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Cultura, Libros / 4 de junio de 2019

Los Diarios de Abelardo Castillo: los años de la Pc, las Torres, el “corralito”

Pensamientos, sensaciones, textos enteros reproducidos, temores, sensación de bienestar y éxito, o sensación de malestar, y relativo fracaso.

Por

Abelardo Castillo

La primera línea marca el límite preciso. Es del 27 de mayo de 1992 y dice: “En San Pedro, probando la computadora”. Media línea después, la llama “este aparato un poco irreal”. En buena medida, aquí continúa el tono y la “mezcla” del primer tomo, escrito a máquina. Pensamientos, sensaciones, textos enteros reproducidos, temores, sensación de bienestar y éxito, o sensación de malestar, y relativo fracaso.

También hay autores que ama, o autores que lo fastidian. Es un fan profundo de Ray Bradbury, por ejemplo, tanto que se extraña, en su momento, de que no le den el premio Nobel. Más aún, es adicto a la ciencia ficción y cita lecturas de la colección Minotauro y de la revista “Más Allá”. El otro intelectual que lo vuelve loco, en el sentido más común, es Ernesto Sábato, en forma directa, física, con una mezcla explosiva de atracción/odio.

La presencia de Sylvia Iparaguirre es constante, bienvenida, incluso cuando triunfa tanto o más que él en el aspecto literario. Los dos van y vienen con frecuencia desde y hacia San Pedro y Junín (donde viven los padres y parientes de Sylvia). Pasan los años y los achaques se vuelven más pesados: cálculos renales, dolores de cintura, insomnio. Reduce un poco sus célebres talleres. Se casan, compran una casa y son convocados sin cesar por el exterior, los medios, la fama. Castillo es jurado, conferencista, columnista. Se lamenta del “caso Piglia” en el premio Planeta, y cuando le hacen una propuesta semejante, la rechaza.

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Pasan el “corralito”, la guerra de Irak, el atentado contra las Torres. La pulverización del intelectual opinante, actuante, influyente, impulsado y encarnado por Sartre, se une a la sensación directa de los derrumbes constantes. Con la rabiosa decisión de seguir siendo de izquierda después de la caída de la URSS.

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Lo más destacable (en eso sigue el tono del primer tomo) es el personaje casi novelesco que encarna el propio Castillo. Con momentos de brillo y otros de oscuridad. Con escenas amplias y previsibles, y otras pequeñas y memorables. Con gatos queridos y resistentes, a veces fallecidos, siempre presentes. En un juego de espejos, relee y corrige el primer tomo del diario, las viejas novelas y cuentos, y escribe la críticamente subvalorada “El evangelio según Van Hutten”. El personaje central, complejo y único, hace que sea más rendidor leer este diario impar en continuado, no a los saltos entre distintas épocas.

**** “Diarios 1992-2006”, de Abelardo Castillo. Alfaguara, 648 págs. $ 1.499.