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Opinión, Sociedad / 24 de noviembre de 2018

Atrincherados en el barrio de River

Un Walking Dead surrealista con camisetas de River. Crónica de un sitio absurdo en el vecindario del estadio, donde nadie quiere que llegue la noche.

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Es tan absurdo sentirse un corresponsal de guerra dentro de la propia casa.  Sobre todo porque afuera no hay guerra, ni razones para un enfrentamiento. Apenas una pulsión violenta que se va exacerbando con el correr de las horas.  Pero lo cierto es que esta tarde vivimos un ridículo cuerpo a tierra familiar, cuando de repente los cánticos de la calle se convirtieron en gritos, ruido a vidrios rotos y tiroteo sostenido.

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Para nuestra protección, los vecinos del barrio de River estamos sitiados. Esta mañana nos cercaron con las mismas rejas negras que protegieron esta semana la legislatura porteña. Las columnas de gente avanzan por Monroe y Udaondo hacia el estadio, y los vecinos que quedamos en el medio nos replegamos disciplinados dentro de un corralito que , por primera vez, tiene unas pocas vías de salida . Nunca, en quince años de partidos clásicos y recitales históricos  el perímetro del barrio había sido literalmente tapiado.  Hasta hace un rato nos hizo sentir seguros.

Los hinchas (¿?) se empezaron a trepar a las rejas y caían hacia adentro, mientras los policías  avanzaban disparando parapetados para la guerra. Es lo que vimos antes de bajar de un tirón las persianas y tirarnos al piso.

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Habrá que armarse de paciencia para el encierro y la larga vigilia que se extenderá en un fin de semana eterno, ahora que el partido fue postergado para mañana.  De a ratos se oyen tiros, sirenas, corremos a ver si ceden las vallas. Partes médicos de los jugadores por televisión. Ni me acuerdo de que lo que está en cuestión es un partido de fútbol. Acá estamos esperando que no nos estallen los vidrios.  Y agradecidos al azar por que el pedido  presidencial de habilitar público visitante haya sido desoído.   Al menos, es fuego amigo.