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Ciencia, Opinión / 2 de julio de 2019

Los riesgos del machismo digital

La Unesco advierte que las voces siempre femeninas de los asistentes virtuales en los smartphones ahondan la brecha de género.

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Siempre dispuestas. Es lo que transmiten las voces y las respuestas, programadas por varones.

El nombre del estudio es llamativo, primero, desde el significante: “Si pudiera, me pondría colorada”. Luego, desde el significado: es lo que respondía la voz femenina del asistente digital virtual Siri en productos fabricados por Apple a cualquier voz masculina que le dijera “sos una puta”. Ella, Siri, y también Alexa (su contraparte de la marca Amazon) contestan a las órdenes gracias a herramientas de inteligencia artificial siempre con colores e inflexiones vocales que coquetean, en tono sumiso y condescendiente, sea cual sea la proposición que les llegue desde el otro lado. No tienen manera de protegerse contra la violencia que pueda existir por parte de quien les habla, varón.

El nombre del estudio reseña una situación que para el organismo internacional autor del análisis, nada menos que la Unesco, contribuye a aumentar la violencia sexista y los preconceptos de cuál deberían ser los roles de mujeres y hombres en las sociedades. ¿Exagerado? ¿Feminismo que se sale de las casillas? ¿Actitud de época políticamente correcta? Podría sonar así, si no fuera por los argumentos que se dan en el análisis.

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El habla de la mayoría de los asistentes de voz es femenina envía una señal de que las mujeres están dispuestas a ayudar, son dóciles, disponibles y ansiosas por complacer con solo tocar un botón o con un comando de voz directo como “hey” u “Ok”, explica el documento. El varón programa a estas asistentes y ellas obedecen con gusto. Su existencia entera está dada por la aceptación de órdenes, insinuaciones sexuales y hasta insultos. Y allí es donde reside, para la Unesco, el gran problema: es necesario diseñar asistentes digitales cuyo tono de voz sea neutro, asexuado, para no remachar sobre estereotipos sexistas que en nada ayudarían a reducir la situación de minoría en la que están colocadas niñas y mujeres dentro del mundo de la tecnología. Y, por extensión, dentro de las culturas patriarcales dominantes en el planeta.

Lo cierto es que hubo un tiempo en el que ni las voces de la inteligencia artificial eran femeninas y sumisas, ni los desarrolladores de computadoras y software, varones demandantes. Pensemos en HAL, el asistente digital protagonista de “2001: Una odisea espacial”. Ese gran ojo/lente de cámara que todo lo veía y todo lo sabía tenía una incontrastable (y tremendamente sexy) voz masculina. Y en la década del ´50, luego de la Segunda Guerra Mundial, la programación de software en los países industrializados era considerada una tarea femenina. Los estereotipos describían a las mujeres como meticulosas y buenas para seguir instrucciones paso a paso. No fueron pocas las mujeres que se incorporaron a la naciente industria como una vía de ascenso social meritocrático: “A la computadora no le importa si soy mujer”, solía decir una programadora.

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Las cosas cambiaron vertiginosa y radicalmente. A medida que la industria informática se fue expandiendo, creciendo, convirtiéndose en un mercado prometedor y metiéndose en la vida cotidiana de las personas, la masculinización de la profesión fue en ascenso. Los hombres empezaron a programar y a dar las órdenes y las mujeres, a integrar la parte más estrecha de una brecha que se ahondó. A tal punto que hoy en día ellas son un 25 por ciento menos conocedoras que los varones acerca de cómo usar un smartphone más allá de las funciones básicas. Y hay más: los varones tienen cuatro veces más posibilidades de aprender a programar computadoras, y dentro del grupo de países que conforman el G20 sólo el 7 por ciento de las patentes tecnológicas fueron generadas por mujeres. El promedio a nivel mundial es peor: el 2 por ciento.

Es en este contexto que la Unesco lanza su análisis de lo que implica que los asistentes digitales sean voces femeninas complacientes y prestas. El informe es parte de un estudio más amplio, que analiza la situación de niñas y mujeres respecto del aprendizaje, uso y formación en tecnologías digitales. Por ejemplo, las mujeres reportan 1,6 más veces tener carencia de formación como una barrera en el uso pleno de internet.

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“El asistente no tiene poder de agenda más allá de lo que el jefe le pide. Respeta los comandos y responde a las consultas independientemente de su tono u hostilidad. En muchas comunidades, esto refuerza los prejuicios de género que dan por sentado que las mujeres son subordinadas y tolerantes con el mal trato”, advierte el documento. ¿Alguien se imagina un secretario digital que diga que está siempre listo, sin importar para qué ni cómo? Si la respuesta es un sí, tampoco estaríamos bien. Que el sexo y la identidad de género no sean los determinantes de profesiones o lugares de poder, esa es la meta.