Menú
Noticias Uruguay / 5 de junio de 2019

Tomás Linn: “Nos negamos a ver cómo somos”

Es uno de los más prestigiosos periodistas uruguayos. Acuñó una frase que ya forma parte del imaginario popular como “los nabos de siempre”. Su mirada sobre la sociedad y la política.

Por

OTRA MIRADA. En su nuevo libro, Tomás Linn analiza una perspectiva distinta de los uruguayos: aquella que a veces no nos gusta ver ni admitir. //Fotos: Majo Casacó.

Además del respeto profesional que le tienen sus colegas y lectores, es uno de los primeros docentes de periodismo en los primigenios intentos de crear carreras universitarias de comunicación en la década del ‘80. Linn ha formado a centenares de periodistas. Fue protagonista de la generación llamada “de los semanarios”, es columnista y escribe libros sobre actualidad. Con tono siempre pausado y con respuestas muy meditadas, recibió a NOTICIAS en su casa.

Noticias: Usted ha pasado más tiempo en redacciones de semanarios y de diarios que en otros ámbitos

Tomás Linn: Empecé en 1974. Había estudiado periodismo en Buenos Aires, porque quería ser periodista pero también tener cierta formación. En Montevideo no había nada de eso y si bien allá no había carreras universitarias, sí había carreras que las llamaban “grafotécnicas” que eran una especie de tecnicatura, donde había muy buenos profesores. Eso me hizo vivir, muy joven, solo, en Buenos Aires. Fue una linda experiencia, profesional y humana. Fue durante el fin de la época de Onganía, Lanusse, que era una transición a la democracia, que fue efímero. Fue el retorno Cámpora- Perón. Fue una época muy efervescente, en lo literario, en lo cinematográfico donde pude ver todo lo que de más joven no había podido ver, ¡el arte!; fue todo muy bueno y cuando regresé había dos diarios que pretendían que trabajara en ellos, en una época en que no era nada fácil entrar. Guillermo Pérez quería que fuera a El País y Antonio “Manino” Mercader a El Diario. Era curioso, porque Pérez me pedía notas y me las publicaba. En un momento, me llama Mercader, porque se enfermó una de las pocas mujeres periodistas que había en las redacciones de diarios, muy famosa, Dolores Castillo. Y ahí empecé. Trabajé con Manino, y con Daniel Álvarez mucho tiempo.

EXPERIENCIA. Linn tiene una larga carrera que comenzó en “El Diario” y que proyectó en varios medios y en la educación universitaria. //Fotos: Archivo Opción.

Noticias: Una época donde El Diario de la noche era un diario muy vendido.

Linn: En esa época, y ya bajando números, vendía unos 70 mil ejemplares diarios. Todavía era el furor de los vespertinos. La empresa tenía un matutino que no vendía ni cerca de lo que vendía El Diario. Era realmente un diario popular, no un diario amarillo, pero sí popular. Allí trabajé, además, con Romeo Otero, un muy minucioso periodista que también se destacó en radio, Juan Francisco Fontoura, Iván Kmaid, Antonio Pippo, Roberto Altieri, Horacio Silva, “Laco” Domínguez, y el pichón del grupo Jorge Burel. El Diario, como abarcaba muchos temas y siendo tan popular, generaba un clima muy distinto al de los otros diarios. Nadie se la creía, porque tampoco estabas cubriendo la gran cosa. Menos en los años de dictadura. Había un clima interno de camaradería muy lindo. Los matutinos tenían eso de salir de noche a los boliches, después del cierre; nosotros salíamos a mediodía a almorzar. Era una época donde, no sólo en Uruguay, sino en el mundo, querían tener buenas plumas que supieran contar mejor historias más populares. Es un poco la historia del periodismo norteamericano.

Noticias: ¿Qué notas recuerda de aquella época que le haya tocado escribir?

Linn: En aquellos primeros años, a mí me tocó cubrir información municipal. Allí, aprendí a tomar con mucho interés, hasta el día de hoy, lo que pasa en la ciudad. Aún hoy, cuando escribo columnas, cada tanto, me interno en algún tema vinculado a la ciudad y eso fue por haber entrado en ese gran laberinto, que es el Palacio municipal y tratar de entender quién se encargaba de qué y en dónde. Hubo una cobertura muy recordada que fue la de los churrascos luminosos. No sé por qué razón, en un momento, se comercializó carne que tenía algo, una especie de bacteria, inofensiva, pero que cuando salía del frío de la heladera, tenía como fosforescencia. ¡Imaginate! Llamó una persona, mandás al periodista, lo publica, después llamaba toda la gente. Eran los temas que se buscaban, porque de otros no se podía hablar.

Noticias: Justamente, en dictadura, llegó la época de los semanarios.

Linn: Las diferentes corrientes políticas ven la posibilidad de sacar semanarios que fueran una alternativa a lo que la prensa establecida y muy condicionada y oficialista, estaba haciendo. Dos amigos de la infancia, de mi barrio, Punta Gorda, Carlos Sammarco y Antonio Viña, vinculados a la Democracia Cristiana, me llamaron porque estaban por sacar un semanario del que fui editor y redactor responsable,

Opción. Fue una experiencia fuerte, muy interesante porque pudimos reunir a periodistas muy jóvenes que venían de diarios, muy frustrados por no poder desarrollarse y otros que recién comenzaban. Tratamos de hacer periodismo muy bien hecho, pero ahí si, muy acechados por las sanciones. Opción duró un año, tuvo tres clausuras y la última fue definitiva. Como yo era el redactor responsable, me llamaban o a la Jefatura de Policía o a Inteligencia, casi que una vez por mes por cualquier motivo. Ellos estaban movidos por muchas suspicacias. Me interrogaban y yo no sabía, exactamente, a qué iban. Después me daba cuenta que ellos estaban asociando una publicación, con un lío que había pasado dos meses antes y en realidad no había ningún vínculo. Era todo muy paranoico, porque además, cada semana casi que esperaba que me llegara la citación. A veces estaba horas. Por ejemplo en Inteligencia, en la calle Maldonado, te recibían, te hacían una serie de preguntas, te decían que iban a analizar algo que les dijiste, te mandaban al patio y te podían tener horas, sin decirte nada. Veías en ese patio, fumando a muchos agentes, de barba y con un aspecto que perfectamente se podían mezclar, por ejemplo, en un recital de canto popular, y nadie se daba cuenta.

SONRISAS. Tomás Linn junto al general Líber Seregni y Alfonso Lessa al comienzo de la transición democrática. //Fotos: Archivo Opción.

Noticias: Después el semanario Aquí.

Linn: Clausuran Opción a finales de 1982. En abril del año siguiente sale Aquí, que era una especie de continuación, con otra diagramación, otro formato, otro director y redactor responsable. Incluso, varios de nosotros, al principio, no figurábamos. Yo era el secretario de redacción, pero no aparecía. Por nombrar gente que todavía anda en la vuelta, estaban en Aquí, Carlos Muñoz, Gerardo Sotelo, Miguel Ángel Campodónico, Alfonso Lessa, Alejandro Paternain, Pedro Silva. Era un lindo equipo.

Noticias: Fue la época de la llamada “censura previa”.

Linn: ¡Si! Hubo un episodio que tengo muy clarito. Uno fue cuando la gente de Serpaj (Servicio de Paz y Justicia), organización de derechos humanos, con, entre otros, el sacerdote jesuita Perico Pérez Aguirre, hacen una huelga de hambre en la Iglesia del Cerrito. Eso generó mucho revuelo. Discutíamos mucho sobre cómo cubrir, dar la información y sortear la sanción. Era una especie de tensión permanente. Decidimos cobertura tipo agencia de noticias, sin juicios de valor, informamos lo que pasaba y pusimos una foto. Me acuerdo que la pusimos al costado de la página, de arriba a abajo. Con la edición impresa, nos llaman y nos dicen: “no pueden salir con esa información”. Les explicamos que estaba todo impreso, y la respuesta fue: “nada, si sale algo, aténganse a las consecuencias”. Entonces nos reunimos y decidimos cortar la parte esa. Empezamos a llamar a amigos y familiares: primero con tijeras, y después con reglas largas, a arrancar esa parte de la página. Llenamos toda una bañera con esos recortes censurados (risas). Al otro día, salió la edición con la página cortada, lo que hizo que todo Montevideo se enterara de lo que el Gobierno no quería que se enterara. Fue peor para ellos.

TIEMPOS DUROS. El primer número de Opción, con Álvarez en la tapa, y otros ejemplares de la revista que marcó una época y fue clausurada de manera definitiva por la dictadura, después de otros cierres temporales. //Archivo Opción

Noticias: ¿Cómo calificaría, para el periodismo, aquella época conocida como “de los semanarios”?

Linn: Es una época que uno no querría volver a vivir porque quiere decir que tendría que haber una dictadura y nadie quiere eso. Pero es verdad que era una época muy efervescente. Se fortaleció toda una generación de periodistas. Quizás yo me la crea, pero los periodistas tuvieron un rol muy importante en ese proceso de presión para terminar de abrir y salir de la dictadura. Y terminó dándole al país una nueva generación de periodistas, con otra cabeza.

Noticias: En Aquí fue cuando comenzó a escribir sus famosas columnas de opinión que luego continuó en el semanario Búsqueda.

Linn: Después de tantos años de restricciones, el periodismo de columna no estaba tan desarrollado. En 1989 me llama Danilo Arbilla. Junto con el otro columnista Daniel Gianelli, éramos lo que yo llamaba usando la jerga militar, “editores sin tropa”, donde sin tener gente a nuestro cargo, participábamos de las reuniones para ver qué temas cubrir y cómo encararlos. Veíamos la edición final y trabajábamos muy cerca del director.

Noticias: Su nuevo libro parece un espejo que devuelve la imagen del uruguayo que no quiere ver.

Linn: Puede ser. Es un defecto de formación profesional, que como periodista puedo salir del cuadro y verlo desde afuera. Eso es lo que siempre un periodista debe hacer. Pongo cosas por escrito de cómo somos y alguna gente se incomoda. No que le moleste. Porque la diferencia es que cuando algo incomoda, es porque en el fondo reconoce que algo hay. Muestro ciertas formas de ser que nos negamos a creer que somos así. Nos creemos otra cosa. Yo tengo un recuerdo de un país mucho más culto que el actual. Las generaciones anteriores me cuentan todavía más. En este terreno ha habido un retroceso. Como pasa en otros lugares, está centrado más en la cultura del entretenimiento, que es más fugaz, más efímera, que no va a fondo. Quizás pueda ocurrir que las sociedades están cansadas de tanta trascendencia. El periodismo ha cambiado también. Hay un periodismo más liviano, pero bien hecho. Quizás en la época de mi juventud, los 60, los 70, hayan sido demasiado trascendentes, hasta el agobio. Las generaciones que vienen después dicen ¡basta ya! ¡Dennos un respiro!

RECONOCIMIENTO. El periodista recibiendo el Premio Morosoli de plata en la ciudad de Minas en 1998.

PERFIL. Tomás Linn (1950) es periodista. Es columnista de El País y en Argentina, en La Nación. Profesor de periodismo de la Universidad Católica desde hace más de dos décadas. Estudió periodismo en Buenos Aires, tiene una licenciatura en Ciencias de la Comunicación y fue Humphrey Fellow en la Universidad de Maryland. Empezó a trabajar en 1974 en el vespertino El Diario. Fue secretario de redacción de los semanarios Opción y Aquí a comienzos de los 80. Trabajó en la agencia de noticias Reuters, en radio y televisión. Cubrió acontecimientos en el exterior, en especial en Estados Unidos, Cuba, Argentina, Reino Unido, Unión Europea y Unión Soviética. Fue columnista del semanario Búsqueda por más de veinte años. Ganador del Premio Morosoli de Plata para el rubro Periodismo en 1998. Autor de varios libros de periodismo, actualidad y ensayos. Acaba de publicar “Como Uruguay a veces hay” (Planeta).

Los libros: Nabos de siempre

Sacando los tres libros sobre periodismo que escribí, tengo tres libros sobre actualidad política. El primero fue “Los temas sobre la mesa” (1994) que fue una revisión de los primeros diez años de vida democrática. Ahí escribo con métodos de periodista, pero con visión de columnista. Después viene “Los nabos de siempre” (2004). Siempre digo, no en forma peyorativa, que ese libro tiene algo de panfleto, en el sentido de que con mucha fuerza trata de mostrar algunos disfuncionamientos de la sociedad uruguaya. Este último tiene otro tono, de reflexión más de fondo. Es una mirada en largo y no en caliente. Del “Los nabos…” salieron cinco ediciones. Jamás imaginé esa repercusión. Fue un libro conmigo en caliente, pero con un sector de la sociedad que estaba harto de muchas cosas. Yo toqué una fibra. Era que al final somos los nabos que pagamos por lo que otros no hacen. Creo que eso estaba muy a flor de piel. Hubo una coincidencia en un estado de ánimo y lo que yo escribí. Como que nos entendimos. En aquel momento tuve una llamada de un importante dirigente político, muy buena persona que me pidió si podía bajar un poco el tono. Mi respuesta fue que no era que yo bajara el tono, sino que él como político tenía que asumir y ver qué hacer con las cosas que no funcionaban. Que lo tomara como un insumo para hacer buena política. El libro reflejó un estado de ánimo de la gente. El título surgió porque yo escribí una columna con ese título, que surgió de una frase del periodista Gerardo Lissardy que me dijo que siempre pagamos “los nabos” y yo le di la vuelta y quedó. Nunca pensé que iba a pegar como pegó, que se usa hasta el día de hoy. Los nabos que están en la tapa, fue una idea de Arbilla, que los compró en una verdulería que estaba en Rondeau y Mercedes. Muchos de los disfuncionamientos que marqué, siguen vigentes y los recojo en el nuevo libro.