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Política / 19 de marzo de 2018

Riesgos y ventajas del uso de emojis en la comunicación política

Forman parte de la actual “estrategia de cercanía” de los partidos, pero no siempre funcionan. Qué aportan realmente.

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En el imperio de la imagen, el auge de las redes, el predominio de la negatividad y la proliferación de microdiscursos, el emoji es un rey. Es simple, visual, rápido, contundente y espontáneo.

Es eficaz porque se transforma en un tipo de discurso estético y transversal. Todos lo conocen y lo entienden. Incluso supera barreras idiomáticas y culturales. Tras el dicho atribuido a Da Vinci, respecto a que la simplicidad es la máxima sofisticación, un emoji es algo extremadamente sofisticado entonces.

Pero su uso en política representa cierta informalidad. La ciencia política acuñó un concepto denominado “estrategias de proximidad” (de cercanía, se entiende mejor) por el que los actores intentan acercarse a la ciudadanía a través de actos y gestos no formales. El uso de emojis entra en la estrategia, pero no cualquiera es cercano sólo porque quiere.

Se es cercano cuando la sociedad -o parte de ella- así lo siente. Y en ese sentido, el emoji implica descontractura, una narrativa disruptiva del estilo político acartonado. Así es que la política de a poco se va animando, pero todavía su uso es medido, poco espontáneo. Se lo usa en mensajes patrocinados, elaborados, especialmente de activación partidaria (a modo de arenga).

También es interesante el triple criterio que hace a la creación de un emoji: que sea relevante, global y perdurable. Lo de global empieza a ser revertido por emojis políticos vernáculos, lo que preanuncia un uso cada vez más masivo en la esfera local.

Aún así, la susceptibilidad constante que genera la política (una actividad propensa a la crisis y sometida al escarnio público 24×7), hace que el uso de emojis siempre tenga límites y autocontroles. Y es bueno que eso suceda. El horno no está para bollos.

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