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Mundo, Opinión / 6 de enero de 2018

El tiempo de las traiciones

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Un tiempo de traiciones. Eso parece este tramo de la historia latinoamericana. Algunas son aborrecibles. Otras generan expectativas positivas. Y también están las que desconciertan.
Es el caso de Perú. Quizá el propio Pedro Pablo Kuczynski se percató de que traicionar su compromiso electoral indultando a Fujimori, a cambio de conservar la presidencia, fue un acto estúpido además de indigno.

Para su propio capital político y para Perú, habría sido mejor que los fujimoristas lo destituyan en el turbio juicio político que le impusieron. Las voces más respetadas del país defendieron su versión sobre los hechos que lo vincularon con el caso Odebrecht. Estaba claro que los legisladores del fujimorismo le bajarían el pulgar en el impeachment. Y como habrían renunciado los dos vicepresidentes, al poder lo hubiera asumido el fujimorista Luis Galarreta.

Cuando Valentín Paniagua debió asumir la presidencia que había dejado vacante Alberto Fujimori en el 2000, al enviar desde Tokio su renuncia, ese honesto legislador opositor convocó de inmediato a elecciones anticipadas.

En cambio el fujimorismo se valdría de artimañas institucionales para estirar el interinato un año. Pero tanto la truculencia de la jugada para usurpar el poder como las internas de la familia Fujimori, habrían causado al partido Fuerza Popular un costo político enorme. Por el contrario, a Kuzcynski la destitución lo habría mostrado como víctima de una extorción mafiosa que rechazó con dignidad.

Lamentablemente, ese liberal tan lúcido en su materia, la economía, no tuvo la lucidez política para resolver la encrucijada. Kuczynski salvó su presidencia suicidando su imagen pública, al indultar al déspota condenado por horrendos crímenes como la masacre de La Cantuta y otros asesinatos políticos cometidos por el Grupo Colina, que respondía al siniestro Vladimiro Montesinos, la mano derecha del entonces presidente.

Indultado. Fujimori venció a Sendero Luminoso y exhibió enjaulado a su líder, Abimael Guzmán. Derrotó también a los guerrilleros del MRTA que ocuparon la residencia del embajador japonés, y posó junto al cadáver del comandante Cerpa Cartolini.

Hizo torturar a su esposa cuando denunció corrupción, y clausuró el Congreso, además de chantajear a opositores y empresarios. Pero la razón por la que estaba encarcelado eran violaciones a los Derechos Humanos. Por eso fue tan grave el indulto.

Sus hijos Keiko y Kanji, así como su ex esposa Susana Higuchi, no tardarían en dividir el partido con sus pujas personales. Si Kuczynski no hubiera canjeado su permanencia en el cargo por el indulto, el futuro de la política peruana tendría más claridades que tinieblas.

Tampoco resulta claro el futuro del enfrentamiento entre el presidente de Ecuador y su mentor. Rafael Correa se declaró traicionado por quien fue su vicepresidente y a quien eligió para sucederlo: Lenin Moreno.

Ni bien asumió la presidencia, Moreno empezó a desmontar el dispositivo que dejó Correa para controlar el poder desde sus cuarteles de invierno. Además, mostró los flancos débiles de la política económica heredada y permitió (o facilitó) que el vicepresidente Jorge Glas (un correísta leal) fuese juzgado y encarcelado por el caso Odebrecht.

Lenin Moreno tiene por asesor a Durán Barba y, como meta, terminar con la confrontación permanente que practicaba el presidente anterior.

Rafael Correa no hizo populismo de corte chavista en lo económico, pero en lo político creó un liderazgo hegemónico y autoritario. Y al cimiento de ese poder se lo construye sobre la “grieta” que divide la sociedad y con el verticalismo que estigmatiza y excluye del escenario político a todo tipo de oposición.

La pulseada entre Correa y Moreno definirá el futuro de Ecuador: si se alinea con la vereda anti-populista que se está ensanchando en Latinoamérica, o si vuelve al modelo de liderazgo hegemónico y sectario.

Ejemplos sobran. También la política brasileña tendría un futuro más claro si Michel Temer no hubiera consumado con éxito su traición a Dilma Rousseff.

En una postal grotesca, una banda de patanes con bancas parlamentarias y salpicaduras del “petrolao”, destituyó a la presidenta para empoderar al turbio vicepresidente, también salpicado de corrupción, que les prometía frenar el Lava Jato.

De momento lo logró, pero a un precio altísimo para Brasil. Si los legisladores no hubieran destituido a Dilma, ella también habría intentado reducir el gasto público y el déficit fiscal. Por cierto, no hubiera hecho lo mismo que hizo Temer en su sobreactuación para ganar el apoyo de los empresarios, pero ni Lula ni su sucesora hicieron populismo al modo chavista, ni siquiera kirchnerista.

Dilma es una pragmática, a la que los políticos más corruptos sacaron del poder para imponer un presidente que frene la ofensiva de los jueces.

Hubo otras traiciones. El presidente de Honduras Juan Orlando Hernández traicionó la posición de su partido al cometer la misma violación constitucional por la que se dio el golpe de Estado contra Manuel Zelaya. Y tras lograr que jueces serviles habilitaran su anti-constitucional reelección, Hernández perpetró un fraude para continuar en el poder.

Algo parecido intentó Horacio Cartés en Paraguay, contando con la complicidad de Fernando Lugo. Pero ese pacto oscuro con que ambos traicionaban a sus bases, fracasó por un estallido de indignación social que terminó con el Parlamento incendiado.

También habría que hablar de traición para explicar lo que ocurre en Venezuela. Que la oposición reincida tanto en el error y las divisiones, revela que hay traidores en la dirigencia. Un régimen tan corrupto, inepto y represivo, autor de una tragedia que se refleja en hambre, muerte y diáspora, seguramente tiene entre sus fórmulas de supervivencia el soborno a líderes opositores, para que se equivoquen y fracasen permanentemente.

El régimen chavista podrá sostenerse a fuerza de represión y emigración en masa. Lo que no podrá es retomar el liderazgo que tuvo antes de fundir a Venezuela. Un tiempo en el que la vereda populista en la región era más ancha y tenía más vitalidad.