Menú
Cultura / 24 de mayo de 2018

Mayo del 68: A 50 años del tsunami

Un análisis de las consecuencias de la revolución que tuvo a los jóvenes como protagonistas y “prohibido prohibir” como lema.

Por

Se cumplen 50 años de la revolución de Mayo de 1968, nave insignia de las revoluciones que sucedieron en esos días y que dejaron una huella perdurable en la sociedad Occidental. No se puede entender la actualidad sin tratar de comprender esa avalancha de movimientos subversivos en contra de un orden establecido que se desmoronaba arrastrando consigo a las alternativas de izquierda que quisieron transformarlo.

A principios de los ‘60 las dos Iglesias que dirimían qué era verdadero o no entraron en crisis: la Iglesia Católica y el PCUS (Partido comunista soviético). En 1962 se celebró el Concilio Vaticano II que introdujo reformas en la teología y la organización de la Iglesia Católica que la volvieron menos dogmática. Al mismo tiempo con el rompimiento de China con la URSS aparecieron en todos lados partidos maoístas que enfrentaron a los Partidos Comunistas. Los medios de comunicación mostraron una verdad: el hombre comunista anunciado por Heller y el hombre nuevo cubano no existían. Lo que había era una política opresiva de los soviéticos que se expresó en la invasión de Hungría y en la represión a la Primavera de Praga.

La nueva generación nacida de las mujeres que usaron masivamente métodos anticonceptivos desde 1950 cuestionaba los modelos de la economía y la política del sistema, y la lógica de una izquierda que parecía caduca. Rechazaba al estalinismo chino, al conservadorismo soviético y creían en un difuso sentimiento de izquierda que estaba más cerca de las ideas de los hippies que de “El Capital”. Los líderes de la revuelta pidieron conformar un Partido Mundial de la Juventud, algunos les creímos y formamos grupos en los que dijimos que quien cumplía 25 años se convertía en traidor. No nos dimos cuenta de que la juventud es un estado transitorio que se desvanece, no una condición permanente.

No había objetivos claros. Como los “Seis Personajes en Busca de Autor” de Pirandello, que existían antes de que les escriban e iban al teatro para que les integren a un relato, los jóvenes mezclaban reclamos cotidianos con metas utópicas, ideas marxistas con fourerianas, surrealistas, anti psiquiátricas. Criticaban al sistema académico caduco, pedían nuevos reglamentos para las residencias estudiantiles, repudiaban al estalinismo, al comunismo y al capitalismo. No pretendían desarrollar una nueva teoría, sino cambiar el mundo sin preocuparse de entenderlo. Creían que los nuevos sujetos de la historia no eran ya los proletarios que se habían integrado al sistema. En la nueva utopía los líderes eran los estudiantes, los jóvenes, los transgresores de la sexualidad, los que se atrevían con las drogas, los que creían en la locura como una alternativa para construir una verdadera lógica revolucionaria. Por eso difundieron el “Nuevo Mundo Amoroso” de Fourier, las “Carta a los Poderes” de Antonin Artaud, los textos de David Cooper, Ronald Laing, rindieron culto a Timothy Leary que ofrecía ampliar los límites de la realidad con el LSD. No se trataba de hacer una revolución dentro de los límites de la sociedad en que vivían, sino de expandir la realidad que había sido ocultada por una conspiración del capitalismo y la CIA, en la que debían tener espacio los ovnis, las sensaciones psicodélicas, los “ooparts” del Retorno de los Brujos.

Este deseo de “ser realistas viviendo lo imposible” convivía con la admiración por los guerrilleros tercermundistas, los radicales negros de Estados Unidos y las revoluciones de China y Cuba.
Francois Missoffe, Ministro de Juventud y Deporte de Francia publicó un “Libro Blanco” criticando a los jóvenes. Cuando fue a inaugurar una piscina en Nanterre, los jóvenes le rechazaron y Daniel Cohn Bendit, estudiante de la escuela de sociología le criticó en un encendido discurso. Poco después, apareció encabezando a grupos que tomaron la residencia de las estudiantes universitarias, cuestionando las normas que impedían que los varones accedan al edificio pasadas las 7 de la noche. Nació el Movimiento 22 de marzo, que movilizaría a los estudiantes cuando sus dirigentes fueron a declarar ante el Comité de Disciplina de la Universidad. Se produjo un enfrentamiento que culminó en la “Noche de las barricadas” que convirtió al Barrio Latino en el centro de las protestas y a Daniel Cohn Bendit en el líder legendario del movimiento. En un país en el que estaba difundido un sentimiento antisemita y un enorme resentimiento con Alemania, cientos de miles de jóvenes salieron a las calles gritando “todos somos judíos alemanes” solidarizándose con Daniel.

Es difícil explicar por qué estalló en ese año una ola de sucesos excepcionales tan distintos. Aparecieron en Alemania las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof, en México ocurrió la Masacre de Tlatelolco, en abril fue asesinado Martin Luther King, en junio Robert Kennedy. Los soviéticos invadieron Checoslovaquia para reprimir la Primavera de Praga, los jóvenes chinos realizaron una revolución cultural incomprensible alentados por la esposa de Mao y la “Banda de los cuatro”.

La guerra de Vietnam tuvo una escalada. Los invasores la perdieron cuando se difundieron las fotografías de Eddie Adams denunciando la crueldad de los anti comunistas en la ofensiva del Tet y la matanza de My Lai. Las imágenes comunicaban más que mil discursos. Los estudiantes protestaron en Berkeley y en otros campus universitarios. Muchos jóvenes se unieron a la protesta en el mundo. Mick Jagger participó en las manifestaciones en contra de la guerra que se organizaron en Londres, como lo hicieron otros miles de artistas y jóvenes. La música y concretamente el rock se convirtió en una de las principales herramientas de la subversión.

En 1979 se realizó el festival de Woodstock, una manifestación de música, nudismo, drogas, rock, LSD y marihuana, que reunió a medio millón de jóvenes que querían “hacer el amor y no la guerra”. El concierto fue una suerte de continuación del Mayo francés, porque expresaba a una generación asqueada de la guerra, de las mentiras de los políticos, de la moral pacata de sus mayores. La consigna fue “Peace, Freedom, Happines”. Country Joe’s cantó “Vietnam War Time Song”, Jimi Hendrix el himno norteamericano con una guitarra eléctrica. La revolución de la música se expresó con manifestaciones de todo tipo, que en nuestros países fue desde los Inti Illimani a los Abuelos de la Nada, de Mercedes Sosa a Charly García, Fito Páez y Andrés Calamaro

En 1968 se inauguró en Brodway el musical “Hair”, un himno a la cultura hippie que promovía la revolución sexual, la paz, el amor, el uso de drogas, e incluía algunas escenas con desnudos integrales de los actores.

Solamente en el teatro Biltmore se hicieron 1472 representaciones, y también se presentó en muchas ciudades del mundo entre las que estuvo Buenos Aires. Algunas de sus canciones perduraron como “Let the Sunshine In”, en la que hacen un homenaje a Timothy Leary, un líder mítico de esa generación. Profesor de Harvard, Leary experimentó con el LSD que recién aparecía, con algunos de sus amigos como Allen Ginsberg, Aldous Huxley, Arthur Koestler, Wilhelm Reich, Ken Kesey, Jack Kerouac, Marshall McLuhan, John Lennon, Yoko Ono. Fundó una religión cuyo santo sacramento era el LSD, lo que le llevó a la cárcel. En cuanto quedó libre anunció su candidatura para gobernador de California, para enfrentar a Ronald Reagan. Cuando les contó a Lennon y Yoko Ono que su lema sería “come together, join the party”, ellos compusieron el gingle de la campaña, que después se convirtió en una de las canciones más conocidas de los Beatles: “Come together”.

Las consecuencias de las revoluciones de los 60 fueron enormes. En el texto de E.J. Dionne Jr., “Why Americans Hate Politics” se hace un análisis de estos movimientos y su relación con el Neo Conservadorismo. En 1988 Cohn Bendit produjo una película y un libro llamados “Nosotros que tanto amábamos la Revolución” con entrevistas a varios líderes de las revoluciones de 1968 que proporciona materiales para pensar sobre un tema distorsionado por prejuicios de todo tipo.

 

*Licenciado en Filosofía Escolástica y miembro del Club Político Argentino. Asesor político, es autor de varios libros, entre ellos, “El arte de ganar”.