Mundo / 11 de marzo de 2018

Como la Guerra Fría

Putin potenció una nueva carrera armamentista, anunciando un súper-misil nuclear que doblegaría el sistema defensivo de EE.UU.

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Cuando Ronald Reagan anunció su “Guerra de las Galaxias”, los soviéticos entendieron que perdían la Confrontación Este-Oeste. Hasta ese momento, la carrera armamentista había consistido en acumular arsenales nucleares para devastar al enemigo. Se llegó de ese modo a la Destrucción Mutua Asegurada, que se convirtió en doctrina para garantizar una “Pax” con forma de “tablas” del ajedrez. Pero al anunciar aquel presidente norteamericano que su país había desarrollado un escudo espacial que, refractando rayos láser lanzados desde tierra a espejos montados en satélites, podía destruir cualquier misil intercontinental en vuelo hacia Estados Unidos, y cualquier misil táctico encaminado hacia alguna ciudad europea, el esquema de la destrucción mutua asegurada se alteraba drásticamente, porque la Unión Soviética perdía su capacidad de destruir a sus enemigos occidentales.

La Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), popularizada como Guerra de las Galaxias, daba vuelta una página de la carrera armamentista, inaugurando una nueva etapa en la que había un vencedor. Después se supo que Reagan había anunciado un escudo espacial que en realidad todavía estaba en estado embrinario y, de hecho, nunca llegó a concretarse en la forma que había descripto aquel presidente republicano. Pasaron varios años hasta que Estados Unidos pudo contar con un sistema defensivo capaz de inutilizar los proyectiles intercontinentales soviéticos, por tener la capacidad de cazarlos con misiles antimisiles en pleno vuelo.

Después tendió un cerco geopolítico sobre Rusia con base en Polonia y la República Checa, además de reforzar la defensa del territorio norteamericano desde Alaska. Esos anillos conformaron el sistema de Defensa Antimisil Balístico (BMD) Desde entonces, a demás de trabajar en la creación de su propio escudo anti-misiles, Rusia trabajó en desarrollar proyectiles capaces de vulnerar las defensas norteamericanas. El mundo se enteró por boca del propio Vladimir Putin, cuando anunció que su país había logrado construir el primer súper-misil que puede perforar el escudo anti-misiles de Estados Unidos.

En un alarde belicista propio del ultranacionalismo, el jefe del Kremlin describió varias armas que colocan a Rusia en la vanguardia de la tecnología bélica, por lo tanto, relanzan la carrera armamentista con ímpetu de Guerra Fría. Desde submarinos no tripulados que portan ojivas atómicas y son capaces de alcanzar velocidades increíbles, hasta misiles de crucero propulsados con energía nuclear que les permite volar por las capas densas de la atmósfera. Habló de misiles hipersónicos indetectables por los radares. Describió la trayectoria del proyectil nuclear que puede llegar a territorio norteamericano, eludiendo escudos defensivos.

Este fue el anuncio que tiene potencialmente la fuerza de la fantasiosa Iniciativa de Defensa Estratégica anunciada por Reagan. Así como los escudos norteamericanos inutilizaron los misiles tácticos y estratégicos rusos, el misil Sarmat, por su capacidad de eludir las defensas antimisiles, inutiliza los arsenales de Estados Unidos. Falta ver si lo anunciado por el presidente ruso es totalmente cierto, o si, como la Guerra de las Galaxias, se trata de una mentira estratégica para ganar la delantera dando como concluido y probado un proyecto todavía lejos de materializarse.

Que a pocas semanas de una elección presidencial, Putin excite el orgullo nacionalista-imperial ruso con alardes de supremacía militar, parece inevitable. La pregunta es si lo que anunció como armamentos que ya integran el arsenal de Rusia, han sido de verdad concluidos y ensayados exitosamente, o si en realidad se encuentran en fase experimental.

Es posible que el presidente haya alardeado de más, envalentonado por sus éxitos militares en Siria y por la expansión territorial que consiguió a costa de Ucrania y Georgia. Pero aunque aún no haya completado el desarrollo del súper-misil que pueda eludir el escudo defen-sivo de Estados Unidos, si lo anunció es porque no está muy lejos de lograrlo. De hecho, los expertos en armamentos de la OTAN hablan del XX-S-30, al que llaman “Satán 2”, lo que indica que están al tanto de que Rusia trabaja para jubilar las defensas de sus adversarios occidentales y, por ende, sepultar el Tratado de 1987 que firmaron Mijail Gorbachov y Ronald Reagan, poniendo fin a la carrera armamentista.

El jefe del Kremlin amasó su poder político con discursos y políticas ultranacionalistas. Primero restauró el orgullo que habían herido los mujaidines afganos y los milicianos separatistas de Chechenia. Aplastó a sangre y fuego el independentismo caucásico comandado por el general Dudayev y respondió de manera brutal cada golpe del terrorismo ultraislamista impulsado por el jihadista Shamir Basayev.

A renglón seguido inició la expansión territorial, arrebatando Osetia a los georgianos y la Península de Crimea a los ucranianos. Luego salvó al régimen de Bashar al Asad cuando todos lo daban por derrotado y ahora relanza la carrera armamentista con un misil intercontinental que doblegaría el sistema defensivo norteamericano. Para colmo, lo anuncia a Rusia y al mundo proyectando en una pantalla gigante la trayectoria del cohete sobrevolando los Estados Unidos de Este a Oeste.

Mientras China avanza a paso redoblado conquistando mercados y expandiendo su influencia en todos los rincones del planeta, Rusia proclama que está de vuelta en el centro del escenario militar. Lo anuncia Vladimir Putin de manera desafiante. Y el amo del Kremlin debe ser tomado en serio. Aún siendo posible que, como Reagan con su escudo espacial, este anunciando como concluido y probado un poderío nuclear aún en gestación, el presidente ruso no está alucinando ni es un mitómano de los que anuncian cosas totalmente inexistentes.

Sabe que lo que acaba de gritar a los cuatro vientos le abre la puerta a una nueva carrera armamentista. Y no se trata de un lunático que fanfarronea sólo para llamar la atención. Tampoco es un desequilibrado que represente un grave peligro inminente para el mundo. Es un nacionalista duro, que construyó poder prometiendo darle a Rusia un protagonismo de niveles soviéticos. Y si bien aún no lo ha logrado, está claro que avanza en esa dirección.

 

*Profesor y mentor de Ciencia Política, Universidad empresarial siglo 21.