Política / 10 de abril de 2018

A quién tapa el ministro Luis Caputo

Las hipótesis sobre los verdaderos dueños de Noctua, de la que él dice ser tenedor fiduciario. Coaching y circo en el Congreso.

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El ministro de Finanzas Luis Caputo entra por la calle Hipólito Yrigoyen al Congreso de la Nación. Lo espera el presidente provisional del Senado, Federico Pinedo, y un grupo de legisladores. Se acerca la intervención más importante que tendrá desde que es funcionario público y se ha preparado para ese momento. Saluda, sube al primer piso y llega al Salón de las Provincias. No hay nadie.

Estudia el lugar, reconoce el terreno. Es la tarde del martes 3 y está a pocas horas del gran día: solo quería conocer el espacio donde deberá enfrentar a la oposición que busca su renuncia.

Un día después, desde las 9 de la mañana del miércoles 4, se juega todo: cuatro horas de exposición donde no consiguen asestarle un golpe certero. Contesta, visiblemente nervioso, lo que tiene ganas: no da precisiones sobre las empresas de las que, indica, fue sólo un “tenedor fiduciario”, y los pasea por los temas donde se siente más cómodo. Incluso, cuando se anima, hasta les da consejos a los legisladores que fueron a “renunciarlo” y los reta por su mala fe. Y termina con escándalo: le manda un mensaje a través de un papelito a la diputada del Frente para la Victoria Gabriela Cerruti, que explota de bronca. El presidente de la comisión bicameral pide orden o levanta la sesión. “Levantala”, le dice el mismísimo ministro y huye cuando todavía quedaban 10 legisladores por preguntar.

En la Casa Rosada lo espera la mesa chica para evaluar su performance. Están conformes con su explicación. Se animan a decir que fue una “goleada” a la oposición, aunque alguno le reprocha el abrupto final. Caputo explica que no dimensionó que podía pasar eso: quiso hacer una broma descontracturada a raíz de unos dichos de Cerruti en un programa de tevé, acerca de que sus hijas eran dueñas de sus acciones. “Mis hijas tienen 11 y 13 años. No seas tan mala”, decía el mensaje que le mandó con su secretario. Al presidente Mauricio Macri la respuesta lo satisface.

Pasó la tormenta.

¿A quién tapa el ministro? Lo tuvieron frente a frente. A metros. Tal como habían pedido el 14 de marzo. Los legisladores opositores exigieron que Caputo fuera al Congreso a dar explicaciones y el ministro fue. Pero las largas intervenciones (cargadas de opiniones políticas) de los encargados de preguntar fueron funcionales al ministro, que no se sintió arrinconado en ningún momento. Cada uno hizo su show y tras la interpelación quedaron flotando las mismas dudas que al principio. Puro circo.

Escándalo mediante, Caputo se fue sin haber contestado la pregunta clave. ¿Es “shareholder” (accionista) como declaró ante la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés)? ¿Un “tenedor fiduciario”, como dijo en su intervención ante los legisladores? ¿O ambas cosas? Las opciones están planteadas: se equivocó al completar la declaración jurada norteamericana o mintió en el Congreso.

“Si bien la SEC informa que figuró como accionista nominal de la empresa Princess, es importante aclarar que nunca fui propietario de dicha empresa y que dicha tenencia accionaria corresponde a una tenencia fiduciaria que es una figura absolutamente legal tanto en Estados Unidos como en Argentina y habitual en la industria financiera del mundo”, dijo ante la consulta de NOTICIAS.

Más allá de la explicación, no presentó ningún documento que certificara su condición de administrador. Tampoco se lo exigió ningún legislador.

¿Por qué no dice quién es el dueño de esas empresas? Con ese gesto limpiaría su imagen y ganaría una pelea que lo tiene contra las cuerdas. O tal vez no, dependiendo de quién sea. ¿A quién tapa el ministro? ¿A sí mismo, tal como dice el informe de la SEC, que lo señala como accionista? ¿O a alguien más?

El abanico de opciones es amplio. “Las empresas podrían ser de Martín Guyot”, dice señalando a su socio una fuente muy cercana al ministro. “Incluso podría haber acciones de la familia Macri”, especula una fuente impositiva. Esa opción cerraría con la explicación que dio en su momento Caputo, acerca de su fondo: “es friends and family” (amigos y familia), había indicado.

Las desgracias del ministro comenzaron con una investigación del equipo argentino de Paradise Papers publicada en los diarios Perfil y La Nación en la cual se acusaba a Caputo de haber sido dueño de sociedades offshore que no declaró cuando entró a la función pública. Por un caso similar, el 19 de febrero le pidieron la renuncia al subsecretario general de la presidencia, Valentín Díaz Gilligan.

El ministro de Finanzas y primo del mejor amigo de Macri, “Nicky” Caputo, aguantó el vendaval.

Según esa investigación, Luis Caputo había tenido el 5% de Noctua hasta el 2015, pero además era dueño indirecto de la sociedad que controlaba. Como una mamushka, Noctua era propiedad mayoritaria de Affinis Partners II, una firma de las Caimán que a su vez pertenecía entre un 50% y un 74% a otra compañía de las mismas islas, Princess International Group, cuyo 75% o más sería de Caputo.

“El ministro no fue propietario ni accionista de estas empresas, sino asesor, administrador, fiduciario y/o manager”, explicó su vocera. “Si figuraba como dueño, pero dice que no lo es, era testaferro. Entonces que diga de quién lo era”, le dijo a NOTICIAS el miércoles en la Comisión Bicameral el diputado del Frente Renovador José De Mendiguren cuando se retiraba del recinto ofuscado por no obtener respuestas. Faltaban minutos para que todo terminara en escándalo.

Pero antes, Caputo se dio el gusto de salir del rincón para darle golpes en la cara a la oposición. Los acusó de hacer denuncias sin sustento, “con rumores no chequeados y de mala fe”. Juntó coraje y por un momento cambió su rol, de acusado a acusador. Y luego les explicó: “Yo no tenía que declarar esas acciones ante la Oficina Anticorrupción (OA) ni ante la AFIP porque al ser una tenencia nominal no era parte de mi patrimonio. Está declarado por su dueño”, aseguró. Nadie pidió más explicaciones. Ni siquiera le recordaron cuando en febrero, al descubrirse la omisión, dio una explicación inconsistente: “No tuve injerencia accionaria… hasta donde yo sé”. La duda seguirá flotando en el aire.

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La interpelación. Desde que el Congreso pidió por la presencia del ministro de Finanzas, Caputo empezó a ser preparado por sus asesores, funcionarios y legisladores para el gran día. Estaba previsto que fuera el miércoles 21, pero pidió una prórroga de dos semanas: quería llegar afilado.

Mientras se preparaba, en el Gobierno tanteaban una lista de diputados y senadores que pudiese ir a “bancar la parada”. Varios prefirieron declinar la invitación elegantemente. Otros tomaron con orgullo ser reclutados como la fuerza de choque legislativo PRO. Fernando Iglesias, “Toty” Flores, Silvia Lospennato y Waldo Wolff, entre otros, fueron los encargados de marcarle la cancha en cuanto pudieron a los diputados opositores más encendidos: Agustín Rossi, Nicolás del Caño o Fernando “Pino” Solanas. Un clima futbolero, con murmullos, insultos y bravuconadas incluidas. Vergonzoso.

Hasta que Cerruti explotó de furia por el “papelito” de Caputo, el protagonismo se lo había llevado Rossi. No sólo por su enérgica alocución, donde acusó al macrismo de ser “un gobierno de y para ricos”, sino por sus constantes intervenciones de alumno de secundario ante un salón colmado de legisladores y periodistas. “¿Estas son las inversiones de Aranguren?”, se burló a los gritos cuando se cortó la luz en el recinto. “Diga de quién era testaferro”, acotaba luego, durante una de las respuestas de Caputo. Tanto insistió con su papel de alumno rebelde, que fue reprendido por el presidente de la Comisión Bicameral, José Mayans: “Siéntese y respete. No venga a hacer un show”, lo sentenció para dejarlo en ridículo cuando intentaba hacer una recriminación al ministro. En el entorno de Caputo aseguran que el show del papelito no estaba preparado. Que no fue una jugada maquiavélica para hacer saltar de bronca a Cerruti y para que Mayans decidiera dar la sesión por terminada. Sin embargo le salió redondo: cambió el foco de la discusión y logró que se hablara más del “papelito” que de los Paradise Papers.

A unas cuadras de allí, en un bar de Recoleta, su primo “Nicky” Caputo –el otro yo del Presidente– se divertía con la jugada: “Los del Newman somos dulces, no deberíamos hacer estas cosas”.

La intervención de Cerruti fue todo ganancia para Caputo. Cuando el ministro habló de sus dos hijas en el papelito, en realidad volvió a omitir información: en realidad tiene seis hijos. Además de Sofía y Alexia (las señaladas), tiene a Luis (23 años), Agustín (21), Cristóbal (19) y Santiago (16). Tres de los cuatro hombres, mayores de edad.

Macri nunca puso en duda la continuidad de Caputo. Se declara convencido, tanto como él, de que no cometió ningún delito. Dice confiar en su palabra. Sin embargo, la imagen del ministro es de las peores del gabinete. Medido antes de que su exposición aumentara con la interpelación del Congreso, tenía una imagen negativa del 64%, sólo superada por Sergio Bergman, Jorge Triaca y Gustavo Arribas. La encuesta de marzo de la Universidad del Salvador, asegura que el 59% de los encuestados lo conocía. Ambos porcentajes serán mayores tras el escándalo de esta semana.

Puertas adentro, en el Gobierno festejan su intervención. Caputo se paró frente al paredón y el pelotón de fusilamiento le tiró con balas de salva. Fueron inofensivos. Logró evitar las preguntas que no tenían respuesta: todo sigue igual. Y encima cambió el eje de la noticia. Con un papelito, logró que hicieran un papelón.