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Noticias Uruguay / 3 de septiembre de 2019

Amigo lindo del alma

La película de Daniel Charlone permite redimensionar la enorme influencia de Eduardo Mateo en el paisaje sonoro de nuestro tiempo. “Había una vez… en Hollywood”, de lo mejor del año

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Amigo lindo del alma repasa vida y obra de Eduardo Mateo. //Fotos: Mate Pronto.

Amigo lindo del alma

(Uruguay, 2019. 75’) ATP. Dirección: Daniel Charlone. Con: Jaime Roos, Mariana Ingold, Hugo Fattoruso.

★★★1/2  La vida y obra de Eduardo Mateo tuvo en el libro “Razones locas” de Guilherme de Alencar Pinto una obra casi definitiva. Bienvenido entonces este correlato audiovisual que permite redimensionar la enorme influencia de Mateo en el paisaje sonoro de nuestro tiempo. Si bien no aporta datos nuevos a los ya descubiertos hay una grata evocación a un creador genial y único cuyo retrato se arma a través de la multiplicidad de voces (no todos los testimonios tienen la misma consistencia, vale decirlo) y, sobretodo, en el gran acierto de la película de Charlone: las estupendas versiones del repertorio de Mateo a cargo de músicos de Uruguay, Argentina y Chile con destaque especial para Fernando Cabrera con “Lo dedo negro”, Lito Nebbia con “Quien te viera” y Los Terapeutas con “Nombre de bienes”. Para disfrutar, descubrir y redescubrir.

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Había una vez… en Hollywood

(Estados Unidos, 2019. 161’) Drama AM15. Dirección: Quentin
Tarantino. Con: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie.

★★★★1/2 La pasión de Tarantino por el cine y la cultura popular de su juventud atraviesa de forma más o menos explícita toda su filmografía ¿Qué cineasta acaso no pone en juego sus influencias cinéfilas? Lo que lo diferencia del resto es que parece entender como pocos el poder transformador del cine. Lo suyo no es revisionismo histórico. Sabe que tiene el poder de construir una realidad alternativa, de crear una fantasía capaz de ajusticiar la cruel realidad. Tarantino recrea y reinventa a la vez las coordenadas “Los Angeles, 1969”. Para ello se vale de Rick Dalton (excepcional Di Caprio), un actor en declive que no entiende hacia donde va la industria del entretenimiento. Acá sí hay un guiño “realista”: en aquel tiempo Hollywood tampoco terminaba de entender qué quería el público. La masificación de la televisión, los estudios al borde de la quiebra, el prestigio que ganaba el cine europeo redefinían las reglas del juego. Junto a él, en su día a día, Cliff (Brad Pitt en actuación digna del Oscar) que es, a su vez, doble de riesgo pero también asistente y sostén emocional de Rick. Por último, Sharon Tate (Margot Robbie, desparramando talento) el único personaje real y la tercera vía de este cruce de caminos. Aquella joven actriz que descubría junto a su esposo Roman Polanski (venerado por “El bebé de Rosemary”) el encanto de ese mundo lleno de color, es homenajeada por Tarantino que prefiere verla inmortalizada en una película clásica y no como la víctima más célebre del clan Manson. Película de secuencias extensas, de diálogos brillantes, de una belleza visual deslumbrante, homenajes (¡qué banda sonora!) y grandes actuaciones, un soplo de libertad autoral en medio del “mainstream” que, desde ya, está entre lo mejor del año. Una paliza de cine.

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La odisea de los giles

(Argentina-España, 2019. 116’) AM9. Dirección: Sebastián Borensztein. Con: Ricardo Darín, Luis Brandoni, Verónica Llinás.

★★★1/2  Un grupo de habitantes de una localidad de Gran Buenos Aires reúne ahorros para recuperar una cooperativa agrícola. El conflicto aquí –y allá- toma la forma del corralito financiero de 2001. Los ahorristas son estafados en su buena fe situándose en la noción de los giles del título. Pero el gil se cansa y aquí no corre la máxima discepoliana: el gil afana porque en eso le va la vida. Un dato inesperado les da una pista de dónde puede estar su dinero y ahí comienza una peripecia que combina las “heist movies” (en las que se planifica un atraco) con la “commedia all’italiana” (la referencia más visible es “Los desconocidos de siempre” de Monicelli) porque acá no hay plan perfecto sino una suma de enredos. Un elenco solvente y parejo, el buen ritmo que le imprime Borensztein a todo el asunto, una estupenda banda sonora (Serú Girán y Babasónicos entre otros) y una resolución explosiva hacen de esta película -basada en “La noche de la usina” de Eduardo Sacheri- un entretenimiento sólido y eficaz. Para qué pedir más.