Política / 24 de mayo de 2018

El combate interno de Carrió: “El problema de Cambiemos es la ‘depre'”

El núcleo duro del PRO la quiere correr de escena. “Están todos deprimidos”, dispara ella. Sus interrupciones en medio del silencio oficial.

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El diagnóstico Carrió es salvaje: “El problema de Cambiemos es la ‘depre’”, sostiene. Por eso el jueves 3 de mayo, en plena crisis del dólar, la diputada fue a Casa Rosada a levantar el ánimo. A sostener, tal como ella lo definió. Las caras largas de los funcionarios mostraban cierto desánimo por una economía a la que no le encuentran la vuelta. Los canales de tevé K jugaban peligrosamente con la imagen del presidente Macri y el helicóptero, para agitar banderas destituyentes. Y los golpes se sentían en la Casa de Gobierno.

“¿Qué les pasa a todos ustedes?”, les decía Carrió, a quien las balas le rebotan: “Yo acabo de volver de Nueva York y el único temor de afuera es a que regresen los Kirchner y su autoritarismo. El resto, todo bien”, completaba la diputada, aunque el país sólo pudiese pensar en el dólar y las tarifas.

“Yo ese día los vi a todos bajoneados”, contó después. Por eso sintió la necesidad de salir a hablar. De bancar el proyecto, aunque utilizara una palabra que iba a herir susceptibilidades: “sostener”. “Nosotros intentamos desdramatizar. Decir que es sólo una corrida cambiaria. No queremos darle entidad y ella se pone en el rol de heroína: en la encargada de bancar no sólo a Macri, sino a la República. ¿Quién cree que es?”, protestó una fuente de la Rosada visiblemente ofuscada con la diputada.

Carrió parece disfrutar de la crisis. Se siente cómoda en los momentos en los que el resto se esconde por supervivencia. “Me gusta la adrenalina de poder sostener”, admitió en un programa de televisión. Sin crisis, se aburre.

“No nos tenemos que callar, hay que discutir lo que se hace mal. Ese es el gran problema de Cambiemos. Porque perjudican a Macri: los presidentes tienen muchos que le dicen que está todo divino”, evaluó en una charla que dio junto a la gobernadora María Eugenia Vidal. Y completó: “Hay que comunicar. Dejen de explicar cómo se gobierna, hay que contar lo que se hace”. Una crítica solapada a su gran enemigo: el consultor estrella Jaime Durán Barba. “El teñido”, para ella.

“Mátenlo a Durán Barba. Tienen mi aval. Mátenlo”, dijo la diputada en una entrevista con Diego Leuco y dejó boquiabiertos a todos. Días después se arrepintió: “Pido perdón. No lo quiero matar. Sólo que se tiña de otro color”.

Carrió es la única rebelde en un gobierno donde la verticalidad y la obediencia al jefe de Gabinete, Marcos Peña, y sus laderos, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, es ley.

Por eso es imposible contenerla, aún cuando se la agarra contra los suyos. “Y… es Carrió”, responden en la Jefatura de Gabinete cuando un ministro se queja porque la diputada los cruzó. En la oficina de Marcos Peña, “Lilita” aún encuentra un aval. Y ella devuelve caricias: “Peña es un mártir”.

En la Casa Rosada, Carrió siempre tuvo su “terapia psicológica”, como la llaman en el núcleo duro. Al menos un funcionario se ocupaba de contarle a la diputada de los pasos que iba a realizar el Gobierno. Mantenerla informada o escucharla, más allá de los llamados personales con el Presidente. Contenerla. Hasta tiene su línea directa con el enemigo acérrimo, porque odia a Durán Barba, pero respeta a su socio Santiago Nieto.

“Lilita” habla asiduamente con Macri. Incluso se da el lujo de no atenderlo cuando está ocupada, como sucedió en su último viaje a Nueva York. La diputada estaba en una sesión de manicura cuando sonó su celular (que nunca tiene encima). “La doctora no puede atenderla. Se está haciendo las manos”, le respondieron al primer mandatario antes de colgarle.

El último funcionario al que dirigió sus dardos fue el ministro de Energía, Juan José Aranguren. “Lilita” le había pasado un cuestionario de preguntas para Aranguren y después se reunió con él. “No va a haber más aumentos en el año”, le anunció luego a su público de clase media, el que más la sigue y respeta. El ministro se enojó: “Que yo sepa, ella no es el Gobierno”, le dijo a los suyos. Los laderos de “Lilita” insisten con que la frase existió, que Aranguren la dijo en presencia de varias personas que ofician de testigos. En la Casa Rosada contestan que, de todas maneras, no era Carrió quien debía dar esa información.

Nadie se anima a darle veracidad a los dichos de la diputada: ¿qué va a pasar si hay nuevos aumentos en el segundo semestre? “Lilita” va a defender con uñas y dientes su afirmación. En el Gobierno temen que tire demasiado de la cuerda.

Desde adentro. ¿Qué hacer con Carrió? Los problemas puertas adentro lucen solapados con tanto revuelo en el exterior. Pero existen. El punto de quiebre, sostienen quienes no imaginan a “Lilita” afuera de la Coalición, surgió el jueves 3 en plena corrida cambiaria, cuando la orden que bajaba era no remover las aguas. Las cámaras de televisión estaban sedientas de algún movimiento, apostadas detrás de las rejas de Balcarce 50. Y allí llegó “Lilita” para que se alimentaran todo tipo de rumores.

Horas después hizo declaraciones en su cuenta de Twitter: “Quiero llevar tranquilidad a toda la Argentina”. Su bendición cayó pesada entre los funcionarios que cumplían la orden de permanecer en las trincheras.

“Que no nos defienda más”, pidió un ministro con ironía. Las imágenes hablan. Y aquella entrada intempestiva de Carrió por la puerta lateral de la Casa de Gobierno hizo tejer todo tipo de especulaciones. El recuerdo del 2001 todavía sensibiliza a la ciudadanía. Y ella, ese día, no colaboró con la causa.

Por lo pronto, Macri ensayó dos castigos. El primero, personal. Fuentes cercanas al Presidente dicen que no la fue a saludar las últimas dos veces que la tuvo cerca: en la Casa Rosada y en Olivos el día posterior, cuando almorzó junto a Marcos Peña. En ambas oportunidades estuvieron a metros de distancia, pero no hubo cruces. El segundo castigo fue no haberla incluido en el giro político que le dio a su mesa chica en los últimos días. Reaparecieron Emilio Monzó y Rogelio Frigerio y los radicales Gerardo Morales y Ernesto Sanz (el otro fundador de la coalición junto a Macri y Carrió). De “Lilita”, ni noticias. Ella, como Don Quijote, siguió por su cuenta y en soledad.

En el peronismo miran cada intervención de la explosiva diputada con la esperanza de que un error no forzado ponga en jaque la alianza. “En un momento va a incendiar todo. Hay contradicciones que no puede evitar, como que en el 2002 se plantó frente al FMI y ahora tiene que admitirlo”, se confían en el PJ. También juegan a comparar a Carrió con Carlos “Chacho” Álvarez, el ex vice de Fernando de la Rúa que renunció, restándole poder al ex presidente caído en desgracia.

“Es que Lilita está desestabilizada”, acota una fuente peronista en off. Y cuenta que hay un chiste que se repite por lo bajo, porque es moralmente incorrecto y puede herir susceptibilidades: “Pobre Macri. Quedó encerrado entre Lagarde y La Gorde”.

En el PJ saben que Carrió es una trampa doble: porque si no rompe con Cambiemos, se puede convertir en un factor determinante en la próxima elección. Durante las legislativas del 2015, fue una de las protagonistas de la campaña. Recorrió el país como una rock star y ayudó a nacionalizar la elección. “Creen que soy una atracción turística”, se reía mientras se sacaba una de las miles de fotos. “Me dejé usar, pero todo sea por la República”, analizó tiempo después de aquella gesta en la que Cambiemos volvió a derrotar al kirchnerismo. Por eso su entorno confía en que ella nunca va a romper con el Presidente: porque le tiene piedad. “Lo tengo que ablandar al ingeniero”, insiste. Tiene un objetivo que supera a ambos: “Yo voy a hacer de Mauricio el mejor presidente de la historia. Lo quiera o no lo quiera él”, se repite.

Salud. Por primera vez en cinco años, “Lilita” no va a dar clases en su casa de estudios, el Instituto Hannah Arendt. Está cansada y con otros objetivos. “Tenés que estar”, le pidieron y “Lilita” se apiadó.

-Una vez cada dos semanas voy a entrevistar a un político, ese va a ser mi aporte.
-¿Por quién querés empezar? -le preguntaron
-Por Vidal. Es que la admiro. Bueno, no. No hay que admirar a nadie, porque se agrandan. La quiero.

La gobernadora de Buenos Aires le produce un amor especial. “Nosotros somos parte del sistema, ella es emergente. Es el futuro”, sostiene Carrió. Por eso la pidió como primera entrevistada. Empezaron a programar la conversación semanas antes de que estallara la corrida del dólar, de que las tarifas ocuparan la agenda de los medios y de que Macri decidiera recurrir al Fondo Monetario Internacional. Pero decidieron dejar fija la agenda, aunque la charla debiera desarrollarse apenas terminado el Super Martes 15, cuando vencía el plazo de las Lebacs. El día que el Gobierno dio por superada la crisis.

Hablaron para los alumnos y los profesores del Instituto durante una hora en el Hotel Tribeca, en el centro porteño. Y el dato que llamó la atención de su gente de confianza es que no pidió ningún cigarrillo. “Estás fumando menos”, le dijeron. Ella asintió desinteresada. Igual, no lo piensa dejar: “Olvídense. El cigarrillo es mi marido”. Suele ver a sus médicos y hace un poco de ejercicio: caminatas (muy esporádicas) por su barrio, Chacras de la Cruz.

Cada vez pasa más tiempo acostada. “Así trabajaba Churchill”, explica ella si alguien la ve recostarse en el sofá de su casa o en sillón del Salón Rojo del Congreso, donde Monzó la autorizó a entrar cuando quiera, como excepción.

Se siente vieja, pero no le tiene miedo a la muerte. “Irme con Dios sería lo máximo”, desafía. Pero todavía le queda mucho por hacer.

En la alegoría religiosa que Carrió utiliza para describir la Argentina actual, el pueblo debe reescribir sus reglas: los 10 mandamientos. “Eso es lo que ‘Lilita’ llama el nuevo contrato moral: no robar, no mentir, no matar y no usar a los pobres”, explican los “lilitos” sobre su objetivo último en la vida.

El Gobierno, por su parte, necesita surfear la ola y pasar la crisis. El problema, ya se puede vislumbrar, será cuando pasen las malas y sea tiempo de construir. “Lilita” ya avisó: “Yo sirvo para esto. No sirvo para la victoria, sirvo para los momentos difíciles”.

Carrió piensa que está donde tiene que estar, aunque luego le diga a NOTICIAS: “Siento vergüenza ajena y propia”, como sentenció cuando la revista reveló la evasión y el blanqueo que realizó el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, días antes de entrar en funciones.

El núcleo duro del Gobierno evalúa respuestas para una eventual crisis interna, tras la tormenta económica. Saben que “Lilita” aburrida, y sin protagonismo, puede ser letal.