OPINIóN | 27-03-2013 18:25

La larguísima espera de Daniel Scioli

A pesar de que Cristina lo castiga, Scioli trata de mantener la relación con la Casa Rosada.

Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ya no sea la vengadora severa de la etapa prefranciscana que terminó abruptamente hace un par de semanas, que, merced a aquel encuentro cercano con Dios que dice haber protagonizado en Roma, se haya transformado en una mandataria bondadosa que irradia ondas de amor, una auténtica leona herbívora que quiere traer armonía a un país crispado, pero así y todo hay ciertos límites al cambio que se ha propuesto. Si bien ha perdonado al Papa por los pecados de leso kirchnerismo que cometió cuando aún era el molesto monseñor Jorge Mario Bergoglio, Cristina no parece estar dispuesta a incluir entre los beneficiados de la amnistía al gobernador bonaerense Daniel Scioli y otros políticos sindicados como derechistas. Por el contrario, quiere expulsarlos del escenario político, junto con los jueces de la Corte Suprema, antes de que le sea demasiado tarde.

La forma elegida por Cristina para poner de rodillas a gobernadores sospechosamente ambiciosos como Scioli es sencilla: los priva de los fondos que desesperadamente necesitan y aprovecha la militancia congénita de empleados estatales, como los docentes del sistema público, para hacer de los distritos que están procurando administrar zonas de conflicto en que reine el caos. No es del todo frecuente que un gobierno nacional libre una especie de guerra contra las jurisdicciones principales del territorio que le ha tocado administrar con el propósito de aumentar el poder del centro a costa de aquel de la periferia, pero el encabezado por Cristina no ha vacilado en hacerlo, de ahí las maniobras urdidas a fin de perjudicar a la Capital Federal y las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.

El método que ha perfeccionado Cristina se inspira en la convicción de que en política, como en todo lo demás, lo que más importa es el dinero. Gracias a la plata aportada por los contribuyentes, por los productores de soja y otros, ha podido crear un imperio mediático propio, docenas de facciones políticas, algunas de armas llevar, y una “burguesía nacional” muy rica cuyos miembros saben que le deben todo. Sin embargo, aunque los esfuerzos del Gobierno han tenido un impacto muy negativo en la provincia más poblada del país que, además de las ya rutinarias huelgas docentes, se ve desestabilizada por los estragos perpetrados por delincuentes que, en algunas localidades como Junín, han provocado puebladas que fueron agravadas, según las autoridades municipales, por el accionar de militantes kirchneristas, hasta ahora los resultados no han sido los previstos por Cristina y soldados tan abnegados como el vicegobernador Gabriel Mariotto.

Ha sido tan evidente la hostilidad hacia Scioli de la Presidenta, los muchachos, algunos un tanto envejecidos, de La Cámpora y los sindicalistas que son funcionales al kirchnerismo, que aun cuando haya obrado mal, muchos culpan al Gobierno por las consecuencias adversas. Es sin duda por este motivo que, según las encuestas, Scioli sigue siendo dueño de una imagen que ha llegado a ser decididamente más atractiva que la de Cristina, aberración que, huelga decirlo, enoja sobremanera a los comprometidos con el cada vez más estrambótico proyecto K.

Para furia de los kirchneristas, y frustración de muchos dirigentes que son declaradamente opositores, el país está deslizándose hacia la opción que se ve encarnada por Scioli. Lo están empujando hasta las brisas balsámicas que soplan desde el Vaticano, que se ha visto convertido en el feudo de un aliado, la sensación de que Cristina se sabe derrotada pero que continúa luchando contra el paso inexorable del tiempo porque no le gustaría para nada verse devuelta al llano, lo poco impresionante que es el presunto plan B oficialista (se habla de una fórmula conformada por el gobernador entrerriano Sergio Urribarri y el ideólogo oficial Carlos Zannini), el letargo opositor, el vuelo atolondrado hacia las alturas del dólar blue y el temor difundido de que el país ya esté experimentando una implosión económica a camera no tan lenta. Asimismo, en la provincia de Buenos Aires, aún no han prosperado los intentos de inflar la reputación de la cuñada presidencial, Alicia Kirchner, para que todo quede en familia: muchos intendentes la quieren porque, como ministra de Desarrollo Social, puede repartir dinero a raudales, pero a ojos de los bonaerenses de pie la santacruceña sigue siendo una intrusa.

La ruptura definitiva de Scioli con el kirchnerismo es considerada inminente desde hace nueve años y diez meses pero, para extrañeza de casi todos, el vicepresidente y después gobernador ha sido reacio a darse por enterado del hecho, para otros evidente, de que sus ideas y su estilo sean incompatibles con los de Néstor Kirchner, Cristina y los personajes que se han sumado a su variante supuestamente revolucionaria del peronismo. A pesar de todos los insultos y, últimamente, las presiones económicas, con los que los kirchneristas han procurado ahuyentarlo, Scioli se ha mantenido en sus trece, como si a su parecer solo ha sido cuestión de un gigantesco malentendido y que, andando el tiempo, Cristina y sus incondicionales se darían cuenta de que en verdad siempre ha sido el más leal de todos, el único que, de ocurrir lo inconcebible, estaría en condiciones de brindarles un mínimo de protección contra los decididos a obligarlos a rendir cuentas ante la Justicia por sus muchas transgresiones. ¿Está por dejar Scioli de ser el líder de facto de la oposición moderada disfrazado de oficialista burlonamente sumiso para mostrarse como el lobo “liberal” que, según los kirchneristas que se sienten más preocupados por su negativa a irse, realmente es?

La respuesta a esta pregunta, que ya han planteado mil veces los interesados en las vicisitudes políticas del país, dependerá de lo que suceda en las semanas o, quizás, meses venideros. Si, como es bien posible, todo se viene abajo, no le costaría nada al gobernador, víctima de los atropellos oficialistas, abandonar a su suerte a Cristina y su tropa, alejándose de una debacle que no habrá contribuido a provocar para asumir la postura de un salvador en potencia capaz de garantizar que la transición no resulte demasiado traumática. En cambio, de demorarse el naufragio de un “modelo” que ya apenas logra mantenerse a flote y que se hundiría si no fuera por el miedo generalizado a la anarquía, Scioli continuaría rindiendo pleitesía a la Presidenta con la esperanza de que, luego de desvirtuarse todas las demás alternativas, finalmente decida que, dadas las circunstancias, le convendría resignarse a verse sucedida en la Casa Rosada por un político cuyo perfil es radicalmente distinto del suyo, uno que, para más señas, tiene mucho más en común con Mauricio Macri que con cualquier integrante del aglomerado kirchnerista.

Lo que quiere Scioli es contar con las ventajas que le supondría disponer de los recursos suministrados por el Estado nacional que, por ahora, están en manos de Cristina; caso contrario, sería incomprensible su voluntad de soportar el maltrato constante de los kirchneristas. Aunque sus asesores y amigos le han advertido que le sería arriesgado permitir que los votantes lo tomaran por un felpudo sin las agallas necesarias para gobernar el país amenazado por el caos que desataría el colapso del “modelo” kirchnerista, Scioli claramente preferiría esperar hasta el último minuto antes de adoptar una postura menos supina.

Mientras tanto, los opositores confesos, de los que todos, con la eventual excepción de Macri, se afirman progresistas y cuyos idearios, desde el punto de vista de los no familiarizados con las recónditas tradiciones de la UCR, las facciones socialistas y las excrescencias peronistas, son virtualmente idénticos, están mirando el drama que ya ha ingresado en una fase agitada sin saber muy bien cómo aprovecharlo. A esta altura, los peronistas disidentes, socialistas, radicales, gente de la Coalición Cívica y así por el estilo entenderán que lo lógico sería que cerraran filas, emulando a sus equivalentes venezolanos que, frente a la apisonadora chavista, se encolumnaron detrás de una sola persona, Henrique Capriles Radonski, puesto que, divididos, ninguno podría aspirar a conseguir más que un pedacito de la torta electoral, pero parecería que lo que Sigmund Freud llamaba el narcisismo de las pequeñas diferencias, o sea, el egoísmo, además de la noción de que con un poco de suerte, cualquier dirigente podría erigirse en presidente de la República, sigue paralizándolos.

También los asustan las dimensiones que están adquiriendo la crisis política y económica. Si la enfrentan con realismo, los kirchneristas reaccionarán acusándolos de ser neoliberales desalmados que sueñan con depauperar todavía más a los ya pobres, pero si optan por hablar como si creyeran que no es tan grave y que lo único que se necesita para que todo vaya bien sea algunos cambios a un tiempo indoloros y gradualistas, brindarán la impresión de ser demasiado débiles como para impedir que la Argentina siga desmoronándose. No es la primera vez que la clase política nacional se haya sentido abrumada por la magnitud de la tarea que sus integrantes se ofrecen a emprender; a menos que los más influyentes se animen a formular un programa de gobierno que, además de ser realista, sea electoralmente viable, tampoco será la última.

 

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