Wednesday 18 de February, 2026

ECONOMíA | 22-01-2026 04:08

Bill Gates ganó una fortuna con el petróleo mientras vende transición energética

La cifra que incomoda: US$ 254 millones en extractoras fósiles. El caso Gates expone una doble contabilidad del poder global: financiar energías límpias mientras se capturan retornos del petróleo.

La imagen pública de Bill Gates lleva años apoyada en un contraste cómodo: el magnate que hizo su riqueza con la tecnología y la recicló en filantropía, con un discurso cada vez más activo sobre cambio climático. Pero una investigación financiera publicada este lunes 19 de enero de 2026 vuelve a tensar esa narrativa desde un lugar incómodo: el fondo que administra el patrimonio de la fundación ligada a Gates mantiene —y en 2024 aumentó— posiciones millonarias en empresas extractoras de combustibles fósiles, pese a que el propio Gates había afirmado que se había desinvertido del sector.

El dato central surge del análisis realizado por The Guardian de presentaciones fiscales de la Fundación Gates: en 2024 el fideicomiso de la fundación tuvo US$ 254 millones invertidos en compañías que extraen petróleo y gas (entre ellas, grandes nombres del negocio global). No es un número menor: ese monto marca un récord de nueve años y representa una suba del 21% respecto de 2016, además de ubicarse —ajustado por inflación— como el nivel más alto desde 2019.

La controversia tiene una raíz cronológica. El debate sobre la “desinversión” en fósiles escaló en 2015, cuando se consolidaron campañas globales que pedían a grandes fondos y fundaciones dejar de financiar la expansión petrolera y carbonífera. En ese período, el fideicomiso estaba fuertemente expuesto al sector: la investigación menciona que en 2013 había llegado a tener alrededor de US$ 1.400 millones en fósiles, y que luego redujo esa exposición de manera brusca, hasta ubicarse cerca de US$ 260 millones en 2015.

Gates, de hecho, recogió parte de esa discusión en su propio relato. En su libro de 2021 sobre la crisis climática, recordó que entendía la presión pública, aunque se mostraba escéptico con la idea de que la desinversión, por sí sola, detuviera el calentamiento global o ayudara a países pobres. Ese es un punto clave: no se trataba sólo de números, sino de argumentos morales.

Sin embargo, el giro discursivo más fuerte llegó después. Gates escribió que en 2019 sintió un rechazo personal a “ganar” si el precio de las acciones fósiles subía por falta de alternativas de carbono cero, y afirmó que había vendido sus tenencias directas en petróleo y gas, al igual que el fondo que administra el patrimonio de la fundación.

Los registros, según la investigación, muestran una película más zigzagueante. Para fines de 2020, la inversión del fideicomiso en extractoras habría bajado a US$ 133 millones, pero luego la tendencia se revirtió. El caso más llamativo es el de un productor que pasó a ocupar un lugar dominante: la nota detalla que una posición que era de US$ 20 millones en 2020 trepó hasta US$ 139 millones en 2024, un salto que explica buena parte del repunte total.

Aquí aparece otra discusión: ¿cuánto de ese crecimiento se explica por suba de precios y cuánto por decisiones activas de inversión? La investigación admite que una parte puede deberse a apreciación bursátil y no necesariamente a compras nuevas. Pero aun con esa salvedad, el punto político queda en pie: el fideicomiso terminó 2024 con un volumen en fósiles que contradice la lectura lineal de “desinversión total”.

El artículo suma, además, un elemento que agranda la incomodidad reputacional: algunas de las empresas del portafolio enfrentaron acusaciones de “greenwashing” y prácticas controvertidas vinculadas a emisiones o a estrategias de captura de carbono usadas para mejorar extracción. En 2023, agrega el trabajo, el conjunto de compañías en las que el fideicomiso invirtió habría concentrado emisiones combinadas superiores a las de varios países grandes.

Para blindar el método, la investigación aclara un punto técnico: el cálculo se armó con formularios públicos y usando una definición estricta, limitada a extractores directos “upstream”, excluyendo empresas de servicios petroleros, equipamiento, oleoductos, refinerías, conglomerados donde la extracción no es el negocio principal y también fondos comunes que, indirectamente, puedan tener fósiles en cartera. Es decir: el recorte busca ser conservador.

La polémica, entonces, no es que Gates financie innovación verde y a la vez “tenga acciones” por descuido. Es más estructural: pone sobre la mesa la vieja pregunta sobre la filantropía contemporánea y su doble contabilidad. Se puede donar para mitigar el daño y, al mismo tiempo, capturar rendimientos de sectores que lo producen. Y cuando esa tensión aparece documentada en los balances, el debate deja de ser abstracto: se vuelve un problema de credibilidad.

En esa grieta se instala el título que hoy incomoda: no el magnate de la tecnología, sino el inversionista cuyo patrimonio —al menos en parte— sigue encontrando rentabilidad en el petróleo.

por R.N.

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