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Teatro / 3 de febrero de 2018

“La última cinta de Krapp”: el entrañable mago

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★★★★ “Me olvido siempre de mi edad. Baudelaire decía que el genio es la infancia recuperada a voluntad. Cuando se mira a un actor, debe verse a un niño que juega”, afirmó el norteamericano Bob Wilson (1941). Y a los 76 años sigue siendo “l’enfant terrible” del teatro contemporáneo. Este mes representa, en el Municipal de Santiago de Chile, “La última cinta de Krapp” de Samuel Beckett. Este multifacético artista es intérprete, bailarín, coreógrafo, pintor, arquitecto, escultor, videasta, diseñador de muebles y utilería, y uno de los mejores iluminadores de la escena mundial. Su primer éxito fue en 1970, “Einstein en la playa”, una ópera con música de Philip Glass. Desde entonces, no dejó de sorprender a espectadores y críticos con sus creaciones, cuyos principales rasgos son austeridad, lentitud y fascinante iluminación.

Había actuado por última vez en 1995, en un “Hamlet” muy personal, en París. Pero tras un problema de salud, volvió al escenario para encarnar a Krapp, personaje emblemático de la dramaturgia universal del siglo XX.

En su versión, el énfasis está puesto en el silencio y en el movimiento, antes que en las palabras: pasan 25 minutos antes de que abra la boca. Krapp está tan estropeado que puede tener cualquier edad, entre los ochenta y la muerte. La grabadora, un verdadero mamotreto, domina su escritorio, rodeado de estanterías colmadas de objetos. De sus bolsillos saca una banana, la come y luego busca el carrete número cinco que estaría en la caja número tres. La encuentra y comienza a escucharla. La grabó cuando tenía treinta y nueve años.

¿Por qué precisamente esa, ese tiempo, esas circunstancias? Beckett no lo revela: el contrapunto entre el Krapp que fue y la ruina que vemos y oímos, prueba la dolorosa realidad de la decadencia física y el término inexorable, que a todos nos aguarda. Pero en ese sumergirse en la insondable memoria parece haber, para él, una forma de felicidad: evocar a las mujeres que lo amaron.
Sólo Shakespeare y Chejov expusieron semejante requisitoria contra la rutina de sobrevivirse. Beckett, a la par, con el lenguaje de nuestro tiempo, construye también un formidable edificio verbal que necesita un gran actor para sostenerlo. Consciente de sus limitaciones interpretativas, Wilson adopta una máscara impresionante, un asombroso dominio corporal y apela a sus transitados recursos y pirotecnia lumínica. A la manera del veterano y entrañable mago que hace gala de sus viejos pero siempre encantadores trucos.