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Mundo, Opinión / 20 de enero de 2018

El perfil mesiánico del papa Francisco

El mundo se pregunta cuál es la marca del Sumo Pontífice, mientras Argentina se debate por qué no viene ni explica su renuencia.

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“Que se quieran un poco más”, respondió Pepe Mujica al periodista que le había preguntado qué mensaje le daba a los argentinos, en aquel momento en que se abría “la grieta”. Lo que pudo responder el ex presidente uruguayo, no lo pudo responder el Papa argentino a la periodista chilena que le pidió un mensaje a sus compatriotas cuando sobrevolaba la Argentina, rumbo a Chile.

Mientras el país se pregunta por qué Bergoglio elude venir y también elude explicar su renuencia, en el resto del mundo la pregunta es cuál será la marca que Francisco dejará en la iglesia. ¿Será un auténtico transformador? ¿será un restaurador y protector del dogma y la estructura? ¿o será un líder mesiánico, como tantos religiosos y políticos exudados por la cultura latinoamericana?
Los viajes y los mensajes se suceden y aún no surgen elementos que permitan señalar con certeza cuál es el rasgo de Francisco.

Reforma

El auténtico transformador fue Juan XXIII. Pero la mayor transformación no fue su noble “opción por los pobres”, entre cuyas derivaciones estuvo a la Teología de la Liberación. Después del aristocrático Pio XII y su opacidad frente a los capítulos más trágicos del siglo XX en Europa, resultaba insostenible la iglesia que ponía el 99 por ciento de su energía en el alto clero y en los colegios para las clases acomodadas, dedicando la energía sobrante a las monjas misioneras y a los párrocos rurales y de los barrios más humildes.

La transformación que impulsó Angelo Giuseppe Roncalli emanó de su rasgo personal: la humildad. Fue el primero en actuar como un “humilde obispo de Roma” y no como ese monarca “infalible” que personificaron tantos pontífices desde el Edicto de Constantino, a partir del cual aquella horizontal “iglesia de las comunidades” que sobrevivía a la persecución del Estado, se empezó a verticalizar y a situarse por encima del Estado.

La gran obra de Juan XXIII fue el Concilio Vaticano II, porque se trató de la primer asamblea conciliar verdaderamente abierta a todos los estratos de la iglesia, a todos los rincones del mundo y a todas las vertientes teológicas. La revolución de “Juan el Bueno” no fueron los curas tercermundistas, sino la posibilidad de que el debate teológico sobre el mensaje evangélico comenzara en las bases y tuviera la potencialidad de modificar el dogmay la liturgia.

Herencia

El cardenal Ratzinger fue el brazo restaurador de Juan Pablo II. El papa polaco volvió a verticalizar la iglesia que Roncalli había horizontalizado, dejando atrás la etapa conciliar para volver a una iglesia consistorial. O sea, una estructura en la que la política y el dogma están exclusivamente en manos del pontífice y los príncipes del purpurado que integran el Colegio Cardenalicio.

Pero lo perceptible a simple vista de Karol Wojtila no fue su obra restauradora, sino su descomunal carisma y su decidida embestida contra el totalitarismo comunista. Juan Pablo II, el “Papa peregrino” que aglutinaba multitudes en todas partes del mundo, no revirtió la pérdida de fieles que fue achicando la feligresía católica.

Paradójicamente, las masas siguieron con fervor a ese líder mesiánico, mientras se alejaban de la iglesia que él presidía y a la que creía proteger sustrayéndola del debate político y teológico que Roncalli había llevado hasta las bases, y que Pablo VI había intentado mantener horizontal y abierto, como en la antigua iglesia de los “papas mártires” que se cerró a partir del emperador Constantino.

La lección que dejó la era Wojtila es que un Papa puede ser políticamente influyente e inmensamente popular a escala global, haciendo el monumental esfuerzo que había hecho el apóstol Pablo con sus viajes pastorales, sin que esa influencia y popularidad reviertan la tendencia declinante del catolicismo.

La de Benedicto XVI es una etapa aún a desentrañar. Ocurre que hubo tres Joseph Ratzinger: el joven teólogo de Ratisbona que integró la camada luminosa en la que brillaron su compatriota Michael Schmaus, el austriaco Carl Rahner, el francés Henri de Lubac y el suizo Hans Küng entre otros grandes intelectuales eclesiásticos que asesoraron al Concilio Vaticano II.

El segundo Ratzinger fue el severo jefe del ex Santo Oficio que, a la sombra de WojtilaI, castigó con la imposición del silencio a los teólogos de la liberación por pretender debatir el dogma y la infalibilidad de los Papas. Y el tercer Ratzinger es el Papa que comenzó a embestir contra la pedofilia y, por enfrentar el poder de la curia romana y los negocios de poderosas organizaciones para-eclesiásticas, terminó derrotado pero lanzando contra sus vencedores la renuncia.

Agenda

Francisco no inició, sino que continuó la batalla en la que Benedicto XVI inmoló su pontificado. Es una batalla de gran importancia, pero no lleva a una transformación trascendente. La más trascendente de las transformaciones sería reabrir el debate desde las bases de la iglesia, con posibilidad de discutir el dogma y el sentido del mensaje evangélico.

En la jerarquía de las transformaciones, le seguiría la aceptación del Estado secular y el final de esa superposición de la iglesia para que las leyes y las políticas respondan a sus principios e intereses. Ergo, dejar que sea la sociedad laica, a través del Estado secular, la que decida sobre cuestiones como anticoncepción, interrupción del embarazo, matrimonio igualitario, educación y otras temas de la vida social en la que ha ejercido siempre una poderosa intromisión.

También sería un cambio transformador y necesario abrir un debate sobre el celibato sacerdotal, así como aceptar que las depravaciones sexuales con menores no son un problema accidental ni incidental, sino estructural de una iglesia que impone a sus miembros una vida sexual anormal, mientras maneja instituciones con niños.