indispensable. Ninguna biotecnología, por más sofisticada que sea, reemplaza el impacto acumulativo del estilo de vida. Cuidarse día a día, sigue siendo la clave. (Cedoc)

Ya no sería ciencia ficción: vivir hasta los 150

Distintos descubrimientos demuestran que el envejecimiento no es un proceso irreversible. Ahora se cree que la biología se modifica.

El sueño de vivir más allá de lo que hoy consideramos natural, hace tiempo que dejó de ser terreno exclusivo de la ciencia ficción para instalarse en el debate científico global. La posibilidad de que los seres humanos alcancen los 150 años de vida con buena salud cobra forma como hipótesis realista y sustentada en descubrimientos que apuntan a que el envejecimiento no es un proceso implacable e irreversible, sino un camino biológico cuya velocidad, y quizás dirección, pueden modificarse. La más discutida de estas propuestas proviene del genetista de Harvard David A. Sinclair, cuya obra y pronósticos han encendido tanto entusiasmo como escepticismo en la comunidad científica. 

Para entender la base de esta teoría es necesario revisar lo que Sinclair ha definido como la “información del envejecimiento”. Según su enfoque, el envejecimiento es, en gran medida, una pérdida progresiva de la información epigenética que regula cómo las células leen su ADN, y no simplemente el daño acumulado por mutaciones en el código genético. El epigenoma funciona como un sistema de instrucciones que mantiene a cada célula en su estado funcional apropiado; con el paso del tiempo, esas instrucciones se degradan y el organismo pierde capacidad para reparar y renovar tejidos. 

Lógica genética. Sinclair ha argumentado que, si ese “software” biológico puede restaurarse, entonces el cuerpo puede recuperar características propias de la juventud, con importantes implicancias para la salud y la longevidad. En entrevistas recientes, confirmó que los ensayos clínicos para probar terapias que reprogramen la edad biológica en humanos comenzarían en 2026, con tratamientos focalizados inicialmente en enfermedades oculares como glaucoma y neuropatía óptica, y con la ambición eventual de extender estos enfoques a todo el organismo. 

Esta visión radical se acompaña de una afirmación que ha dado vuelta en los principales medios: “la primera persona que vivirá 150 años ya ha nacido”, aseguró Sinclair. Detrás de esa declaración está la idea de que la ciencia actual no solo puede ralentizar los procesos de envejecimiento, sino revertirlos en ciertos tejidos mediante la activación controlada de genes presentes en estadios tempranos de desarrollo. 

El potencial de esta investigación descansa en los llamados factores de Yamanaka, un grupo de proteínas que pueden reprogramar células especializadas para volver a un estado más juvenil. Estos factores fueron originalmente descubiertos por el científico japonés Shinya Yamanaka, quien recibió un Premio Nobel en 2012 por demostrar que podían transformar células comunes en células madre pluripotentes. Sinclair y su equipo han desarrollado formas de introducir versiones modificadas de esos factores en células adultas para lograr una reprogramación parcial, lo suficientemente profunda como para restaurar funciones biológicas sin inducir un estado embrionario completo, un riesgo que puede llevar a la formación de tumores si no se controla con precisión. 

Mapa corporal. A la par de estas técnicas novedosas, otro elemento central en la teoría de Sinclair es la molécula NAD+ (Nicotinamida Adenina Dinucleótido), un cofactor esencial para el metabolismo celular que tiende a disminuir con la edad. El NAD+ impulsa la actividad de proteínas reparadoras llamadas sirtuinas, que regulan la reparación del ADN y la homeostasis celular. Sinclair ha estudiado precursoras de NAD, como NMN, que, en modelos animales, han restaurado niveles jóvenes de NAD y mejorado funciones metabólicas, lo que sugiere una posible extensión de la healthspan, el periodo de vida con buena salud, en humanos. 

Sin embargo, estas perspectivas no implican que la ciencia haya alcanzado una fórmula mágica. La evidencia robusta aún se limita mayormente a animales, y los tratamientos que algún día puedan aplicarse en humanos están en fases tempranas de ensayo. Incluso entre muchos investigadores existe cautela. La transición de resultados en ratones y monos a efectos seguros y significativos en humanos es un desafío enorme que podría tomar décadas. 

En este contexto científico emergente, resulta esencial escuchar a quienes trabajan en la práctica médica cotidiana y en el terreno de la prevención. El doctor Gabriel Lapman, especialista consultado por NOTICIAS, ofrece una perspectiva pragmática y fundamentada sobre estos avances y su vertiente cotidiana: “La longevidad, básicamente, se ha ampliado históricamente por factores como vacunas, estilo de vida, agua potable y prácticas sanitarias que han prolongado la calidad de vida”, explica, recordando que la mayor esperanza de vida en el siglo XX fue producto de avances sanitarios fundamentales.

Lapman introduce conceptos de biología molecular señalados por Sinclair, como los genes de Yamanaka, que “si se reprograman mediante ingeniería genética pueden ser el ‘santo grial’ del rejuvenecimiento, aunque no están 100 por ciento probados en humanos”, y destaca la reciente aprobación de la FDA para comenzar estudios que exploren esa reprogramación en humanos. También subraya el papel del NAD y de las sirtuinas, cuyo deterioro “cae a la mitad luego de los 40 años”, y cómo un estilo de vida saludable, restricción calórica, ejercicio, descanso y manejo del estrés, puede retardar esa caída, aunque no reemplazarla completamente.

Para Lapman, la investigación científica y los hábitos diarios no son conceptos opuestos sino complementarios: “No basta con tomar suplementos que dicen activar NAD si luego se lleva un estilo de vida desordenado”, advierte. Y señala que “la nutrición, la microbiota intestinal y el control de factores de riesgo como la obesidad tienen un impacto profundo en las enfermedades del envejecimiento”.
Contrapunto. Ese contraste entre ciencia de punta y realidad cotidiana queda también en su reflexión sobre las generaciones futuras. Mientras que los avances biotecnológicos podrían permitir a quienes hoy tienen 40 años aspirar a vivir hasta 150 años “tranquilamente”, según Lapman: “La mayor preocupación se observa en las nuevas generaciones que basan su dieta en alimentos ultraprocesados y cultivan el sedentarismo. El exceso de grasa acumulada, la resistencia a la insulina, las enfermedades cardiovasculares y metabólicas son fruto de un entorno obesogénico que ninguna terapia génica compensará si no se modifican”.

Enumerar lo que debería hacerse para acercarse a ese futuro implica tanto avances tecnológicos como un compromiso social con hábitos saludables. Entre los pasos que Lapman y otros investigadores destacan están: mantener una dieta rica en vegetales y baja en ultraprocesados, practicar ejercicio físico regular que incluya resistencia y flexibilidad, asegurar descanso reparador, evitar el tabaquismo y el exceso de alcohol, controlar factores de riesgo como colesterol y glucosa desde edades tempranas, y sumarse a programas de medicina preventiva que monitoreen la salud integral.

Pero más allá de los hábitos individuales, hay un punto que todos los expertos coinciden en subrayar: ninguna biotecnología, por más sofisticada que sea, puede reemplazar el impacto acumulativo del estilo de vida. La ciencia de Sinclair ofrece un horizonte de posibilidades impresionantes, donde el envejecimiento podría tratarse como una enfermedad y las terapias génicas o los fármacos que reprograman la edad biológica se vuelvan realidad. Aun así, ese horizonte está lejos de ser uniforme y está lleno de interrogantes técnicos, éticos, económicos y sociales.

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