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Política / 6 de septiembre de 2018

Así sufren los tumberos K

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Los que ahora viven dentro de los complejos penitenciarios de Ezeiza y Marcos Paz sienten poco los aumentos del dólar o la suba de la tasa de interés. La vida en esas prisiones en las que, al momento del cierre de esta edición, pasaban su tiempo 13 ex funcionarios, 16 empresarios o pseudoempresarios y dos sindicalistas, es muy rutinaria. Les dicen a qué hora levantarse, a qué hora comer, a qué hora dormir, qué días ver a su familia, y los únicos sobresaltos que tienen son cuando ocurren hechos fuera de lo normal, como los recientes robos de libros que sufrió el ex general César Milani, la trompada en el pómulo derecho –según el parte médico– que recibió Fabián De Sousa por parte del “pendenciero” sindicalista Medina –así lo denominan en el Servicio Penitenciario Federal–, o las continuas quejas que presentan Ricardo Jaime y sus abogados para lograr, finalmente, poder ver los partidos de fútbol.

Encerrados. A las 7 de la mañana, los guardiacárceles que fueron entrenados dentro del Sistema de Intervención para la Reducción de Índices de Corruptibilidad (IRIC) despiertan a todos los internos del módulo 6, que antes de que detuvieran a Julio De Vido, en octubre del 2017, estaba destinado para los reclusos homosexuales. Los 38 agentes que integran el IRIC hacen cada mañana un recuento de los internos y para las 8 los detenidos pueden pasearse por las áreas comunes. La cárcel de Ezeiza se construyó al estilo “americano” y por eso es parecida a las que se ven en las películas estadounidenses: las quince celdas que tiene cada uno de los cuatro pabellones del módulo 6 están una al lado de otra y frente a ellas se sitúa el área común, donde hay una televisión de veinte pulgadas con servicio de cable, un reproductor de DVD, un microondas, un anafe y dos mesas de metal, al lado de un pequeño patio interno de cemento, donde se cuelga la ropa que cada preso lava. Los artefactos electrónicos son los mismos en todos los pabellones salvo en el C, donde José Núñez Carmona, el empresario condenado a casi seis años de prisión en primera instancia por el caso Ciccone, logró meter un horno eléctrico en el que suelen cocinar las cenas. Cuentan ahí que fue un alivio para los reclusos, algo hastiados de la comida rutinaria de la cárcel, y en el pabellón B todavía recuerdan el gran asado que Luis D’Elía –detenido en su momento por el Memorándum con Irán– organizó el 23 de marzo, un día antes de salir en libertad. Luego de la cena, que, salvo excepciones, suele ser una vianda que provee el Servicio Penitenciario, los reclusos vuelven a su celda y para las 10 de la noche los encierran. Esos cuartos miden tres metros de largo por dos de ancho, y contienen un inodoro, una pileta, un escritorio, y una pequeña ventana vertical que les permite ver algo del mundo.

La idea de todos los presos es escaparle como se pueda a la rutina. Boudou, que volvió a entrar a Ezeiza junto a Núñez Carmona, realizó un curso de rearmado de computadoras que dictan en la cárcel, entre otros, y se pasa el día leyendo y estudiando. Los miércoles y sábados –los presos sólo tienen permitidos dos días a la semana para visitas, que son o femeninas o masculinas, y duran un máximo de dos horas– pasan a visitarlo el encuestador Artemio López, el ex vice bonaerense Gabriel Mariotto, los integrantes de la banda La Mancha de Rolando y la periodista Mariana Moyano –ex “678”–, entre otros, y todos ellos coinciden en victimizarlo: “Amado está entero, es un tipo muy positivo, de gran humor, pero sabe que está adentro por un crimen que no cometió y que es un preso político”. A diferencia de su primera estadía en Ezeiza a fines del año pasado, ahora comparte pabellón con su amigo Núñez Carmona, y también están ahí Ricardo Jaime –que cambió a su abogado histórico, Andrés Marutian, hace tres meses, y aún no logró la televisación de los partidos–, Cristóbal López, Fabián De Sousa y, hasta hace poco, Juan Pablo “Pata” Medina y José López, que declaró como arrepentido. El C es un pabellón cargado de figuras, pero hay uno que lo supera: en el D están Walter Fagyas –el ex presidente de Enarsa que cayó por la causa de los cuadernos–, Lázaro Báez y su contador Daniel Pérez Gadín, Roberto Baratta y su secretario, Nelson Lazarte, Rafael Llorens, otro ex hombre fuerte del Ministerio de Planificación Federal, y hasta hace unos días los acompañaban el hijo del “Pata”, Cristian Medina y el ex secretario de Abal Medina, Martín Larraburu. Aunque suena irreal, todos estos nombres comparten su rutina diaria dentro de un cubo de hormigón que mide 30 metros de largo por 10 de ancho. En el A hay varios involucrados en delitos de narcotráfico, y en el B quedaron Carlos Kirchner, primo de Néstor y ex subsecretario K, Jorge Chueco, ex abogado de Báez, y Omar Súarez.

Broncas. En Ezeiza hay una coincidencia que comparten guardiacárceles, abogados y hasta amigos, que lo sufrieron en una visita: el “Pata” Medina es un buscapleitos. “Es malhablado, ordinario, escupe después de comer, bardea, amenaza. Es insoportable, y hasta insultó a los familiares de otro preso durante una visita”, cuentan en esos pasillos. Los malos modos del sindicalista, detenido hace casi un año, acusado de asociación ilícita y lavado de dinero, tocaron techo la noche del 13 de agosto. A las 21.30, Medina cortó una charla por el teléfono que está en el pabellón de pésimo humor, y se desquitó con De Sousa: según el parte médico, el socio de Cristóbal recibió una gran trompada que le dejó un “hematoma” en el pómulo derecho. Núñez Carmona quiso intervenir para separar y cayó también en la trifulca. Como reprimenda, el Servicio Penitenciario castigó a los dos empresarios con 24 horas de encierro, y trasladó a Medina al módulo 1, donde también están los presos que entran al sistema carcelario por primera vez. Las culpabilidades se reparten según a quién se le pregunte: cerca de Medina dicen que De Sousa lo hostigaba por su extracción social, y lo solía descalificar con insultos como “negro de mierda” o “cabecita”, y desde la otra vereda cuentan que el hombre que sigue manejando C5N desde la cárcel estaba comiendo, de espaldas, y recibió la agresión sin mediar palabra. “Es un tipo complicado, le pegó porque estaba enojado”, explican.

Marcos Paz. La otra unidad penitenciaria está construida al “estilo europeo”, en forma de T: hay tres hileras de celdas que se juntan en el medio, donde está el área común y las áreas comunes. Los detenidos famosos ahí alternan entre el módulo 2 y 3, donde rige el IRIC, los guardiacárceles especializados en corruptos: en el primero están los presos del mundo político, Víctor Manzanares, el contador de CFK, Julio De Vido y su cuñado, Claudio “Mono” Minnicelli, y Fernando Esteche. En el otro están alojados los empresarios que cayeron por los cuadernos de Centeno: Gerardo Ferreyra y Jorge Neira, presidente y vice de Electroingeniería, Carlos Mundin, presidente de BTU, Claudio Glazman, presidente de la Sociedad Latinoamericana de Inversiones SA, Néstor Otero, el empresario que tenía la concesión de la terminal de Retiro, Sergio Taselli, histórico empresario ligado a la explotación del servicio de ferrocarriles, y Francisco Valenti, director de Industrias Pescarmona, que al momento del cierre de esta edición negociaba con el juez Claudio Bonadio para declarar como arrepentido y lograr así la excarcelación. Rodolfo Poblete, directivo del Grupo Romero, Carlos Wagner, presidente y ex presidente de la Cámara Argentina de Construcción, y Armando Loson, presidente de Albanesi SA, también pasaron por esa prisión, pero lograron la excarcelación gracias a “arrepentirse” ante Bonadío y aportar información para la causa.
Varios abogados que patean Marcos Paz hace años se divierten: “Con la plata que hay en el módulo 3 construís diez cárceles como esta”. El único que desentona en ese pelotón es el general Milani, ex jefe del Ejército durante la última presidencia de CFK. Patrocinado por su abogado Gustavo Feldman, consiguió a fines de julio el traslado a Marcos Paz: según había denunciado el militar, su vida era imposible en el módulo 4 de Ezeiza, donde estaba alojado con otros convictos detenidos por crímenes de lesa humanidad. “Lo hostigaban, le hacían la vida imposible”, relata Feldman, y cuenta que hasta le llegaron a robar pertenencias personales y libros.

La vida en Marcos Paz es igual de rutinaria que en Ezeiza, pero los empresarios están haciendo lo imposible para mantener algo de su vida anterior. “Nunca vi un módulo tan limpio y prolijo”, asegura un abogado que conoce varias cárceles federales, y destaca la tarea que hacen los millonarios detenidos para mantener el orden. Sin embargo, todos los que conocen el paño aseguran que estos hombres, acostumbrados a los lujos, sufren más la cárcel que otros de cuero más duro. “Por eso Bonadio los manda a detener tan rápido: a estos tipos les das diez días en cana y están listos para salir y botonear hasta a la madre”, explican.

Si la cárcel sigue así, los encargados del Servicio Penitenciario van a tener que hacer lugar para más presos vip. “Hay más chances de que baje el dólar a que nos dejen de mandar a kirchneristas para acá”, dicen desde Ezeiza, más en serio que en chiste.