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Sociedad / 1 de febrero de 2018

Guerra de estilos en un Pinamar VIP: hoteles vs. aparts

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Para cualquier inocente turista que se detenga en sus fachadas a compararlos, ambos parecen similares: tanto los históricos hoteles como los modernos “departamentos con servicios” dan la sensación de ofrecer, a grandes rasgos, las mismas comodidades e idénticos servicios. Sin embargo, una guerra sorda se desarrolla por lo bajo en Pinamar, y enfrenta a los dueños de los distintos alojamientos. La batalla silenciosa tiene, al menos, una década, pero en los últimos años creció a proporciones llamativas. El 2018 encontró a Cariló, por ejemplo, con sólo tres hoteles tradicionales en pie, mientras que el resto de la oferta de las camas para los visitantes corresponde a los departamentos con servicios. A la par de la lucha cotidiana en la costa bonaerense de todos los que viven del veraneo, golpeado por los años de vacas flacas y por el auge de los viajes al exterior, los que se encargan de ofrecer hospedaje a los turistas se tiran codazos para sobrevivir. La pregunta es la misma: ¿hay lugar para todos en este mercado venido a menos?

El problema de fondo es, como siempre, el dinero… o la falta de él. La tarifa diaria de un hotel de categoría promedia los $2.500, mientras que los aparts con servicios cuestan el doble. Los departamentos con servicios, edificios modernos que se alquilan o compran como cualquier vivienda del mercado inmobiliario, pero que tienen “espacios comunes” típicos de hotel, como pileta, gimnasio, y servicios de limpieza, fueron ganando fuerza entre los turistas. “Hoy los inquilinos buscan mucho el departamento con servicios. Tiene una personalidad distinta. El hotel lo toman como algo frío y al departamento como algo mucho más cálido. Sólo basta fijarse el éxito que tiene Airbnb en el mundo. Los hoteleros quieren que nos equiparemos a ellos, pero no es así. Entiendo que le hemos sacado mucha ocupación”, dice Joaquín Bustillo, dueño de Celtis, una de las empresas que ofrece departamentos con servicios más grandes de la costa atlántica, y que trabaja, como todos sus pares, como una inmobiliaria más. José Pablo de León, presidente de la Asociación Empresaria de Hoteleros-Gastronómicos de Pinamar, le responde: “El problema es que genera una distorsión en el mercado, y el problema más grave aún es la ausencia del Estado: ellos no tienen una habilitación, no tributan como corresponde, no pagan cargas sociales, no tienen a todos sus empleados en blanco. Esto puede matar la industria, y hay que poner condiciones ecuánimes para todos rápidamente”.

Home sweet home

Los hoteleros tradicionales se quejan por la presión impositiva que sufren por parte del Estado: para abrir sus puertas necesitan la habilitación de la intendencia –proporcional a los metros cuadrados del alojamiento, que suele ser alrededor de 200.000 pesos–, y, ya metidos en el negocio, deben abonar las cuotas que imponen los sindicatos de Sadaic, Argentores, Sagai, Avadi Capif y DAC –que también depende del metraje del lugar, y oscila entre los 35.000 anuales y 200.000 pesos, según el lugar–, más el impuesto del municipio de Pinamar de “Seguridad e Higiene” que cuesta el 0.5% del ingreso anual. Además, tienen que tener a todos sus empleados en blanco, pagar sus cargas sociales, y cumplir con todas las normas del reglamento: en las inspecciones, que dicen que son regulares, pueden sufrir severas multas, o incluso cerrar, si no se está a la altura de los códigos de limpieza y seguridad que exige el Estado. Los hoteleros calculan que mientras que un dueño de departamentos con servicios se embolsa tres dólares, ellos sólo pueden retener uno, ya que los otros dos se pierden por la presión impositiva. Además, según ellos el 80% del personal de los departamentos con servicios está en negro, y, dicen que no todos cumplen con todas las garantías necesarias, ya que no son inspeccionados.

Los dueños de departamentos con servicios, en cambio, sostienen que tienen una habilitación del municipio, pero que no es la misma que la hotelera, y también son inspeccionados por la municipalidad. Tampoco les pagan a los sindicatos porque, dicen, al funcionar como una inmobiliaria, sería como que un particular que alquile una vivienda abone esos servicios. “No estamos evadiendo nada, simplemente algunas cosas a nosotros no nos corresponden. Incluso tenemos otros pagos más grandes: el impuesto inmobiliario que paga el hotel lo hace por la totalidad de su complejo, y en proporción es menor al que paga el conjunto de los propietarios de un edificio con servicios. Lo que difiere es quién paga los impuestos: en los departamentos con servicios se distribuye la carga impositiva entre las distintas personas, a veces pagan los propietarios, otras los consorcios y otras los inmobiliarios. No hay una competencia desleal”, explica Bustillo. Mauro Moyano, administrador de los complejos Avutarda, complementa: “El problema no es nuestro, no queremos competir con los hoteleros. Creemos que el mercado es muy amplio y que todos podemos trabajar tranquilos“. Ambos aseguran tener a todos sus empleados en blanco, pero coinciden en señalar que, al no estar agrupados en una Cámara, eso “depende de cada empresario”. Los turistas, igual, siguen vacacionando tranquilos, y el show debe continuar… sobre todo en verano.