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Cultura / 29 de junio de 2019

Música para educar

El encuentro de orquestas juveniles “Iguazú en Concierto” demuestra que el arte puede ser un camino excepcional para la inclusión social.

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El arte tiene el poder de volver visibles realidades imperceptibles. De comunicar con más potencia, con tan sólo algunas imágenes o sonidos, lo que las teorías más profundas no logran transmitir. De ampliar el horizonte, enfocar los conflictos, elaborar el dolor y la pena.

Cuando las herramientas del arte se ponen al servicio de la educación, las consecuencias siempre son maravillosas. Resultan el mejor camino para la inclusión, para ampliar la posibilidades futuras de los chicos y sus familias, para fortalecer la identidad y consolidar el sentido del propio valor.

Ese es el objetivo principal de Iguazú en Concierto, una iniciativa que nació hace diez años promovida por el gobierno de Misiones y apoyada por organismos como el CFI (Consejo Federal de Inversiones) y el Banco Nación; que además de ser uno de los más importantes festivales de orquestas juveniles, se plantea como un modelo a seguir para educadores y chicos que buscan su lugar en el mundo.

Desde su creación hasta hoy han participado del evento alrededor de 5500 niños y adolescentes -aproximadamente 700 por edición- de 20 países de todo el mundo: desde naciones vecinas como Brasil hasta lugares tan distantes como Israel, Afganistán, Rusia o Indonesia. El límite de edad es 18 años, aunque en 2019, por tratarse del 10 aniversario, se permitió la intervención de músicos jóvenes que superaban esa edad pero habían tocado en el festival a lo largo de su historia.

Durante cinco días, todo Iguazú se llena de chicos y sonidos, orquestas, solistas, coros y hasta ballets juveniles practican en el Parque Nacional, en hoteles y calles de la ciudad, muy cerca de las Cataratas.

En esos cinco días -este año se extendió entre el 18 y el 22 de junio-, hay pequeños conciertos de las distintas agrupaciones en auditorios abiertos y en los grandes hoteles. En el gran final, todos tocan juntos sobre el inmenso escenario del auditorio del Parque Nacional Iguazú.

Espíritu. El alma mater de este festival tiene nombre propio: Andrea Merezon. Es la directora artística de Iguazú en Concierto, pero también del Encuentro Internacional de Orquestas Juveniles en Buenos Aires. Todo esto sin abandonar su puesto de fagotista en la Orquesta Filarmónica del Teatro Colón, ni su labor como solista. Su trayectoria es enorme. Ha recibido distinciones como el Konex y un Grammy Latino. “Mi interés siempre fue modificar la realidad social y como música sinfónica mucho no se podía hacer. Fui delegada de todas mis orquestas, pero no era lo que yo necesitaba. Estuve en la gestión del Colón, pero la gestión pública es muy difícil”, explica. Hoy está abocada a la producción de estos encuentros, que se transforman en valiosos instrumentos educativos y de inserción social.

Su proyecto más querido es una orquesta formada según el método Jaffé (su creador fue el brasileño Alberto Jaffé). Esta técnica le enseña a los chicos a tocar instrumentos en conjunto, no en forma individual, desde cero. Durante el aprendizaje tienen prohibido practicar en su casa, para no adquirir vicios. Creada a semejanza de la orquesta brasileña del Instituto GPA, que se presenta todos los años en Iguazú; su director, Daniel Misiuk, viaja dos veces por mes a la Argentina a formar a los futuros músicos. La agrupación se llama “Las Cuerdas” y está integrada por chicos de escasos recursos o con dificultades de aprendizaje o socialización. Por ejemplo, en ella hay seis integrantes que tienen síndrome de Asperger.

“Convocamos a los chicos por las redes, el requisito era no tocar ningún instrumento. Al mes de empezar hicimos un concierto en el CCK. Mis colegas del Colón se quedaron shockeados”, cuenta Merenzon, que defiende el método como infalible para no fracasar en proyectos musicales de orden social.

“La práctica es exigente y cambia por completo la forma en que se para una criatura en la vida. Les da un encuadre a chicos que tal vez están solos todo el día en la casa. Aprenden a estudiar. Y les enseñamos a valorar la música de su país, porque eso los ayuda a consolidar su identidad”, dice Merenzon.

Festival. Justamente, el ámbito de Iguazú en Concierto es el que permite a los directores e integrantes de grandes orquestas juveniles conectarse y comparar resultados de trabajo. El encuentro también funciona como un estímulo para el esfuerzo de los chicos durante el año.

Además de grandes agrupaciones como la Orquesta Grillos Sinfónicos de Misiones, el Sistema de orquestas juveniles de Jujuy o la mencionada Instituto GPA, se convocan grupos musicales del mundo que aporten una experiencia diferente. Este año esta oferta estuvo representada en el Conjunto de Arpas Encarnacenas de Paraguay y la Exodus Youth Steelband de Trinidad & Tobago, una orquesta completa de tambores metálicos.

Mención aparte merece el Star Aligned String Quartet, un grupo de cuatro hermanos norteamericanos entre los 7 y los 12 años, virtuosos en el violín y la viola.

Para los solistas también hay lugar en Iguazú. El concurso Audition convoca a través de las redes a chicos que canten o toquen un instrumento. El público con su voto los selecciona y la dirección artística del festival da el veredicto final. Este año fueron 4 los finalistas, entre ellos un saxofonista argentino, Thomas Rossi, de 12 años, nacido en la ciudad de Puerto Rico, en Misiones.

En cada edición, un músico profesional es invitado a participar junto con los chicos. Este año le tocó el turno a Maxi Trusso, que proviene de la música electrónica y que aportó un sonido singular en el ensamble con las orquestas juveniles.

En un auditorio colmado, 700 chicos dieron un gran show final que incluyó desde carnavalitos tradicionales hasta piezas del repertorio clásico. Lo bueno de este festival es que el esfuerzo no se diluye con el último acorde. Sigue en la memoria de quienes participaron, de sus maestros y de los chicos que desde el público descubren en la música un nuevo mundo donde vivir.