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Cultura / 17 de agosto de 2018

Idioma y política: lenguaje para todEs

¿Adoptaremos por mayoría una lengua que respete las variantes de género? ¿O se trata sólo de una moda para adolescentes? Opinan los especialistas.

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Foto: Juan Ferrari.

Señala la incomodidad a partir de producirla: Todos y todas, todxs, tod@s o todes son variantes de un proceso que viene gestándose hace décadas y que, a partir del debate por la legalización del aborto en la Argentina, quedó desplegado en la agenda pública nacional. Las luchas del feminismo y de los movimientos por la diversidad sexual y de género se plasman también en relación a cómo hablamos y pone en evidencia el poder que materializan (o esconden) las palabras. Por un lado, se intenta garantizar “el cupo femenino” en el lenguaje y, por otro lado, detonar el concepto del binario masculino/femenino. ¿Por qué “algunes” se embanderan, “otres” se atacan y “todes” estamos “atravesades” por esta cuestión?

Quién dice qué. El lenguaje inclusivo tiene defensores y detractores que se replican en coyunturas particulares (y globales) de otros países hispanohablantes, como España, Colombia, Chile, Perú, Uruguay y Venezuela. El fenómeno sucede en otras lenguas. Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras, señala ejemplos: la Academia Sueca introdujo en su glosario de referencia el pronombre neutro “hen”, usado desde hace décadas entre los colectivos feministas y adoptado por la comunidad transexual; en Francia, el revuelo que ocasionó un manual escolar que integraba las terminaciones y optaba por una escritura “no sexista” provocó la prohibición del lenguaje inclusivo en textos oficiales a fines de 2017; en inglés, también se está dando pelea con el uso del pronombre “they”.

“En español, el masculino genérico es tan omnipresente a todo nivel de la comunicación que los colectivos feministas se enfocaron en ese rasgo gramatical como un punto de partida para encontrar una configuración discursiva para su lucha”, dice Kalinowski. No se trata de renombrar a los objetos –nada de “meses y silles” como parodian algunos- sino de poner en cuestión que el género masculino sea suficiente para incluir al resto.

Dora Barrancos, socióloga y feminista militante, explica que, desde la aparición de la “segunda ola” feminista, en los años ’60, ha habido preocupación por eliminar los sesgos sexistas del lenguaje. “El lenguaje nos constituye como sujetos, de modo que la corrección del idioma para eliminar los enunciados de sujeto “no marcado” -que corresponden a la dominancia masculina- es una tarea de enorme significado para ganar equidad entre los géneros”, asegura. Para Karina Galperín, doctora en Letras, el escenario actual es producto de una confluencia de incomodidades, “porque el genérico violenta la diversidad sexual y la presencia femenina. Tenemos claras las incomodidades pero no las soluciones”.

Se va a caer. Ante la esgrima verbal y argumentativa de quienes defienden y de quienes se espantan, Martín Menéndez, doctor en Letras y director del Instituto de Lingüística de la UBA, redirecciona las coordenadas del debate: no se trata de si es correcto o incorrecto, porque no es un problema moral ni teológico, sino de si es posible y si puede perdurar. “No sabemos si la variante de orden estándar (“todos”) y las subestándar (“todos y todas”, “todxs”, “tod@s” y “todes”) van a convivir con esferas de significación superpuestas o distintas. Es un momento lingüístico muy productivo y atractivo, más allá de que ocasione cierto grado de incomodidad. Lo que está en cuestión es el problema de género y de la diversidad de identidades”, afirma.

Las formas de discriminación hacia las mujeres en las gramáticas y en los diccionarios han sido múltiples, en consonancia con las actitudes y costumbres en distintos momentos históricos. Hasta 2014, por ejemplo, el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) definía el verbo “gozar” como: “Conocer carnalmente a una mujer”. Actualmente fue modificado por: “Dicho de una persona: Tener relaciones sexuales con otra”. Así, se evita el machismo y se abre el paraguas para la diversidad sexual. El director de la RAE, Darío Villanueva, declaró en una entrevista al diario El País que el problema está en confundir la gramática con el machismo. También califica a la corrección política como a una forma de censura perversa y se queja de que determinados grupos le exijan a la RAE que se retiren distintas acepciones del diccionario. “Si las palabras están ahí, es porque la gente las usa. El problema es hacer un diccionario sólo de palabras bonitas. Las palabras sirven también para ser un canalla”, sostiene Villanueva. “La RAE ejerce un poder normativo androcéntrico y es una institución misógina. Las reglas para mantener la ‘pureza’ del idioma castellano están perturbadas por el flujo real de la vida”, contrapone Barrancos.

Argentinos y argentinas. Hace diez años Cristina Fernández de Kirchner introdujo en sus discursos el “todas y todos”. A esta altura, la fórmula se ha incorporado en la vida cotidiana. En realidad, ya en la Convención Nacional Constituyente de 1994, había quedado establecido que: “Es un derecho inalienable el poder nombrar y ser nombrado y nombrada con respeto a la propia identidad. Cuando el lenguaje común universaliza el masculino como patrón para abarcar toda la realidad, expresa a través de la lengua el estado de discriminación de la mujer”. De hecho, en julio de 2015, la Cámara de Diputados de la Nación presentó una “Guía para un lenguaje no sexista e igualitario”. ¿Por qué después de años sigue provocando la burla, la irritación o la condena en tantos sectores? “Creo que la alarma, la ansiedad y la confusión que rodea el lenguaje inclusivo tiene que ver con que es algo que carece de antecedentes reconocibles para la opinión pública. Nunca antes esas formas de intervenir el discurso público habían apuntado a algo gramatical como en este caso”, explica Kalinowski. Para Valeria Paván, psicóloga a cargo del Área de Salud de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina), tanta dificultad en organizar el universo inclusivo tiene que ver con la resistencia como sociedad a “transicionar a un modo más amplio que el binario masculino/femenino. Si usamos el ‘todes’ es en función de la inclusión y de que la vida del otro sea más habitable, porque no todos se identifican con lo masculino o femenino”, afirma.

La academia subraya que el “todas y todos” atenta contra el principio de economía de la lengua: en tanto que el masculino gramatical es un “género no marcado”, resulta un género inclusivo del femenino. Pero, si por un lado, como explica Santiago Kalinowski, las lenguas no necesitan que alguien las valide y los hablantes no piden permiso para adoptar una palabra o abandonarla; por el otro, quien dice “todas y todos” o “todes” se pronuncia más allá de la norma y sus principios. “Hay que entender la dimensión política del lenguaje como algo inherente. Por eso la redundancia gramatical de ‘todos y todas’, por ejemplo, puede ser muy productiva sociológica o ideológicamente. Es una utilización política de la gramática”, enfatiza Martín Menéndez. Como docente, si un alumno suyo utiliza el inclusivo, entiende que está optando por una variante de orden subestándar, que es un gesto político, y la respeta.

El pedagogo Paulo Freire, en su libro “El grito manso” (Siglo XXI Editores, 1996), expresa: “Siempre digo hombres y mujeres porque aprendí hace ya muchos años, trabajando con mujeres, que decir solamente hombres es inmoral. De niño, en la escuela, aprendí otra cosa: aprendí que cuando se dice hombre se incluye también a la mujer. Aprendí que en gramática el masculino prevalece. Es decir que si todas las personas aquí reunidas fueran mujeres pero apareciera un solo hombre, yo debería decir ‘todos ustedes’ y no ‘todas ustedes’. Esto, que parece una cuestión de gramática, obviamente no lo es. Es ideología y a mí me llevó un tiempo comprenderlo”. Niñxs, niñ@s o niñes. Hace cuatro años que Rodrigo Torres, integrante del colectivo de Varones Antipatriarcales, y Agustín Toloza llevan adelante la librería online Oasis Cuentos para Niñxs, especializada en literatura no sexista. “En la literatura infantil aparecen estereotipos impuestos por la cultura patriarcal, que colaboran en la reproducción de estereotipos de género y discriminación por exclusión, subordinación o degradación. Este es un modo de mostrar que existen otros mundos más allá del de nene y nena, romper con los mandatos de la heterosexualidad obligatoria y que les niñes no se sientan soles en la contienda”, explican.

Oscar Conde, Doctor en Letras y miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, sostiene que son los menores de 25 años los que inventan el 99% de las palabras. “Los adolescentes tienen naturalizado el lenguaje inclusivo y eso se entiende por su modo desprejuiciado de vivir la sexualidad. Para ellos, no se trata de varones o mujeres sino de personas. Y hay que estar dispuestos a pensarlo en relación a la lengua”, dice. Desde la CHA, Paván trabaja con el lenguaje inclusivo en los colegios, sobre todo cuando acompaña a la infancia trans y a sus familias. La psicóloga aclara que habrá quien se sienta a gusto identificándose como niña o niño trans y quien, porque aún esté transicionando o porque se identifique con el género fluido, prefiera “niñe”. Si Oasis Cuentos para Niñxs se inauguró con15 títulos, todos importados; ahora dispone de 140, producidos en el país por unas 20 editoriales cooperativas y sellos pequeños, la mayoría escritos en lenguaje inclusivo y todos con perspectiva de género.

Romina Ferrer, es ilustradora, militante feminista y autora de “Feminismo para chic@s” (Sudestada). Cuando en febrero pasado la editorial le propuso hacer un libro con esa temática, decidió escribirlo en lenguaje inclusivo. A poco del lanzamiento, considera que la “x” y el “@” quedaron obsoletos. “Hace un tiempo que yo venía usando ‘@’ y ‘x’, pero creo que era no terminar de animarme, no entender bien qué implicaba. No sólo son impronunciables sino que para personas no videntes, esas teclas disparan a una dirección o un contacto, entonces es un impedimento para ellos, para elles”, se corrige. Tan en construcción está este proceso que surgen diferencias al interior de sus adeptos. “Hay feministas que dicen que la ‘e’ nos vuelve a silenciar y en realidad no, porque no se utiliza si somos todas mujeres. Lo que se acuerda es que esa letra se corre de la binaridad, son convenciones”, afirma Ferrer. Sin embargo, para Rodrigo Torres, el todes en la escritura no es inclusivo sino binario. “Yo uso la ‘x’ para la escritura y la ‘e’ para la oralidad. La ‘x’ remite a lo trans y amplía el escenario al no binario. Por eso nuestra librería es para niñxs”.

Santiago Kalinowski opina que quien escucha o lee la fórmula de inclusión se ve interpelado sin importar que se haya elegido “e”, “@” o “x”: “El objetivo se alcanza más allá de esas diferencias. Puede ser que con el tiempo se vayan consolidando unas variantes y perdiendo otras, es algo que deberán negociar quienes usan las fórmulas en su desenvolvimiento público cotidiano”. En los últimos tiempos, Ferrer empezó a usar la “e”, impulsada por su hija, de 8, y por su hijo, de 10 años. Cuenta que hace poco el profesor de Educación Física de su niña dijo: “Chicos, silencio”. La nena siguió hablando y riéndose. El maestro levantó el guante y repitió el pedido pero con otra fórmula: “Chiques, silencio”. La nena le agradeció por haber dicho “chiques” y se calló. “Ella sabe que la banco y que puede quedarse sentada si le dicen: ‘Chicos, salgan al recreo’. Hablo mucho con ambos”, dice y vuelve a corregirse: con “ambes”.“Es difícil usar el inclusivo porque nacimos en esta cultura patriarcal y el lenguaje es parte fundacional.

Cuesta deconstruirlo tan rápido, me resulta más fácil hacerlo por escrito”, confiesa. Si la militancia gramatical de sus hijos no le trajo problemas en la escuela, sí sufrió pérdidas en su propio círculo. “Comprendo que hay gente que está en distintos lugares, entonces tampoco me desentiendo de que me interpelen o que les parezca raro o extremista. Pero eso te deja de importar cuando entendés que estás militando contra la desigualdad y por la justicia social”.

¿Moda o bisagra? Los especialistas coinciden en que la respuesta la dará el tiempo. “El uso de los hablantes va a determinar que se imponga o no y en eso se juega el principio económico y práctico. Ninguno de estos cambios afectan al sistema lingüístico, agregan una opción pero no cambian la estructura morfológica del español”, sostiene Menéndez. “Es importante que se debata y que quede en evidencia que la lengua da cuenta de ciertas jerarquías y cuestiones de poder. Así como no fue una moda el ‘todos y todas’, me parece que esto también se va a instalar, aunque no sé si de esta manera”, opina Gabriela García Cedro, doctora en Letras y docente universitaria, quien resalta que el lenguaje inclusivo se inscribe en un marco mayor: el Ni una menos, la discusión por la legalización del aborto, el cuestionamiento acerca de los “juguetes para varones” y “juguetes para nenas”, la ley del matrimonio igualitario o la de identidad de género, entre otras cuestiones. Santiago Kalinowski coincide con la potencia del fenómeno. “Llamarlo ‘moda’ sería banalizar uno de los eventos más relevantes del presente. Tampoco hay que concluir rápidamente que la codificación gramatical va a acompañar algo que es esencialmente una estrategia discursiva diseñada para lograr un cambio social y cultural”. García Cedro recuerda las resistencias que provocó el voseo y cita la frase de Roberto Arlt, “Rajá, turrito, rajá”, en “Los siete locos” (1929), como una de las primeras manifestaciones en la literatura. “Aun en los ´80, las maestras corregían los cuadernos con frases del estilo ‘Sigue así’ y los adolescentes escribían poemas usando el tú”, señala. ¿El lenguaje inclusivo podría sistematizarse al punto de ingresar en la creación literaria? “Al voseo le costó mucho. Al principio, quedaba reservado para los personajes, quizás se dé algo así con el inclusivo”, dice García Cedro.

Ahora bien, utilizar el “todes”, ¿produce una sociedad más inclusiva? Para Martín Menéndez, si bien el lenguaje crea las condiciones de posibilidad de algo, el sexismo no pasa solo por un cambio de sonidos sino por el tipo de estrategias que usen los hablantes. “Porque puedo usar lenguaje inclusivo y reproducir mecanismos del patriarcado: hay sectores que en defensa del inclusivo, no incorporan la opinión del otro y sostienen un pensamiento dogmático más que uno crítico. Eso me parece peligroso, porque entonces se convierte en un cambio cosmético”, resalta.

Es un hecho: la avenida por donde corren los sentidos está en refacción. Y el tradicional cartel de “Hombres trabajando” ya no alcanza para explicar lo que sucede.

 

Fotos: Juan Ferrari.