Lunes 20 de septiembre, 2021

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 15-04-2020 15:44

A la hora señalada

Esta semana, empieza a resolverse la tensión sobre cuál sería el modelo de país del nuevo gobierno K. Virus, disciplina y revolución.

Así como los piscólogos explican el estrés extra que implica la convivencia forzada y amuchada en los hogares cuarentenados, también empieza a registrarse el fenómeno en el ámbito ampliado de la Argentina. Hasta ahora, el Gobierno venía apostando a una economía en stand by, a fuego lento, que no fuera al default ni a la híper, pero que tampoco se congelara a la búsqueda del equilibrio presupuestario en el corto plazo. Esa versión K del gradualismo macrista está llegando a su agotamiento, apurada por la emergencia del Coronavirus. Y el clima económico amenaza con volverse asfixiante.

Alberto Fernández trató de iniciar su mandato no ajustando demasiado las tuercas políticas a los sectores sociales opositores ni a los grupos más influyentes del establishment. Pero el impacto económico de la pandemia achicó los espacios y puso a casi todos los bolsillos en cuarentena. La convivencia nacional, que el Presidente quiso organizar con una mesa amigable de concertación solidaria para salir de la crisis, está por pasar al modo combustión, que exacerba el “sálvese quien pueda” latente en la sociedad argentina. La campaña del oficialismo (desde el Congreso, la AFIP y la prensa amiga) para aumentar la carga impositiva a los grandes patrimonios puede aumentar de modo considerable la presión habitual que marca la coexistencia de los factores económicos en el país. El dólar es el termómetro que mide esta tensión.

En un escenario de urgencia sanitaria, se puede pensar que no es el momento adecuado para reavivar la grieta ideológica que parte a los argentinos. Sin embargo, el kirchnerismo está convencido de que es la oportunidad que se estaba esperando, para implementar un plan que parecía de difícil aplicación hasta la llegada del virus. Ser agresivo con la quita de la deuda, lanzar una reforma impositiva ambiciosa, emitir billetes sin culpa, gastar sin demasiado control externo, pagar (con dinero público y privado) salarios a millones de trabajadores improductivos (por causa de la cuarentena), congelar tarifas, créditos y otras obligaciones... Todo conduce a una Argentina donde el Estado se consolide como el sol en torno al cual gire todo el resto.

El esquema no es nuevo: siempre estuvo en el horizonte K. Pero es la primera vez que parecen estar dadas (por el pánico al Covid-19) las condiciones para esta revolución estatizante. Todo cambio económico profundo como éste, precisa de un principio disciplinador de la sociedad. La dictadura lo fue en su momento, para liberalizar la economía setentista. Años antes lo fue Perón, aunque su salud disolvió esa autoridad necesaria para salvar el Estado de Bienestar a la Argentina. La democracia que inauguró Alfonsín fracasó en el intento ordenador de la puja social. Y el menemismo aprovechó la debacle hiperinflacionaria anterior, la caída del Muro de Berlín, y el Nuevo Orden Mundial comandado por Washington para imponer el cerrojo liberal de las privatizaciones y la convertibilidad. Néstor Kirchner se apoyó en la crisis de 2001-2003 para pedir alineamiento social y aprovechar a su favor el viento de cola global. Desde entonces, el país no volvió a implementar un cambio profundo mínimamente durable: la crisis institucional desatada por las retenciones al agro en tiempos de Cristina Fernández fue el último intento, equivocado o no, de patear el tablero para salir de la inercia económica nacional. El macrismo amagó con un ajuste profundo, pero lo amortiguó con deuda y gradualismo, hasta que se acabó el tiempo y la paciencia de la mayoría.

La coalición de Les Fernández asumió con la incógnita de cuán profundo sería su plan de reformas, y cuán acelerado sería su método de aplicación. El destino planetario quiso que un microscópico bichito arrasara con todos los grises de la puja económica nacional, a pocos meses de iniciado el nuevo mandato K: en el Gobierno, día tras día gana la visión en blanco y negro, sin grises. Ahora parece que será a todo o nada.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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