Sociedad / 14 de mayo de 2018

Los nuevos narcos: jóvenes de alrededor de 20 años

Estas bandas juveniles forman estructuras del crimen organizado. El ataque a la comisaría de San Justo como caso testigo. Orígenes, anomia y leyes.

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En teoría, el plan era casi cinematográfico. Un operativo para liberar al integrante de la banda detenido un par de semanas atrás. Entrar disfrazados de policías y con un cortacandado abrir la celda para emprender la rápida huida en el auto que estaría esperando en la puerta. No faltaban las armas ni los chalecos antibalas.

Sin embargo, el guión cambió. El golpe comando a la Comisaría Primera de San Justo fracasó. Los maleantes no contaban con la presencia de más policías dentro de la comisaría ni tampoco con la resistencia que éstos opondrían. El tiroteo dentro del destacamento policial fue el punto culminante de un trasnochado plan que estaba destinado a fracasar.

Repelida a los tiros, la banda huyó. Algunos en el auto y otros, corriendo. Dentro de la comisaría quedó herida la sargento Rocío Villarreal, de sólo 25 años, quien recibió un balazo que le destrozó una vértebra.

Zahira Bustamante planeó el asalto a la comisaría para rescatar a su novio.

El frustrado operativo delictivo desnudó una problemática que crece a pasos agigantados: las bandas de delincuentes jóvenes, muchas veces menores, que forman parte de estructuras de crimen organizado vinculadas a la droga. No son rateros improvisados, ni motochorros. Mucho menos carteristas. Sino que encabezan redes de narcotráfico o grupos que se disputan el control territorial en algunas de las zonas más “picantes”, sobre todo en los barrios del sur de la Ciudad de Buenos Aires. Tal es su sensación de poder que hasta elucubran planes para ingresar a una comisaría para liberar a uno de los jefes de la banda, de sólo 22 años. “Son jóvenes que no tienen identificadas las pautas sociales. No las aprendieron o porque el contexto les presentó otras alternativas y entonces actúan sin medir las consecuencias”, explica el sociólogo Carlos De Angelis, Coordinador del Centro de Estudios de Opinión Pública de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Delito, falta de normas y de contención social se conjugan y resulta en una generación de temerarios, que no dudan en empujar los límites más allá de lo previsto. Al igual que los estereotipados narcotraficantes de las ficciones, son capaces de cualquier cosa y más por mantener su negocio. Pero los narcos sub-30 son jóvenes y actúan sin una organización definida. Osados y desenfrenados.

Anomia. “Todos necesitamos un relato, una carta de presentación para usar como referencia y decir: éste soy yo. Cuando uno no la tiene, se busca crearla, y en el caso de muchos jóvenes su manera es romper el sistema si no están incluidos”, explica el psiquiatra y neurólogo Enrique De Rosa Albaster, para quien estamos ante “una etapa generacional en la que esa ‘tarjeta de presentación’ de un sector juvenil es patear los límites y no importa si esto implica recurrir a la violencia”.

Así, existen algunos jóvenes como Leandro Aranda, el preso que el grupo que quiso tomar la comisaría buscaba liberar. A sus 22 años, no dudó en acribillar a un ex socio delincuente, Nicolás Ojeda, por un ajuste de cuentas. Ellos dos, junto a Daniel Alberto Rodríguez integraban un trío dedicado al narcotráfico que no sólo controlaba gran parte de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires, sino que hasta traicionaron a Marco Antonio Estrada Gonzáles, el capo narco peruano que controlaba la villa 1-11-14 y que regenteaba una organización que movía casi 10 millones de pesos mensuales.

“Cuando era ‘un pibito’ (sic) ya andaba en esa”, dijeron quienes lo conocían de Villa Soldati. Es que el historial delictivo de Aranda ya es frondoso para su edad. Acumula entradas a comisarías por robos y hechos de menor trascendencia, hasta que el pasado 18 de abril fue detenido por el crimen de Ojeda.

Lejos de ser un marginal, Aranda estudiaba y trabajaba en un locutorio hasta que se profugó por el crimen. Sin embargo, en sus redes dejaba entrever un pecado de juventud al mostrarse opulento y hacer gala de su inexplicable poder adquisitivo.

Según revelaron a NOTICIAS fuentes de la investigación, en un principio el trío Aranda, Ojeda y Rodríguez trabajaba para el denominado “Señor de los Cielos” de la villa 1-11-14, pero cuando el peruano fue detenido aprovecharon para quedarse con dos millones de dólares y más de 70 kilos de cocaína para comercializar. “Hubo una ‘mejicaneada’ y después no se pusieron de acuerdo y terminó en ajuste de cuentas”, apuntan.

Gonzalo Fabián D’Angelo (22) fue detenido junto a Bruno marullo (19) y Daniel Rodríguez (32) por el ataque. También hay un menor de 15 años.

Con sólo 21 años al momento del crimen, a Aranda no le tembló el pulso no sólo para acribillar a su “socio” sino que tampoco dudó en buscar convertirse en capo narco él mismo. “Son jóvenes indescifrables porque no miden las consecuencias de los actos que realizan. No tienen claro lo que puede pasar”, detalla De Angelis, para quien hay un concepto clave para entender este accionar: la anomia. “Ellos se rigen bajo esta premisa de ausencia o falta de identificación de las normas sociales. En su mundo prácticamente no existe la vida en sociedad. Ellos van haciendo sin pensar en el después y sin identificar los riesgos y consecuencias de sus acciones, y así se convierten en individuos sin reflexión que actúan de manera temeraria”, amplía.

En este mundo anómico los individuos no sólo se aíslan más en sí mismos, sino que además, al no repensar o tener en cuenta las consecuencias de sus actos, van empujando cada vez más los límites. “Llegan al punto del absurdo. Pierden todo tipo de coherencia en su comportamiento”. analiza De Angelis.

Amor. Pero si el comportamiento delictivo de Aranda ya lo dejaba fuera de los márgenes de las normas sociales, el plan que urdió su novia para rescatarlo también da cuenta de la falta de conciencia en los efectos de su accionar. Ludmila Zahira “Zahi” Bustamante tiene 19 años y planeó, a través del celular, el operativo de toma de la comisaría. Tal como reconoció su abogado, Jorge Irineo, la joven no está en sus cabales: “Por el consumo de estupefacientes, está alterada psicológica y psiquiátricamente”, consignó. Más aún, el letrado buscó deslindar a su defendida y explicó que “se le mezcla el amor y el odio y ha creado esta locura”.

Sin embargo, el intento por despegarla del operativo pierde fuerza ya que fuentes cercanas a la investigación apuntan a que la joven incluso planeó un segundo intento de fuga de su novio que se realizaría durante el traslado de los presos de la comisaría tras el ataque. Los investigadores encontraron el celular de Aranda en una alcantarilla y lograron adelantarse a este plan y pudieron apresar a Bustamante y a su primo, Bruno Marullo Postigo, también de 19 años, en las inmediaciones de la comisaría.

El ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, aseguró que redoblarán los esfuerzos.

La joven narco que fue en rescate de su novio tampoco encaja dentro de la concepción tradicional de delincuente. Porque a pesar de haberse criado en un barrio humilde, su familia no es pobre. De hecho, Bustamante fue a un colegio privado y su padre hasta pensó en alquilarle un departamento para que se distanciara de Aranda. “A la familia no le faltaba nada, pero le daban todo lo que podían”, cuentan en su entorno. La familia siempre quiso separarlos, aunque tras el nacimiento del hijo de la pareja, hace ocho meses, el noviazgo se afianzaba más y más.

Pero ella no es la única detenida por sumarse a la banda narco de su novio. El pasado jueves 26 de abril fue detenida Brisa Belén Amaral de 18 años y cabecilla del clan Funes, una de las bandas que pelea por el control del narcotráfico en la ciudad santefesina, sin un dueño claro tras el encarcelamiento de los integrantes de “Los Monos”.
Amaral “heredó” la banda narco de su novio Jonathan Funes de 23 años, asesinado por integrantes de otro clan, “Camino”, mientras iba a visitar a sus dos hermanos presos: Alan de 19 y Lautaro de 22. Ante la acefalía de los jóvenes hermanos Funes, fue Brisa quien se volvió una de las narcos más poderosas de Santa Fe.

Ausencias. La marginalidad y falta de presencia estatal suele asociarse a la delincuencia juvenil y aunque en “los nuevos narcos” es también un factor, lo cierto es que ninguno de los capos sub-30 son indigentes. Sin embargo, existen otras falencias estatales. Sin ir más lejos Aranda acumulaba varias causas judiciales abiertas antes de erigirse como jefe de la banda. “Un gran porcentaje de las personas que detenemos tiene antecedentes, eso responde a la mentada puerta giratoria”, se sinceró el Jefe de la Policía Bonaerense, Fabián Perroni. Es que tras la aparición en escena de estos nuevos narcos, el funcionamiento de la justicia entrará nuevamente en debate y las voces a favor y en contra de la mano dura o la baja a la edad de imputabilidad, volverán a escena.

“Hay jóvenes que crean sus propias estructuras sociales. Más violentas. Hay que incluirlos en la sociedad, volverlos sujetos sociales activos, con sentido de pertenencia”, asegura De Rosa.
Mientras, las estructuras siguen creciendo en la clandestinidad y en las ciudades más populosas, los sub-30 se vuelven líderes de mega estructuras del tráfico de drogas.