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Ciencia, Opinión / 14 de marzo de 2018

Stephen Hawking, el hombre que revolucionó la física y la vida cotidiana

Murió hoy a los 76 años, el mismo día que nació su admirado Albert Einstein. Por qué cambió la ciencia para siempre y cuáles fueron sus principales aportes, desde el punto de vista de un físico cuántico argentino.

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Hawking. Cuando descubrieron que sufría de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) le dieron dos años de vida. Pero el científico superó ese pronóstico en más de cinco décadas.

Hoy, 14 de marzo de 2018, a sus setenta y seis años murió Stephen Hawking. Acaso el físico más popular desde Albert Einstein y uno de los mejores divulgadores de la ciencia que haya existido, Hawking fue también un científico enorme que ha contribuido a la física teórica de una manera que perdurará para siempre.

Hawking fue el más hábil interlocutor entre la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad general de Einstein, teorías a las que, a comienzos de los años setenta, invitó a sentarse a la mesa para intentar resolver sus tensiones. A raíz de ese intento de mediación, Hawking obtuvo un resultado que, con genialidad, supo condensar en una fórmula breve y elegante que contiene todas las constantes fundamentales de la naturaleza, un resultado que, desde entonces, se convirtió en regente ineludible de toda investigación en física fundamental: su descubrimiento de la radiación térmica de los agujeros negros y de las perturbadoras paradojas que este fenómeno encierra, paradojas que son síntoma inequívoco de que su trabajo es una pieza central para entender las leyes de la física.

En 1973-1974 Hawking descubrió que los agujeros negros sólo son negros según la teoría clásica de Albert Einstein, pero que cuando los efectos de la mecánica cuántica son tenidos en cuenta estos densos astros no son ni totalmente oscuros y ni totalmente fríos, sino que, por el contrario, producen una radiación extremadamente tenue pero persistente que finalmente los llevará a desaparecer junto con toda la información que estaba contenida dentro de ellos, como si se tratara de un acto de magia a escalas cósmicas. Este fenómeno, conocido como radiación de Hawking, plantea el mayor desafío conceptual de la física teórica actual por cuanto expone como ningún otro resultado de la física la dificultad que aparece al intentar conciliar la teoría de la relatividad con la teoría cuántica, los dos pilares sobre los que construímos toda nuestra ciencia.

Infatigable y prolífico, Hawking nos ha legado, también, muchos otros descubrimientos en física: sus teoremas de singularidad en el espacio-tiempo, su contribución a la cornucopia de teoremas de no-pelos, su trabajo pionero en la teoría de la inflación cósmica, sus distintas derivaciones de la temperatura y la entropía de los agujeros negros, sus dialécticos intentos por resolver la paradoja de la pérdida de información que él mismo había planteado, la termodinámica del horizonte cosmológico, las transiciones de fase de primer orden para los agujeros negros, los instantones gravitatorios, su incursión en la cosmología cuántica y su osada propuesta de un universo que, al comenzar, lo hizo sin bordes.

Siempre encontré fútil el arte ocioso de jugar con fechas, como si hubiera en esa sincronicidad algo más que un azar piadoso, pero dado que todos aprendimos leyendo su libro, y que a él sí le gustaba barajar efemérides, quizá quepa mencionar que murió hoy, el día del nacimiento de Albert Einstein, y a la misma edad que aquel a quien tanto admiraba.

 

* De New York University.  Es también Profesor de la Universidad de Buenos Aires e Investigador Principal del CONICET.