Golf (CEDOC)
Golf y presión: por qué la técnica sola no alcanza
El golf expone como pocos deportes la brecha entre práctica y competencia. Matías Hakim lleva veinte años trabajando para cerrarla.
En el golf, a diferencia de la mayoría de los deportes de equipo, no hay donde esconderse. Cada golpe es una decisión individual tomada en silencio, sin la posibilidad de delegar la responsabilidad ni de disimular el error en el colectivo. A lo largo de cuatro o cinco horas de competencia, el jugador enfrenta decenas de situaciones donde la técnica acumulada en meses de práctica debe convivir con la presión del marcador, el cansancio físico y la gestión de las propias emociones. Es, en ese sentido, uno de los deportes que más expone la brecha entre lo que un atleta es capaz de hacer en condiciones ideales y lo que efectivamente hace cuando algo está en juego. Esa brecha tiene un nombre en la psicología deportiva: colapso bajo presión. Y es, para muchos especialistas, el problema central del rendimiento en este deporte.
La brecha entre el rendimiento en condiciones controladas y el rendimiento bajo presión real es uno de los problemas centrales que enfrenta el coaching deportivo moderno. En el golf, esa brecha se manifiesta en el hoyo decisivo de un torneo, en el golpe largo sobre el agua con el marcador apretado, en los últimos tres hoyos cuando el cuerpo ya acusa el desgaste de horas de concentración. El mecanismo es conocido: la presión altera la toma de decisiones, activa mecanismos de sobreanálisis y desconecta al jugador de los automatismos que construyó durante meses de práctica. Quien no fue entrenado para gestionar ese estado tiende a reaccionar en lugar de actuar.
Matías Hakim conoce ese problema desde adentro. Coach con más de veinte años de experiencia, construyó su carrera entre Argentina y Estados Unidos combinando coaching técnico y fitting profesional de alto nivel. Su trayectoria comenzó en el Venado Golf Club, donde trabajó durante una década desarrollando clases para jugadores amateurs y competitivos, como Juan Manuel Loureiro, Ramiro García Veiga y Tomás Mendía, cuyo desarrollo se vinculó posteriormente a su incorporación al programa de golf de la University of St. Thomas en Miami.
Desde esa experiencia acumulada, Hakim observa con regularidad una paradoja que sigue sorprendiendo incluso a quienes llevan décadas en el deporte: los jugadores que mejor rinden en la práctica no siempre son los que mejor compiten. El swing puede ser impecable, los números del monitor de lanzamiento pueden ser sólidos, la consistencia en el campo de práctica puede ser notable. Y sin embargo, en el momento en que hay algo en juego, el juego se desintegra. "Se ven muchos jugadores que muestran un nivel altísimo durante la práctica, pero que a la hora de competir se bloquean mentalmente", dice Hakim.
"El rendimiento no depende únicamente de la técnica, sino de la capacidad del jugador para comprender qué produce cada resultado y cómo controlarlo bajo presión", sostiene. La distinción es relevante: no se trata de agregar un módulo de preparación mental al final del entrenamiento técnico, sino de entender que la dimensión mental es parte constitutiva del rendimiento desde el primer día. Un jugador que sabe ejecutar un golpe en condiciones ideales pero no comprende por qué lo ejecuta bien —qué sensación lo produce, qué decisión lo precede— no tiene herramientas para reproducirlo cuando la situación se complica.
Esa comprensión funcional del movimiento es la base del sistema que desarrolló a lo largo de dos décadas. "Comencé enseñando bajo enfoques tradicionales, pero con el tiempo observé que muchos alumnos mejoraban más rápidamente cuando entendían el propósito de cada movimiento", explica. El cambio de paradigma implicó dejar de lado la corrección mecánica de posiciones para priorizar el aprendizaje motor basado en sensaciones: entender qué produce cada resultado y cómo reproducirlo en situaciones reales de juego, no en las condiciones asépticas del campo de práctica.
En ese proceso, la tecnología cumplió un rol decisivo. "Me gusta mucho utilizarla porque permite que el jugador entienda mucho más rápido qué está pasando en su swing y en su rendimiento", dice. El videoanálisis de alta velocidad, los sistemas de medición de datos de lanzamiento y las herramientas de análisis biomecánico pasaron a ser parte constitutiva de su metodología, no como fines en sí mismos sino como instrumentos para acercar las sensaciones del jugador a los números objetivos.
El indicador de éxito que Hakim utiliza no es el hándicap ni la cantidad de golpes ganados por ronda. Es otro: "Uno de los mayores indicadores de éxito es cuando un jugador desarrolla la capacidad de comprender qué está pasando bajo presión y trabajar la ronda a partir de esa información, sin intentar realizar cambios técnicos durante el juego." La formulación revela una concepción del deporte que va más allá de la ejecución técnica: lo que se entrena no es solo el swing, sino la lucidez para leer la situación y tomar decisiones racionales cuando el contexto empuja hacia la reacción impulsiva.
"El golf exige tomar decisiones constantemente y gestionar emociones durante varias horas de competencia", sintetiza. Pocas disciplinas deportivas comprimen en un mismo evento esa densidad de variables: incertidumbre ambiental, desgaste físico progresivo, decisiones secuenciales con consecuencias acumuladas, ausencia de compañeros de equipo que amortigüen el error individual. En ese marco, la preparación mental no es un complemento opcional para jugadores de alto rendimiento. Es, según Hakim, tan entrenable y tan concreta como cualquier aspecto técnico del juego.
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