el poder obnubila. De todos modos, debemos aceptar que las ideas ya no son lo que eran antes”.

Hoy por hoy, todo encaja en la monoidea de optimizar la rivalidad. En ese punto, las tácticas de Jaime Durán Barba hoy no distan demasiado a las elaboraciones de Ernesto Laclau ayer. Identificar al enemigo. Polarizar con él. Dividir para reinar.

El resto lo “hace” la sociedad y su imaginario, al extremo de esta mescolanza y confrontación virtual de cadáveres.

A Nisman lo mataron con saña y a Maldonado lo ocultaron los mapuches, que son guerrilleros. Todos los males vienen de los malditos populistas chorros.

A Maldonado lo asesinó la Gendarmería y Nisman se suicidó, pasado de fiestero. Todos los males vienen de los fucking liberales explotadores.

Dar por hecho lo que nadie ha comprobado equivale a no creer en nada. El fanatismo es el modo más virulento de someterse mansamente a las mentiras del que miente mejor. O sea, como se miente uno mismo.