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Opinión / 13 de mayo de 2018

Por favor, ¡Déjenme leer!

Cuando los cantantes callejeros, los mensajes de audio y los videos de internet impiden sumergirse en el placer de la lectura.

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Caminó lento por el pasillo, extendió la mirada hasta el final del vagón del subte y eligió un lugar cercano a las puertas para depositar el parlante que aferraba en la mano. El aparato, que cinco minutos después vibraría a todo volumen con una versión desafinada de Bob Marley (sí, “No Women, No Cry”, ¿cuál si no?), quedó a cinco centímetros de mis pies. O más exactamente, a escasos milímetros del libro de Richard Ford que estaba leyendo, porque esa misma semana tenía que entrevistarlo para la sección Cultura de NOTICIAS. Y se acabó Richard Ford. Cerré el libro obligada a prestar atención, sin posibilidad de elección, a la interpretación malograda de un tema, que en otras circunstancias, me hubiera encantado escuchar. Los personajes de Ford quedaron girando en mi cabeza a la espera de un momento más propicio para volver a escena.

El tema musical y la calidad de la interpretación podrían haber sido otras. El libro podría haber sido un diario o mi cuenta de Twitter o mi playlist favorita en Spotify.

Lo que no cambia y se ha vuelto invariable, en cualquier medio de transporte de la ciudad, es la invasión constante de un ruido que te impide concentrarte en cualquier cosa.

Cuando el reggae se acaba, atruena la voz que anuncia que la próxima estación es Venezuela y cuando la voz se silencia, tu vecina empieza a grabar el mensaje de audio más largo y vehemente de la historia. O a contarle a los gritos a su marido lo que le dijo el jefe esa mañana. O a mirar el video del cumpleaños de sobrino con el volumen a todo lo que da.

No logramos respetar el derecho del otro al silencio. Lo invadimos con nuestro ruido. Lo obligamos a escuchar nuestra música, nuestras historias, nuestras discusiones. Sería muy largo hablar aquí -y no es el tema- de nuestra necesidad, cada vez más perentoria y desesperada, por atraer la mirada del otro.

Palabras. El tema de hoy es leer. Leer en los subtes, los colectivos, las estaciones, la calle. El que lee en medio de la multitud, se fabrica una cápsula de silencio para aislarse a pensar. Se niega a que el devenir los acontecimientos lo trastorne: fabrica su isla de reflexión para defenderse del tiempo.

El escritor Fabián Casas ha dicho hace poco que le encanta la gente que lee en los subtes porque “sostiene algo de nuestra civilización” (en “La gente anda leyendo”). Y hay algo de resistencia cultural extrema en los que intentan, en medio del ruido ensordecedor, concentrarse en la trama de una novela o los versos de un poema.

Por eso, cada vez son menos los que matan el tiempo leyendo en los viajes interminables por la ciudad, resignados a no poder terminar ni siquiera una página completa. O ganados a la “patria digital” que les propone el goce efímero de un mensaje banal de whatsapp o una rencilla intrascendente en Twitter.

Personalmente, como muchos de mi generación anterior al celular, he leído novelas apasionantes en colectivos, subtes y aviones. Tratados de filosofía, poetas y memorias. Me he quedado en una esquina largo rato hasta averiguar el destino final de un personaje y me pasado mil veces de parada, atrapada en una trama irresistible.

Por favor, sólo un poco de silencio para los lectores de este mundo. No condenemos la lectura al aislamiento. Sólo la palabra nos hace verdaderamente humanos.