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Turismo / 6 de julio de 2019

Taiwán, un secreto asiático

La pequeña isla ofrece espiritualidad y alta tecnología. Qué hacer en pocos días para descubrir el país, entre Taipei y el campo.

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Taiwan
Fotos: Alejandra Daiha

Templos y rascacielos; calles encandiladas por luces de neón y mercaditos tradicionales a pocas cuadras. Comidas de siete pasos de las que se sale increíblemente liviano. La mayor concentración urbana de máquinas de peluches y de masajistas reflexólogos para asistir al paso. Lluvia y mucho verde. Aroma a té y ollas humeantes definen a Taiwan, una pequeña isla enfrentada (geográfica y políticamente) al gigante chino.

Los portugueses que avistaron la isla en el siglo XVI la llamaron Formosa (“Isla Hermosa”). Los deslumbró con su gran densidad de altas montañas, unas 286 cumbres que superan los 3000 metros de altura, repartidas en un territorio de dimensiones similares a la provincia de Tucumán. Una tierra que, además de colonia portuguesa, estuvo bajo control de españoles y holandeses y finalmente fue conquistada por China en el siglo XVII. Entre 1895 y 1945 fue cedida a Japón, luego devuelta y tras la guerra civil que condujo al comunismo, Taiwán se convirtió en el refugio de los nacionalistas de Chiang Kai-Shek.

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Hoy el pequeño país es una nación progresista, presidida por una mujer, Tsai Ing-Wen, y cuyo Parlamente fue el primero de Asia en legalizar el matrimonio igualitario. Que supo dejar atrás tempranamente la economía agrícola, y también reconvertir su modelo industrial hasta adoptar la potencia tecnológica del presente.

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Íconos. El Templo Longshan reúne multitudes en Taipei. Las máquinas de peluches, pasión taiwanesa.

Taipei, la capital de la isla, es una ciudad de vida larga: se enciende temprano y sus comercios céntricos cierran bien entrada la noche. Y entonces siempre está disponible para el visitante la oportunidad de estirar el vagabundeo en alguno de sus muchos mercados nocturnos. El más popular es el de Shilin. Allí productos frescos, comidas típicas, ropa y souvenirs se amontonan en los puestos siempre agitados por la mezcla de locales y turistas.

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En las calles aledañas a los mercados suele haber locales destinados a la reflexología. Hay que entrar. No vale pasar por Taiwán sin entregarse al ritual del masaje terapéutico, que se sufre mientras dura pero se disfruta después: el cuerpo se siente liviano, relajado y listo para los mejores sueños.

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El Museo Nacional del Palacio, clave para desentrañar el arte chino de todos los tiempos.

Imperdibles. El itinerario clásico por Taipei incluye visitar el Monumento Nacional Conmemorativo a Chiang Kai-Shek y sus jardines, donde se suelen ver grupos de meditadores a cualquier hora; y también reservarse unas horas para recorrer el Museo Nacional del Palacio, con piezas del más antiguo arte chino. La tienda de regalos del museo es una tentación inevitable, lo mismo que el contiguo restaurante Silks Palace, donde los platos homenajean en su presentación y vajilla a las piezas más celebradas entre las colecciones del museo.

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Taiwan. Las motos inundan Taipei. En el país también se ensaya el uso de vehículos no tripulados de uso público, con comando satelital. Fotos: Alejandra Daiha

Otro ícono urbano es el edificio Taipei 101, con su mirador de 360 grados a 508 metros del suelo. En el centro del edificio y a la vista de los visitantes está su máxima virtud; un original sistema de seguridad antisísmica. Se trata de un amortiguador de masa (una bola de acero de 680 toneladas) que le permite al rascacielos soportar terremotos de 7 grados de la escala Richter y vientos de más de 450 kilómetros por hora.

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Contrastes. Culto a dioses ancestrales y prodigios de la ingeniería, como el sistema anti-terremotos del rascacielos Taipei 101. Taipei es una ciudad agitada pero con espacio para la práctica de danzas y meditación en los espacios públicos

Pero lo mejor está en las calles. Atestadas de motitos, el medio de transporte más popular de Taipei, y de personas que usan barbijo para protegerse del smog. Porque el vértigo citadino no extingue la espiritualidad. En las plazas gente de toda edad practica disciplinas físicas y además de las omnipresentes tiendas Seven Eleven (abiertos las 24 horas) en Taiwán hay más de 15.000 templos. Coloridos, luminosos y concurridos. El más antiguo y visitado de la capital de la isla es el Templo Longshan, que data de 1740. En tantos años fue destruido parcialmente por terremotos, tifones, incendios y bombardeos de la segunda guerra mundial. Pero vuelve a renacer. Rinde culto a divinidades budistas, taoístas y distintos santos tradicionales. Pero en la mayoría de los templos la atención mayor se la suele llevar Matsu, la diosa del mar.

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La región sureña de Alishan, donde se cultiva el mejor té taiwanés y es posible hacer degustaciones.

El sur. Si el tiempo de visita a Taiwán lo permite, vale la pena tomarse un tren de alta velocidad hasta la ciudad de Chiayi para conocer zonas rurales como la cuna del mejor té taiwanés y las plantaciones de orquídeas, valuarte isleño de exportación. El Parque de la Tribu Cultural Yuyupas es una atracción turística ubicada a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar en el área montañosa de Alishan. Se aprecian los campos de té, se participa en degustaciones y también ofrecen shows folklóricos para conocer más acerca de las poblaciones locales previas a la llegada de los chinos.

Razones todas para sumar una parada en Taiwán cuando se arme un recorrido por el sudeste asiático.

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