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Política / 12 de agosto de 2018

Cristina – Boudou: la fórmula en desgracia

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Cristina Kirchner volvió a hablar. Fueron 27 minutos. Su voz se escuchó en el debate en el Senado, pero sólo se refirió al proyecto trunco de legalización del aborto. No hubo referencias a la corrupción que la tiene arrinconada tras la aparición de los cuadernos de las coimas K, el inminente debate parlamentario para sacarle sus fueros y la condena a su ex vice, Amado Boudou.
Apenas hubo un guiño de la ex presidenta, en la madrugada del jueves 9: “Como gobernantes asumimos posiciones que rompen un poco el statu quo, eso nunca es gratis”. La defensa fue la de siempre: la avanzada judicial no es más que una operación política. Pero los golpes se sintieron fuerte en la trinchera de Juncal y Uruguay, el departamento adonde llegaban los bolsos y que ahora ocupa la ex presidenta. No la vieron venir.

El kirchnerismo es un volcán en plena erupción. Las novedades se acumulan hora tras hora. Y se distribuyen a través de mensajes en los celulares del entorno K: ex funcionarios arrepentidos, dirigentes que piden declarar y otros que hasta admiten delitos.

Mientras tanto, en el Servicio Penitenciario viven cada intervención de la Justicia como un partido del Mundial. Todos agolpados detrás de un televisor, porque allí se enteran si los imputados, procesados o condenados quedan o no detenidos. Cada vez que Comodoro Py decide dejar a un ex funcionario entre rejas, tienen que hacer malabares para acomodarlo en una de las pocas celdas libres que quedan en los pabellones reservados para el programa IRIC, para presos por corrupción.

Contra las cuerdas. Cristina tendrá que volver a Comodoro Py. Será por la causa de los cuadernos K, el 13 de agosto, cuando ya hayan declarado los demás imputados.

La ola de arrepentimientos se fue expandiendo. Tanto que hasta el ex juez Norberto Oyarbide se acogió al régimen especial, luego de contar que le “apretaron el cogote” para que cerrara la causa por enriquecimiento ilícito del entonces matrimonio presidencial. Tras ubicar a Néstor como el responsable de la maniobra, juntó fuerzas en su casa y el jueves 9, al cierre de esta edición, se sentó de nuevo frente al fiscal Carlos Stornelli para escupir todo.

Los empresarios eligieron acogerse al régimen de los arrepentidos, pero contando que el dinero que entregaban era para la campaña y no para el bolsillo de los funcionarios. Un argumento endeble que, al menos por ahora, la Justicia decidió aceptar. Y que les cayó como un bálsamo a los funcionarios K: Juan Manuel Abal Medina, el ex jefe de Gabinete de Cristina, fue el primero en utilizarlo. Se presentó el mismo jueves ante el juez Bonadio y recitó la coartada: no eran coimas para enriquecerse, era dinero negro para hacer política. Aunque se cuidó de refutar la versión de los empleados sobre la extorsión: “Las entregas eran voluntarias”, aseguró.

Germán Nivello, quien fue segundo de José López en la Secretaría de Obras Públicas, también admitió la veracidad de lo que escribía en sus cuadernos el chofer de Roberto Baratta, Oscar Centeno. Pero fue por la misma vía que el resto: no habló de sobornos, sino de aportes para las sucesivas campañas. Su jefe, José López, también pidió declarar, pero por su propia causa, la de los bolsos en el convento. La furia por hablar parece imparable.

Si la maniobra prospera, ex funcionarios y empresarios se aseguran la libertad: la asociación ilícita quedaría resumida a un simple delito electoral. Negocio para todos.

El frenético ritmo de arrepentidos se vivió con atención en el búnker de la ex presidenta. Y la condena y posterior detención de su ex compañero de fórmula, el martes 7, también impactó.

No hubo llamado entre Cristina y su vice. “Ellos ya no hablan. Tenían a Juliana Di Tullio de intermediaria, pero no se dirigieron más la palabra”, cuentan en el entorno de la ex presidenta. De todas formas, Cristina sabe que las balas están picando demasiado cerca.

Vuelta a Ezeiza. “Inmediata detención” fueron las dos palabras que cayeron como una bomba para el ex vicepresidente Amado Boudou. Había llegado a la sala del Tribunal Oral Federal número 4 sobreactuando tranquilidad. Sabía que la condena era inminente, pero no tenía dudas de que podría seguir apelando el juicio en libertad. “No lo esperábamos”, confesaron en su entorno.

Cuando se leyó la sentencia, que lo condenó a cinco años y diez meses de prisión por cohecho en la causa Ciccone, el ex vice se puso colorado de la furia. “Le agarra un ataque”, se rieron por lo bajo los funcionarios del Gobierno presentes en la sala.

No hubo vuelta a su departamento de Barracas, donde lo esperaba su mujer mexicana con sus mellizos de siete meses. Apenas algunas horas de espera para que el Servicio Penitenciario se organizara y un traslado inmediato a Ezeiza, ese lugar del que había salido siete meses atrás.

El primer día, lo visitaron su mujer y su abogado. Ahora intenta reacomodarse a la vida carcelaria que ya había probado, en una celda similar a la que había usado, donde había un escritorio con algunos libros, fotos de su familia y un caño que oficiaba de perchero del que colgaba su ropa deportiva. Ningún lujo.

Podrá recibir dos visitas de los suyos por semana y a su abogado tantas veces como lo requiera. “Los cuadernos nos mataron. Eso los envalentonó”, dijeron desde su entorno. Alrededor de Cristina vivieron en silencio los acontecimientos.

La Justicia movió el panal kirchnerista y las abejas parecen volar enloquecidas, sin rumbo. Esta vez, la reina está más desprotegida. Sabe que en cualquier momento puede caer.