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Mundo / 28 de abril de 2018

La guerra en el ciberespacio

He aquí una razón por la que muchos han llegado a la conclusión de que sus desgracias se deben en buena medida a los medios sociales encabezados por Facebook.

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Los asustados por la irrupción imprevista y a su juicio aberrante de dirigentes populistas como el norteamericano Donald Trump y sus presuntos equivalentes en Europa que, para alarma de los simpatizantes de los partidos tradicionales más o menos centristas, siguen avanzando en muchos países, son reacios a atribuir lo que está sucediendo a las deficiencias de un orden que hasta hace poco creían que sería permanente. Quieren convencerse de que el naufragio de las distintas variantes del proyecto progresista con las que se sienten emotivamente comprometidos no se debe a los errores de una larga serie de gobiernos de tal signo sino a la maldad de enemigos siniestros.

He aquí una razón por la que muchos han llegado a la conclusión de que sus desgracias se deben en buena medida a los medios sociales encabezados por Facebook, la empresa de Mark Zuckerberg, que en opinión de algunos están provocando distorsiones tan graves que la democracia misma corre peligro.

Los gigantes cibernéticos, dicen, se prestan a las maniobras de sujetos dispuestos a sacar provecho de la credulidad infinita de la gente común para difundir noticias falsas, además de cosechar cantidades colosales de información acerca de los gustos, preferencias políticas y así por el estilo de centenares de millones de personas, información que comparten, a sabiendas o merced a la intervención de hackers, con Vladimir Putin y otros malhechores astutos.

Según quienes piensan así, fue en buena medida gracias a las maniobras de una consultora británica vinculada con Facebook, Cambridge Analytica, que los isleños decidieron salir de la Unión Europea y Trump pudo entrar en la Casa Blanca.

Aunque cuesta tomar en serio la noción de que un pequeño grupo de expertos en informática haya logrado provocar convulsiones en ambos lados del océano Atlántico, las sospechas, rayanas en la paranoia, en tal sentido están agitando a muchos políticos que, un tanto tardíamente, han comenzado a manifestar su preocupación por las dimensiones extraordinarias alcanzadas por ciertas compañías tecnológicas y su capacidad aparente para incidir en la conducta de clases sociales enteras.

Sea como fuere, de no haber sido por el empleo de datos conseguidos a través de los medios sociales por los estrategas electorales de Trump y los partidarios del Brexit, la evidente influencia política de tales empresas no hubiera motivado mucha inquietud entre los progresistas que, a pesar de todo lo ocurrido últimamente, continúan dominando los medios de prensa más prestigiosos. En 2012, cuando los operadores de Barack Obama hicieron lo mismo, muchos que en la actualidad se afirman indignados por el fenómeno los elogiaron por entender la importancia de la revolución informática que ya cobraba cada vez más fuerza. Tampoco motivó reparos el acceso a los mismos datos de los británicos que querían permanecer en la Unión Europea y los operadores de Hillary Clinton que invirtieron mucho más dinero en los medios sociales que los amigos de o los “trolls” rusos.

Puesto que los fundadores, dueños actuales y una proporción sustancial de los empleados de las grandes empresas tecnológicas que tienen sus cuarteles generales en la costa oeste de Estados Unidos son progresistas fervorosos que nunca han ocultado el desdén que sienten por Trump, el que los demócratas norteamericanos y quienes manejan la Unión Europea los hayan tomado por aliados de la “ultraderecha” o, cuando menos, por idiotas útiles fácilmente manipulados por Putin y sus socios, es un tanto paradójico. Asimismo, en una conversación con la alemana Angela Merkel que fue grabada, el CEO hipermillonario de Facebook, Zuckerberg, se aseveró más que dispuesto a ayudarla a impedir la difusión de noticias que podrían beneficiar a “la derecha”, es decir, de la Alternativa para Alemania que se ha erigido en el partido opositor principal. Con todo, la supuesta colaboración de Facebook con Putin y, desde luego, los jefes de campaña de Trump, les ha brindado a políticos que se dicen angustiados por los cambios que están en marcha un buen pretexto para pensar en cómo eliminar lo que llaman “noticias falsas” censurando a los medios sociales.

Se trata de una tentación muy peligrosa. Lo es no sólo porque significaría asestar otro golpe a la libertad de expresión en sociedades en que, hasta hace apenas un par de años, se la suponía consagrada, sino porque también haría aún más bochornoso el clima político imperante en muchos países avanzados, lo que no beneficiaría del todo a los centristas que, para mantenerse en el poder, necesitarían que hubiera un período prolongado de calma. Tanto en Europa como en Estados Unidos, la rebelión contra “las elites” y la “corrección política” que ha facilitado el ascenso de movimientos calificados de “ultraderechistas” se alimenta de la sospecha de que, por motivos ideológicos, los canales televisivos, entre ellos la BBC de Londres, y los diarios más respetados son reacios a mantener informado al público sobre todo lo que está ocurriendo.

No es que mientan, es que prefieren no llamar la atención a ciertos acontecimientos, en especial aquellos que conciernen a delitos cometidos por inmigrantes procedentes de sociedades musulmanas o, en el caso de que no tengan más opción que hacerlo, tratan de atenuarlos achacándolos al racismo u otro mal considerado característico de su propio país. Cualquier intento de censurar a los medios sociales a fin de mantener a raya a las supuestas “noticias falsas” haría todavía más ancha la grieta que separa a los comprometidos con el statu quo actual de quienes quisieran verlo remplazado por algo muy diferente.

A los persuadidos de que Facebook, Google, Amazon y Apple se han transformado en monstruos malignos que, además de almacenar una multitud tan enorme de detalles acerca de sus clientes –es decir, de una proporción nada despreciable del género humano–, que ya saben más de nosotros que nosotros mismos, les molestan los algoritmos, estas fórmulas matemáticas que ubican a los usuarios en categorías distintas para entonces tentarlos a visitar sitios determinados en la red que, asegura Zuckerberg, serán los más confiables.

Quienes consiguen información a través de los medios sociales tienden a recibir las noticias que, en base al algoritmo, Facebook o Twitter suponen les interesarán más. Entran en lo que algunos llaman una “cámara de resonancia”, con el resultado de un presunto izquierdista disfrutará de un superávit de trotskismo, un peronista se encontrará una y otra vez frente a fotos del general y Evita o el video de una arenga de Cristina y un islamófobo se enterará de los pormenores de los atentados más recientes. En cambio, de tratarse de un ultraderechista, a menudo tendrá que resignarse a que los mensajes de sus correligionarios favoritos se hayan visto borrados, ya que en aquel extremo del espectro ideológico, la censura está haciéndose más rígida por momentos. Algo similar sucede en los ámbitos culturales, en ocasiones con resultados absurdos que pueden imputarse a los escasos conocimientos de los programadores.

Aunque ante el Congreso norteamericano Zuckerberg habló de Facebook, una empresa que le ha reportado una fortuna personal de aproximadamente 71.000 millones de dólares – el bueno de Mark podría encargarse de buena parte del gasto social sin tener que modificar su tren de vida–, como si fuera una especie de organización caritativa dedicada a reunir a la gente, los usuarios propenden a verse repartidos en grupos pequeños. Como subrayan los vinculados con la prensa gráfica tradicional, cuyos ingresos se han precipitado vertiginosamente a causa de la voracidad de Google que se ha apropiado de la parte del león del negocio publicitario, los grandes diarios siguen ofreciendo al lector una variedad mayor de fuentes de información.

Sea como fuere, si bien la fragmentación social y cultural que se denuncia es un problema auténtico, a esta altura no serviría para mucho tratar de remediarlo con reglas destinadas a forzar a Facebook a brindar a los usuarios un menú más generoso de opciones. Lo único que lograría sería enojar muchísimo a millones de personas.

Aunque sería orwelliano obligar a los gigantes del internet a respetar ciertas pautas ideológicas, no lo sería aplicarles leyes encaminadas a impedir la consolidación de monopolios. En un lapso sumamente breve, han crecido tanto que ya son comparables con las empresas mastodónticas de petróleo y tabaco que, más de un siglo atrás, fueron desmanteladas por el gobierno estadounidense para que hubiera más competencia. Sus ingresos son superiores a los de la mayoría de países independientes. Así y todo, hay una diferencia significante con los monopolios de antes. Por su naturaleza, Facebook, Google y Amazon son compañías globalizadas, nómadas, que flotan por encima de las fronteras nacionales. Se han hecho ubicuas. Su capital es mayormente intelectual; luego de ser formalmente desguazadas, podrían reconstituirse con facilidad. Por lo demás, en el caso poco probable de que la clase política mundial se las arreglara para hundirlas, ya que le está resultando muy difícil controlar su contenido como muchos querrían, otras muy parecidas, dotadas de armas tecnológicas aún más potentes, pronto surgirían para tomar su lugar.

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