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Mundo / 19 de mayo de 2018

La boda de Harry y Meghan: Un país enamorado de la realeza

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El príncipe Harry (Enrique de Gales para la nobleza), el menor de los hijos de Carlos y Lady Di (tiene 33 años), contrajo matrimonio con la actriz estadounidense Meghan Markle (Rachel Zane en la serie legal “Suits”). Unión que fue anunciada en noviembre del año pasado y que renueva además, los votos de fidelidad de los británicos con la Corona. Las bodas reales con su pompa, suelen reavivar el gen monárquico que anida en los vasallos del viejo imperio, ya sean ingleses, escoceses, australianos o neozelandeses. Y la televización del evento lo convierte en un acontecimiento mediático internacional con millones de televidente.

Matrimonios y algo más. La casa Windsor (a la que pertenece Isabel II), que gobierna los dieciséis estados del Commonwealth desde principios del siglo XX, oscila en popularidad de acuerdo a sus casorios y escándalos. Eduardo VIII, rey durante 1936, abandonó el cargo cuando su imagen cayó tras proponerle matrimonio a la celebridad estadounidense y dos veces divorciada Wallis Simpson. El casamiento de su hermano Alberto (posteriormente Jorge VI), con una noble aristócrata británica, Isabel Bowes-Lyon, fue considerado por el contrario “un gesto de modernización para la época”.

El drama del romance de la princesa Margarita (hija de Jorge) con el divorciado coronel Townsend, acabó malogrado luego de que su hermana Isabel II le negara el permiso real de casamiento, y fue por varios meses el plato fuerte de las columnas de chismes de los periódicos británicos. Margarita, “oveja negra” de la familia real, tuvo varios amoríos (incluyendo al primer ministro canadiense John Napier Turner), hasta que se casó en 1960 con otro “plebeyo”: el fotógrafo Antony Armstrong-Jones.

La unión de Carlos, príncipe de Gales, y Lady Diana Spencer en 1981, fue titulada la boda del siglo: vista por 750 millones de personas puso la imagen de la realeza británica en su punto más alto desde la Segunda Guerra, y desde entonces todo sería cuesta abajo. Los problemas high profile de la familia real fueron titulares de los diarios populares ingleses durante toda la década de los 90. El divorcio y el posterior accidente automovilístico que terminó con la muerte de Lady Di en 1998, sumieron a la Corona en un profunda crisis -que incluyó cuestionamientos a la legitimidad de Isabel II, la monarca más longeva del Reino Unido-, de la que se recuperó recientemente con las bodas y el “sentar cabeza” de los príncipes Guillermo (duque de Cambridge) y Harry (duque de York): hoy el 75 % de la población británica todavía cree que la monarquía cumple un rol fundamental en el futuro del Reino Unido (solo 17 % se inclina por la idea de república presidencialista). Guillermo goza de un 78% de aprobación popular, seguido por Harry y la esposa de Guillermo, Kate (ambos con el 73%).

Realeza marca país. Casi 1000 millones de personas siguieron el casamiento entre Guillermo y Kate en el año 2011, de acuerdo a fuentes oficiales del gobierno británico. Esto da cuenta de la magnitud y trascendencia global de los miembros de la realeza isleña, popularidad impensada para los monarcas de Arabia Saudita, Tailandia o Noruega. Los británicos hablan de “marca Real”, como si fuese una franquicia que le venden al mundo. Y ciertamente la marca se impone en el reality de la boda, o la biopics “The Crown” (su segunda temporada estrenó recientemente por Netflix), y “Harry & Meghan: Un Amor Real”, que se vio el miércoles 16 a las 23 hs. por Lifetime, 3 días antes de la gran boda.

Aunque la historia de amor de Harry podría compararse con la de su tío abuelo, Eduardo VIII, su novia norteamericana les cae bien a los ingleses. Le atribuyen haber acabado con la reputación de “party animal” (fiestero) del príncipe: era frecuentemente fotografiado en boliches, donde se le vio alguna vez fumando marihuana, o vistiendo el uniforme de los Afrika Korps (fuerza militar alemana durante el nazismo). Su exitosa carrera militar, sirviendo en Afganistán como piloto del helicóptero Apache, lo salvó de otros escándalos: las fotos desnudo con strippers en un hotel de Las Vegas.

Meghan Markle es estadounidense y actriz, pero su perfil de activista humanitaria es bien visto en el público del Reino Unido. Su carisma y disposición humanizan a la realeza. Un fenómeno comparable al de Lady Di: Harry manifestó que su madre y su prometida “serían las mejores amigas”, refrendando que tienen mucho en común.

El matrimonio ofrece además la idea de una monarquía modernizada: Markle es californiana, católica y de raza mixta: madre afroestadounidense profesora de yoga, y padre irlandés director de fotografía.

Todo un relajo para la Corona y los británicos, que nunca aceptaron la unión de Carlos con su segunda esposa, Camilla Parker (36% y 18% de imagen positiva respectivamente). Y el equivalente a la “bendición popular” para que el trono se salte una generación.