Noticias Uruguay / 5 de noviembre de 2018

Brasil y la ruptura de la ilusión

Jair Bolsonaro irrumpió para llenar el gran vacío que provocó la desilusión a la alta expectativa que el propio Lula había generado en el pueblo.

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NOSOTROS Y ELLOS. El cóctel mortal brasileño que habilitó el ascenso de Bolsonaro y la exagerada confianza en la excepcionalidad de Uruguay. //Ilustración: Rodrigo Acevedo

La restauración democrática asomó mal en Brasil desde el primer día: en abril de 1985, cuando debía asumir Tancredo Neves como presidente, enfermó gravemente y luego murió. Ese día, entonces, asumió José Sarney.

La fórmula, elegida indirectamente por el Parlamento por imposición de los militares, era producto de una coalición que ya exhibía un problema endémico del vecino país: la fragmentación política y la debilidad del sistema de partidos. Esa sombra se proyectó de forma cada vez más nítida hasta el presente y explica en parte -sólo en parte- el impactante triunfo electoral de Jair Bolsonaro.

Me tocó estar en Brasilia aquel día en que enfermó Tancredo, como me tocó estar allí y en otras ciudades norteñas poco después de asumir Lula para conocer, junto a un grupo de periodistas latinoamericanos, a los miembros del nuevo gobierno, varios de los cuales terminarían presos.

La repentina enfermedad de Tancredo que le impidió asumir en el 85, provocó estupor en Brasilia y dejó en shock a las delegaciones de todo el mundo que asistían a la restauración democrática. No faltaron las versiones conspirativas y los periodistas que ya habían enviado despachos a sus respectivos países debieron hacer milagros para cambiar sobre la marcha, a la medianoche, en tiempos en los que no existía Internet. Se iniciaba así una trabajosa transición que conocería de grandes dificultades económicas y de una silenciosa pero sólida presencia con un poder muy grande hasta hoy y que se ha mantenido a través de gobiernos de todo signo: las Fuerzas Armadas.

Nada hacía pensar tampoco en los tiempos iniciales de Lula, que el líder del PT terminaría preso, al igual que muchos de los miembros de su gobierno, socios políticos y empresarios. Lula era un símbolo del nuevo Brasil, un joven líder obrero de la resistencia a la dictadura al que en su momento, más allá de lo ideológico, se lo comparaba con Lech Walesa. Era aquel joven idealista el que llegaba a la presidencia con un amplio apoyo, incluso de líderes como el ex presidente Cardoso. Sus colaboradores aparecían como personas serias, modernas, dispuestas a cambios positivos. Hasta la cultura estaba de fiesta con una figura como Gilberto Gil como ministro.

Expectativa y desilusión. Se vivían tiempos de ilusión, de gran ilusión. Y allí está sin duda otro de los motivos que encumbraron a Bolsonaro junto a la debilidad del sistema de partidos: la ruptura de aquella ilusión. Porque más allá de lo que Lula y el PT lograron, sobre todo en su etapa inicial, sacando a mucha gente de la pobreza, el líder de la izquierda y su partido no sólo no cumplieron con la promesa de una nueva ética y una forma distinta de hacer las cosas, sino que terminaron encarnando lo peor de las peores costumbres políticas del Brasil. Lula y el PT ingresaron en una espiral de corrupción que involucró a casi todos los partidos incluyendo los socios con los que llegó al gobierno, que en parte terminaron transformándose en sus enemigos, aunque ellos mismos también terminaran presos. Lula y el PT no dudaron en aceptar como socio a cualquiera que les asegurara el poder, en aceptar y repartir coimas, en transformar empresas públicas y privadas en gigantescas máquinas de distribuir dinero ilegal y, en definitiva, en derrumbar la ilusión y la expectativa que ellos mismos habían creado. Lula creyó, como le dijo al ex presidente José Mujica según reconoció en el libro “Una oveja negra al poder” que, sin ingresar en esa lógica terrible, no es posible gobernar en Brasil.

A todo lo antedicho, debe agregarse una grave situación en materia de seguridad. Todo indica que después del enorme esfuerzo que hicieron los gobernantes para poder llevar adelante los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol, existió un afloje que derivó en una situación cada vez más delicada.

Cóctel mortal. Es decir que Brasil fue batiendo un cóctel mortal dado por un sistema de partidos muy débil, una mayúscula fragmentación política en la que se coló la influencia muchas veces extrema de las religiones, la ruptura de las promesas del pasado, una corrupción generalizada y una violencia delictiva desembozada. Todo ello ha implicado en los hechos, en un gran vacío de poder que es precisamente lo que vino a llenar Bolsonaro, demostrando que por debajo de la superficie -no demasiado por debajo- existía un malestar que el líder de la ultraderecha supo captar. No es posible apelar sólo al argumento de que Lula no pudo ser candidato por estar preso, para comprender la situación. Es una explicación demasiado fácil, cuando aparece como presidente alguien que está en sus antípodas ideológicas.

Hubo, si se apela a la memoria, llamativos signos de disconformidad, por ejemplo en las manifestaciones y los enfrentamientos callejeros antes de los Juegos Olímpicos.

Habrá ahora muchas discusiones acerca de la campaña, de las presiones y de las prisiones, de la Justicia del vecino país, de las noticias falsas, etc. Pero una de las tantas conclusiones que deja este proceso electoral es que la gente toma nota y actúa. La gente se aburre y descree. Por otra parte, el abuso de acusaciones y términos como “fascista” va vaciando de contenido a las palabras y deja de preocupar incluso, cuando debería hacerlo.

Habrá que ver qué hace ahora Bolsonaro dentro del propio Brasil y si sus discursos extremistas son llevados a la realidad.

Futuro incierto. Claro que este resultado electoral plantea muchas preguntas, no sólo sobre las causas, sino también sobre el futuro, de Brasil y de la región. Un Brasil gobernado por un presidente con el discurso extremista de Bolsonaro, legitimado además con contundencia por las urnas, genera incertidumbre a nivel regional. Para Uruguay se trata de un actor clave: es su segundo socio comercial, del que depende demasiado, y por lo tanto la mejor de las actitudes desde el gobierno es la cautela, la que ha exhibido hasta el momento el presidente Tabaré Vázquez, pero que no han seguido todos los miembros del gobierno.

Desde el punto de vista geopolítico, el triunfo de Bolsonaro termina de cambiar la realidad continental, y no sólo de una América del Sur en la que la Venezuela de Maduro queda cada vez más aislada. Bolsonaro fue un admirador de Chávez, pero todo indica que hoy está muy lejos del pretendido socialismo del siglo XXI.

Con Trump en el norte y Bolsonaro en gran parte del sur del continente, se abren varias dudas.

¿Y Uruguay? Muchos se preguntan si el Uruguay es un país en el que podría triunfar un Bolsonaro. Hoy parece claro que no. Para empezar, porque nuestro país tiene un sistema de partidos sólido, muy diferente al de Brasil. Y porque tampoco vive situaciones tan dramáticas como las del país vecino. De todas maneras, habría que hacer al menos dos apuntes: en primer lugar, para el Frente Amplio esta es una oportunidad de hacer una introspección profunda y considerar cuánto puede pesar la falta de autocrítica, cuál puede ser el peso de la corrupción por más que se la quiera minimizar, hasta dónde la política internacional puede quedar comprometida por el peso de grupos minoritarios o no tanto, comprometidos política y económicamente con gobiernos extranjeros, y cuáles pueden ser los costos sociales y aún políticos de una delincuencia tan violenta como la que hoy sacude al país día tras día.

Por otra parte, aunque parece claro que en Uruguay no hay condiciones para que surja un Bolsonaro, nuestro país sí posee una larga tradición en la que ha exagerado su excepcionalidad. Y basten tres ejemplos: cuando el comisario Alejandro Otero advirtió a comienzos de los años 60 que en Uruguay se estaba formando una guerrilla, nadie le creyó; cuando el golpe de Estado empujaba las puertas del país, casi nadie pensó que podría instalarse una dictadura como la que se produjo; y durante mucho tiempo se dijo que Uruguay era sólo un espacio de tránsito para el tráfico de drogas y no sería realmente un mercado ni un ámbito para el surgimiento de mafias locales. La realidad es dinámica. Y todo cambia. O puede cambiar.

(*)Periodista. Doctor en Diplomacia y Magister en Ciencia Política.